De cara

El ciclismo no sale de su descrédito

Las tardes del verano ya no son para el Tour. Antes eran un contenido obligatorio de las sobremesas del mes de julio, una cita innegociable frente al televisor, pero hace tiempo que al espectáculo se le han ido cayendo los clientes. Al menos los creyentes. Aunque alguno queda, más por empecinamiento que por convicción en la salud y limpieza de un deporte que fue de culto. Sigue oliendo a podrido sobre la bicicleta. Se la han cargado. Los sucios aparecen sistemáticamente cada cierto tiempo, son sorprendidos y detenidos. Eso ya no hay quien lo levante.

Esta vez ha sido un tal Di Gregorio, quien tras proclamar bien alto, ya esposado, el clásico "yo nunca me he dopado", fue desmentido por su propio médico, un cómplice que asegura haberle sometido al menos a cuatro transfusiones, dos de ozono, otra de sangre enriquecida con ozono y una cuarta de sangre con glucosa. Ah, bueno, dicen los estómagos acostumbrados a la digestión, si sólo se trata de eso, sigan pedaleando.

El personal ya no se lleva las manos a la cabeza. Normaliza los escándalos y los asume sin reparar en que cada caso que salta convierte en un poquito más sospechosos, aún más, a todos los demás ciclistas. No hay desprecio hacia el acusado en el pelotón, o no se escucha. Suena simplemente un escueto 'si te han pillado, lo siento' y siguen a lo suyo. Por los alrededores, mientras, los aficionados que le quedan al ciclismo cargan contra los medios que difunden la mala noticia ("claro, sólo se fijan en el Tour cuando hay un caso de dopaje", recitan ya sin leer) y generalmente, cosidos a un surrealista 'y tú más',  también contra el fútbol, dando a entender que detrás de los goles por la escuadra hay igualmente una sustancia prohibida ("pero, claro, como es fútbol, nadie vigila"). Como si eso, aunque fuera cierto, les liberara. Van de víctimas y se hacen los ofendidos, pero no por el ciclista cazado, un asunto menor al que incluso abrazan, sino por los que airean y censuran la trampa. Si el que da positivo o es apresado es un español, además se le hace un homenaje en el pueblo y santas pascuas.

Y así, la verdad, el ciclismo no tiene remedio. No le queda credibilidad por más que unos miren para otro lado y otros se confundan de enemigo. O precisamente por eso. Luego corona Rolland en solitario la cima de La Toussuire y uno, si es que en ese momento no se encuentra dándose un chapuzón en la piscina, ni se fía ni se emociona. Hace tiempo que la pregunta es menos quién será el siguiente líder del Tour que quién será el siguiente dopado en caer. Y la culpa, se pongan como se pongan, no la tienen los demás. 


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