De cara

En la chepa de Cristiano

Le dio un pequeño susto a un recogepelotas, un amago de tirarle el balón a la cara, que no estuvo del todo bien. Pero en el fondo el crío se lo buscó, por enredar de más, por demorar la entrega del cuero cuando su Depor aún ganaba (y ya va siendo hora de que el fútbol actúe al respecto: lo mejor sería externalizar el ‘oficio’, que no lo desempeñen tipos a las órdenes del equipo de casa). Y sí, Cristiano Ronaldo se pudo ahorrar el gesto. Pero la verdad es que a estas alturas de transformación personal cuesta echarle en cara algo al portugués. El futbolista atraviesa posiblemente el mejor momento de su carrera, pletórico de rendimiento y ejemplar de comportamiento (sobre todo, enfrentado a su propio espejo). Y en Riazor volvió a demostrarlo. El Madrid naufragó sin él, mientras descansó en el banquillo. Y a su espalda recuperó luego moral, resultado y galones.

Ahora que llegan los diez días decisivos del curso, Cristiano es literalmente el Madrid. Y la dimensión actual del luso es tal que parece suficiente para que el equipo vuele alto. Tienen los blancos problemas en la portería, con Casillas lesionado, ninguneado el meta con el que Mourinho pretendió ajustarle cuentas y generando dudas su sustituto (el gol de Riqui el sábado es claramente atribuible a Diego López). Los tienen en la defensa, con Marcelo muy fuera de forma y Pepe recién curado. También en el centro del campo, por donde Xabi Alonso anda con problemas físicos, Di María desaparecido y Modric ni siquiera ha aparecido. Se ha incorporado al fin Kaká, pero atreverse a confiarle los partidos grandes tiene pinta de moneda al aire. Y arriba, Benzema e Higuaín esta vez rivalizan más a errores que a goles. Así que está la sutileza de Özil, mucho más Khedira de lo imaginado, pero sobre todo Cristiano.

Quienes nada más ponerse la camiseta del Madrid pretendieron depositar a Cristiano en falso y a la fuerza en el escalón de los grandes, a la altura de Messi, e insistieron e insistieron por ganas y por inercia, empiezan a tener argumentos científicos para la comparación. Por gol, por facultades físicas, por habilidad (ese inolvidable quiebro sentando a Bergantiños en un costado del área), por carisma, por pases, por peso, por todo. Y encima disfruta. Y encima lo comparte. Y encima tiene al Bernabéu entregado. Y encima no da motivos al rival para la enemistad (aunque los insultos de las tribunas contrarias no se han ido aún). Y encima su antagonista deja ver con asiduidad su lado antipático (malos gestos con el compañero y con el contrincante). Cristiano ya no está triste. Ha dejado de ser y hacerse un niño repelente para centrarse en volverse un fenómeno.

Si el Balón de Oro se diera hoy, quién sabe. El Camp Nou y Old Trafford le esperan y le temen. El Madrid en su conjunto es menos que el Barça. Posiblemente también que el Manchester United. Sobre todo mirando al marcador con el que llegan de la ida. Pero está CR7. Y está a un nivel estratosférico desconocido. Y no de vez en cuando, siempre. Como la frase que se acuñó en su gran opositor, Cristiano está siendo Cristiano todos los días. El Madrid no le ha concedido aún la renovación de su contrato, pero se ha puesto en sus manos. La vigencia de su temporada se la juega el club blanco en una semana. Y la recorrerá cosido a su jugador bandera, sentado en su chepa. La aventura se llama Cristiano, el mejor Cristiano, contra todos los demás.


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