De cara

El cariño no figura en el contrato

Fuera fruto o no de un calentón, Pellegrino perdió el cargo exactamente diez minutos después de hacer un comentario despectivo de la afición de Mestalla, que había contestado a la humillación del Valencia ante la Real con una estruendosa pañolada. Seguro que no fue ése el motivo de su destitución, ni siquiera la mala situación clasificatoria del equipo, sino más bien el miedo de los dirigentes a que la tormenta les salpicara. Pero el tono de suficiencia y desprecio hacia la hinchada utilizado por el técnico en su reproche habría sido en el fondo argumento suficiente para el cese.

El negocio, la profesionalización y el mundo de las sociedades anónimas han reducido los seguidores a un asunto menor. Pero siguen siendo la esencia de este deporte. El cariño no se puede regular por contrato. Por eso, aunque Benítez tenga menos culpa que quien le contrató, los hinchas del Chelsea propagan un día tras otro su indignación por su fichaje. Si el técnico español ya dijo en su día que incorporarse a los blues sería una falta de respeto hacia el Liverpool, y que por eso no lo haría nunca, es que ya entendía que en el fútbol hay más condimentos que lo estrictamente profesional. Benítez fue siempre considerado por Stamford Bridge como un enemigo, hay varios episodios de confrontación en el historial. Es normal que la gente no los olvide. Y que le recuerde esa animadversión cada tarde al preparador. Lo anormal fue que el dueño del club pasara por alto la sensibilidad de los seguidores al incorporarle. En el mejor de los casos era un riesgo que ahora paga. No es una cuestión de ser bueno o malo, sino de ser querido o detestado.

Y pese a la perplejidad de algunos, se comprenden también los silbidos de San Mamés contra Fernando Llorente, el rechazo de una parroquia que se siente traicionada. El periodismo tiende a justificar a los jugadores y a los entrenadores, también a los directivos, frente a la reacción de los aficionados, pero debería ser al revés. No son muy significativos los gritos de las tribunas a favor de lo propio y en contra de lo ajeno. Pero sí adquieren relevancia y valor sus muestras de repulsa cuando se vuelven hacia uno de los suyos. No son reacciones interesadamente dirigidas (como insinuó feamente el afectado el miércoles), sino que proceden del dolor de una pasión limpia y sincera. E igual que el futbolista tiene derecho a actuar profesionalmente a su antojo, la grada lo tiene para sentirse emocionalmente herida y decepcionada.

A los seguidores, que les han quitado casi todo, al menos les queda eso. Su capacidad para desahogar libremente su aprecio y su desprecio. Y aunque incomode, su voz (salvo cuando se ensucia con la de algunos cafres que se pasan de la raya) merece toda la consideración. San Mamés ha dejado de querer a Fernando Llorente. Y yo sí lo entiendo.


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