De cara

Cuando el árbitro vale más que la decencia

Mourinho marca la agenda. Ha decidido que la gente aleje la mirada del fútbol y la ponga de nuevo sobre los árbitros y allá que se ha lanzado de cabeza el medio ambiente. Periódicos y aficionados discuten una vez más sobre la manía persecutoria que le tienen al Real Madrid y al propio entrenador luso y dejan a un lado su posición clasificatoria tanto en la Liga española como en la europea. Tampoco es nuevo ni exclusivo del portugués y de los blancos. Pero vuelve a ocurrir que cuando el que llora es el mejor equipo del siglo XX las lágrimas se sienten más.

Lo más irritante de la última exhibición de victimismo, desatada tras un indiscutible mal arbitraje del italiano Rocchi en la aparentemente intrascendente visita de los madridistas a Manchester, es como de costumbre la poca atención que se pone en el verdadero malo de la película. En la jugada del penalti a favor del City, la acción que más tormenta ha generado, el árbitro es víctima de un engaño, el piscinazo descarado del Kun tras la persecución de Arbeloa. Pero siempre es mejor y más fácil cargar contra el colegiado que contra quien le equivoca, el tramposo que encima es comprendido y acogido  con honores de héroe. Qué inteligente el argentino, según el propio Arbeloa, qué pícaro, qué listo, qué astuto. Agüero sólo se llevó elogios de su teatro. Ni un solo reproche a su indecorosa simulación, ni un comentario que le llamara por su nombre. Ése es el problema de fondo. El fútbol sigue condecorando la trampa y linchando a quien la tiene que vigilar. Y así no hay salida.

Pero nada comparable al vergonzoso episodio que protagonizó en el Shakhtar-Nordsjaelland el delantero brasileño Luiz Adriano, autor del lance antideportivo más escandaloso de los últimos tiempos: marcar un gol a placer cuando un compañero hacía como que estaba devolviendo la pelota a los daneses en un bote neutral decretado por el árbitro para atender a un jugador. La UEFA ha abierto un expediente y hay quien pide una sanción ejemplar para el sucio deportista. Pero  Luis Adriano no merece castigo (lo que hizo fue feo, pero no antirreglamentario) sino el desprecio únanime del balón, de los compañeros y de los rivales. Lo que cometió no se hace. Y le invalida para siempre como deportista, le obliga de por vida a bajar la cabeza. Su ventaja es que el fútbol concede poca importancia a las cuestiones de decencia. Lo único innegociable es discutir sobre el árbitro. Y culparle de todo. 


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