De cara

El boxeo y sus cómplices

La pelea Márquez-Pacquiao del pasado domingo arrasó en audiencia, se convirtió en el espacio más visto de todas las cadenas (era de madrugada) y empujó a Marca TV a su récord histórico de audiencia. Las redes hirvieron en España durante la pelea pese al horario. El puñetazo definitivo fue reproducido al día siguiente una y otra vez por las emisoras de la competencia. Unas semanas antes, el combate entre Maravilla Martínez y Julio César Chávez Jr. también tuvo un seguimiento extraordinario. Ya hay pruebas sobradas para la sentencia: el boxeo está otra vez aquí.

Vuelve a ser un producto de consumo televisivo masivo y de tertulia de peluquería. El español se emociona de nuevo, celebra fuera de sí que el puño violento de un deportista en el rostro de un rival lo desplome súbitamente sobre la lona. Hay unos segundos en los que el tipo no se mueve ni responde, en los que Márquez, según confesión posterior, teme incluso por la vida de Pacquiao, pero da lo mismo. A un lado y otro del televisor la gente no es capaz de contener su entusiasmo. Le excita la ceremonia de los puñetazos y la sangre. Son los actores de siempre. Ha cambiado el nombre de los predestinados a juguetes rotos, pero posiblemente no el de los que se frotan las manos.  Se huele otra vez el dinero, el gran negocio. Los aficionados, algunos de elevada reputación intelectual y cultural, vuelven a mirar hacia otro lado. Nadie repara en la brutalidad de lo que se ve y en la sordidez de lo que se oculta. Da audiencia. El boxeo ha vuelto a nuestras emociones.

Quizás no tanto como en los setenta, cuando incluso los niños de cinco años jugábamos a ser Urtain frente a Cooper (no imaginé entonces que mucho tiempo después me tocaría escribir sobre su suicidio). Eran años en los que se nos autorizaba a trasnochar para poder seguir los combates de Pedro Carrasco y Mando Ramos, y más tarde los de Muangsurin y Perico Fernández, un ídolo genial al que su tartamudez volvía aún más divertido cuando le entrevistaban, un triunfador al que hace meses descubrimos contando de redacción en redacción su drama personal y su indigencia

El boxeó siguió vivo después, cuando Mike Tyson tumbaba por KO a los rivales y cuando Poli Díaz reunía en un mismo pabellón a una hinchada variopinta, formada tanto por representantes de la jet set como por colegas de los arrabales. Al Potro de Vallecas, el tipo al que todos dejaron abandonado a su suerte después de aprovecharse y exprimirle hasta la última gota, se le volvió a ver por los platós hace unos días inspirando compasión tras un incidente a navajazos. A Tyson también le llegó la cuesta abajo. No fue el de ambos un caso excepcional. Sus colegas, antecesores o coetáneos, también estuvieron de saque condenados. Casi todos acaban mal. Algunos no sobreviven para contarlo. Secuelas físicas, heridas psíquicas, daños cerebrales, drogradicción, fortunas, despilfarro, deudas, ruina, trampa, violaciones, pornografía, agresiones, balas,  cárcel, ruina, muerte... El deterioro tiene múltiples formas, pero siempre aparece.

Da igual. Ése ya no es el problema de los que miran y jalean. La sociedad sabe de sobra cómo desentenderse. Cosidos “al no hay deporte más noble”, “tú qué sabrás”  o "esto ya no es lo de antes" los espectadores van sorteando los remordimientos que reposan detrás de sus gustos. Si se ven forzados a debatir, compensan la falta de argumentos con un vacío “y el fútbol qué” y se quedan tan panchos. Son muchos los creyentes, son mayoría. Hay periódicos, pocos, que expresamente no informan de boxeo por conciencia editorial. Sólo se refieren a él como denuncia. Es su contribución simbólica, aunque ineficaz (y a veces hasta incoherente con otras de sus posiciones), a erradicar un sinsentido que hay quien sigue empeñado en fomentar como deporte. Hay quien opta por recrearse. Hasta por hacer caja. Hay quien cierra los ojos. Hay cómplices. El boxeo está otra vez aquí.


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