De cara

El bua, bua de Cristiano

Cristiano, el futbolista que lo posee todo, que es guapo, rico y bueno, tiene envidia de lo que le queda a los demás. Está triste, resulta, todo no le es suficiente. Simplemente el fondo de su lamento cuesta digerirlo, imaginarse un solo motivo consistente y aceptable que profesionalmente pueda justificar una depresión en el madridista. Ni siquiera el egoísmo extremo, el yo como caso perdido. Las repentinas razones que se apuntan, que si se siente poco valorado, que si los compañeros no le quieren, que si el Balón de Europa, que si la mejora de contrato, que si ahora se quiere ir, ni se sostienen ni valen.

Pero mucho peor que el fondo imposible de la llantina del portugués, han sido las formas guionizadas, la escenificación fuera de tiempo y de lugar de un incidente gratuito que mete en problemas al Real Madrid. La no celebración de los goles, de por sí postura impertinente, y sobre todo su irrupción preconcebida ante los medios comunicación para disparar las alarmas. Simplemente para anunciar su tristeza y desafiar a la institución que le paga con ese misterioso “la gente del club ya sabe lo que me pasa”, para insinuar mucho, disparar las cábalas, y no decir nada. Para sembrar de inestabilidad la casa. Una falta muy grave. Una irresponsabilidad.

Cristiano es el único culpable de su infelicidad, de ser cierta. Pero también quien le ha educado con palmaditas. Su caso lo suelen tratar los pediatras, remonta a la infancia, al capricho del niño consentido al que mil juguetes no le parecen suficientes, que siempre encuentra un motivo para llorar o patalear. Entre el año y medio y los tres suele producirse. Cristiano tiene 27. Los expertos actuales recomiendan no ceder; los de antes hablaban de una bofetada a tiempo.

No le vienen mal al Madrid los goles de Cristiano, está claro. Pero posiblemente no le compensan.


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