De cara

El fútbol diegocostacéntrico

Diego Costa se extiende. Su fútbol y su bronca se apropian del Atlético, de los rivales, de los partidos y ya también de las conversaciones. No hay en el mundo un futbolista, para bien o para mal, con tanta influencia sobre lo que ocurre a su alrededor. Los encuentros giran menos en torno al balón que al alboroto del brasileño. No se concede un respiro. No juega al fútbol, lo pelea. No baja al campo, sube al ring. Busca el contacto más que el espacio, incordiar al defensa más que regatearle. Hace cosas raras pero efectivas con la pelota, grandiosas a veces. Es ruido, ruido, ruido.

El Atlético ya no sabe jugar sin su delantero menos convencional. Ha quedado reducido, o agrandado, a Diego Costa. La carrera, el choque, el quiebro, la falta, el pase, la riña, el gol, la victoria. Y no consiguen tampoco dejar de mirarle los adversarios, que desenfocan sus actuaciones en un constante ajuste de cuentas con el brasileño y su provocadora liturgia de dar primero. Los saca de quicio con los brazos, con las botas, con la palabra, con la marrullería. Todos quieren pegarle. La mayoría lo consigue. Algunos son expulsados. Es el futbolista de la Liga que más faltas recibe de media. El fútbol se ha vuelto diegocostacéntrico.

También en el postpartido. Recibe elogios de los entrenadores enemigos, pero al tiempo reproches e insultos de sus compañeros de profesión. Y ha hecho saltar por los aires ese código que el fútbol se inventó para proteger a los malos (lo que ocurre en el campo se queda en el campo). Diego Costa calla. Pero Sergio Ramos, después de escupirle, le tildó de mal ejemplo para los niños. Y Amaya, antes de mancharle la cara con un lapo, le acusó de haberle dado las gracias por su error en el gol. Y Kongdobia, después de pisarle el miércoles su virilidad, le recomendó ayer vía twitter que la próxima vez se guardara sus gritos de mono. Sus agresores suelen ser a la vez sus víctimas y sus delatores.

Y en plena fiebre por el brasileño, un detalle que lo multiplica como tema de conversación: su cercana nacionalización como español. Un matiz que lo va a volver enseguida seleccionable en una selección donde abundan los buenos centrocampistas pero no tanto los delanteros. Podría sonar a oportunista quimera vincularle ya con La Roja, pero ha sido el propio Del Bosque el que se ha animado a afirmar que “está jugando muy bien” y que “está entre los futuribles”. Y eso que el futbolista es atlético y sobre todo pendenciero, adjetivos que al entrenador no le gusta mucho incluir en su equipo campeón. Pero el debate ya está ahí. Diego Costa se propaga.


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