De cara

El cariño es lo que encoge a Cristiano

Igual que el fútbol inglés, el rival inglés, el hincha inglés, el periodista inglés ha resultado ser el mejor calmante de Mourinho, el interruptor que apaga su personaje más desagradable y le enciende como deportista elegante, civilizado y cordial de obra y de palabra (usted y yo bien sabemos por qué), la eliminatoria ante el Manchester United ha servido para descubrir un antídoto inesperado contra el mejor Cristiano. Al final, contra el diagnóstico de Ferguson (apuntó que al portugués sólo se le podía frenar a golpe de machete y metralleta), resulta que se le desarma desde el cariño.

Cristiano escucha de todo en los campos de fútbol. Silbidos constantes, insultos a través de pancartas, ofensas a viva voz, gritos que le recriminan su nacionalidad, su físico y su forma de ser, alaridos que le reprochan su dinero y sus declaraciones, carcajadas que se recrean en sus errores, bufidos que explotan contra sus aciertos, múltiples y variadas formas de desconsideración. El portugués nunca ha conseguido ser refractario a ese ritual que tanto se encuentra, pero tampoco se le ha visto precisamente lastimado. En la mayoría de los casos lo ha conseguido revertir en motor que activa sus mejores prestaciones, que le estimula y agranda. De tanto atacarle, jugadores rivales incluidos, el luso ha hecho callo. Las burlas y los odios le motivan.

Pero el martes Cristiano recibió por una vez en un campo rival muestras conmovedoras de aprecio y admiración. Una evoción estruendosa cuando pisó por primera vez el césped que unos años antes fue el suyo, un recibimiento de gratitud fomentado desde la propia megafonía del estadio, un puñado de abrazos, de aplausos y de caricias. Y el futbolista se derrumbó. Marcó un gol decisivo, pero no fue a lo largo del duelo el tipo estratosférico y constante que había agarrado el fútbol de la solapa durante el último mes. La emoción le bloqueó. Mourinho lo reflejó tras el partido. Y el propio jugador lo confesó a pie de campo: “Por primera vez en mi carrera me superó el ambiente”.

Es difícil que Cristiano vuelva a encontrarse ante a un escenario similar, que el público rival sea en el fondo el suyo y tenga tantas motivos para agasajarle, que desahogue su afecto de una forma tan conmovedora, sincera y natural. Eso sólo lo puede vivir en Manchester. Pero lo que ocurrió el martes es para tumbarlo frente a Freud. No es una pista a seguir (como antídoto posiblemente es inimitable) pero sí una lección a tener en cuenta. Parecía cosa de cuentos y fábulas, pero Old Trafford lo convirtió en prueba científica. Las flores tuvieron más fuerza que las balas. Cristiano, impermeable al desprecio, es vulnerable al cariño.


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