De cara

Tres finales tristes pero felices

El campeonato se acaba, la gente se despide. La mitad de los equipos zanjaron su temporada como locales, echaron el cierre a sus estadios. Se dijeron adiós, en algunos casos para siempre, en otros, hasta dentro de un par de meses, en bastantes, si es que te vuelvo a ver. Tienen mucho de emocional por eso las dos últimas jornadas de cada curso, aunque competitivamente en la mayoría de los casos esté ya todo dicho.

Pasó en Bilbao, que vivió un partido histórico, aunque sin nada en juego. El último oficial en San Mamés, que se acaba, que va a ser demolido y sustituido por uno más ajustado a los tiempos que corren. Y el fútbol son personas, pero también son lugares. Recintos que tienen historia, que consiguen ganarse un respeto reverencial, que mutan en santuarios, que finalmente tienen vida. Por eso resultó emocionante el último día, esos cien segundos de aplausos conmovedores con los que se trataba de homenajear a tanto y a tantos. La edad en el fútbol también consume a sus catedrales. El pecado de San Mamés fue hacerse mayor. A partir de ahora será simplemente un recuerdo, la suma de muchos recuerdos. San Mamés se muere, pero la memoria lo mantendrá inmortal.

También emocionante resultó el último día de Pellegrini en La Rosaleda, que le concedió una despedida cargada de agradecimiento. En el fútbol, irse no necesariamente significa un desencuentro. Málaga se ha vinculado emocionalmente de por vida a su entrenador milagro. Esa hinchada no va a olvidar jamás quién fue el técnico que sin renunciar jamás a las formas la hizo disfrutar de las dos mejores temporadas de su historia. Y tampoco a muchos de los jugadores que también se irán, como Joaquín, posiblemente como Isco. No había frustración el domingo en las gargantas malaguistas, que entienden la ruptura, sólo había cariño y agradecimiento.

Y también en el Atlético, pese a lo que parecía, las estrellas se pueden ir bien. Lo que no consiguieron Forlán y el Kun, traidores al escudo cada uno a su manera; lo que no logró ni el Niño Torres, que incumplió su palabra de quedarse sólo un mes después de darla (aunque enseguida se ganara a pulso la reconciliación con gestos de colchonerismo), lo conquistó Radamel Falcao. El Tigre abandonó el Calderón emocionado, sin poder sujetar las lágrimas. No fue su despedida oficial, pero sí lo fue. Tanto el jugador como la hinchada saben que fue su última vez sobre el Manzanares. Y la grada se esforzó porque constara que quiere al colombiano aunque se vaya, que le agradece sus goles en estos dos años y los tres títulos, que comprende la debilidad de las arcas del club y por tanto su marcha.

Concluido el partido frente al Mallorca, Falcao se subió a los asientos del Frente, tomó su megáfono (no fue un gesto a los Ultras, no malinterpreten, sino a toda la afición) y pronunció emocionado palabras de gratitud y veladamente de despedida. Luego lloró. Un broche brillante a una relación breve pero enorme. Falcao no ofendió nunca al escudo ni a los seguidores, fue siempre cuidadoso, y al irse no tomó el destino que daña, el que nunca le perdonarían en esa casa. Por eso no se fue entre abucheos sino con su canción de guerra en el cogote. Y así seguirá siempre en el corazón de los rojiblancos aunque esté lejos (si es que de verdad su salida no esconde una traición pospuesta). No, no es tan difícil dejar bien el Atlético.  


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