De cara

La gracia consentida de silbar el himno

El cuadro de eliminatorias le hizo daño a la Copa del Rey de baloncesto. Afectado para mal por la insólita situación clasificatoria del Barcelona en la Liga ACB, con más derrotas en la mochila de las que caben en un conjunto de su pedigrí, ofreció nocivamente el plato fuerte en el primer partido. Y ahí se lo gastó todo. Ese maravilloso clásico de los cuartos entre los azulgranas y el Madrid, que necesitó de dos prórrogas para desenredarse, condenó lo posterior al castigo de lo anodino. Ya nada supo a lo mismo, ni en semifinales ni en el partido decisivo por el título, nunca se repitió la emoción y el nivel. Lo mejor se consumió en el arranque. Fue entonces cuando el conjunto barcelonista se quedó con el trofeo. Ayer domingo se limitó a recogerlo protocolariamente.

Ayudado por esa indiscutible realidad, que alejó lo más atractivo del asunto deportivo al jueves, esta Copa del Rey pasará entre los titulares de prensa, y así se guardará en la memoria, por la sonora pitada y los ruidosos abucheos que una vez más soportaron el monarca que pone nombre al torneo y el himno que en teoría simboliza a todos sus participantes. Una situación desagradable y fea que se reproduce con malintencionada frecuencia cada vez que esa música suena en determinados lugares y entre ciertas hinchadas. La contaminación política cree haber encontrado un filón en los grandes acontecimientos deportivos, por la repercusión del jaleo y lo gratuito de su ejecución, y cada vez más aficionados (niños incluso, o en presencia de ellos) colaboran en la gracia sin reparar, o sí, en la ofensa.

No hay más limitación para el suceso que la propia educación de cada cual. El seguidor de baloncesto no puede fumar en el pabellón por respeto al que tiene al lado, pero silba y abuchea lo que le da la gana, moleste a quien moleste, que para eso paga la entrada. Como si eructa. En determinadas competiciones andan vigilantes por si esas expresiones lanzadas desde la grada contienen matices racistas (y entonces sí se castigan, aunque casi siempre en el culo de quien no tiene que ver en el asunto, el club anfitrión), en otras tienen prohibidas las vuvuzelas, pero no hay reglamentación al respecto de los ataques acústicos contra las composiciones musicales emblemáticas y los reyes.

El personal anda también sensibilizado últimamente con los gritos ultrajantes que tienen que ver con protagonistas ya fallecidos. Y frente a esas prácticas se están plantando los espectadores decentes y se pronuncian algunos protagonistas. Pero ante las agresiones a los símbolos hay indiferencia (o impotencia) y barra libre. Ni siquiera están mal consideradas. Está claro que una cancha no es el lugar para mostrar ciertas reivindicaciones, pero no hay mecanismos para protegerse de ellas.

No hay más salida a la vista que la resignación o la vergüenza ajena. Porque no es plan de esconder a Juan Carlos I y familia ni de apagar los himnos. Y menos, a estas alturas de siglo, de limitar la libertad de expresarse. Pero convendría encontrar una solución civilizada. Porque la imagen, de eso no hay duda, es deplorable.


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