De cara

¿Y ahora qué, Contador y compañía?

Al fin. Armstrong lo confesó todo. Reconoció lo que ya se sabía, pero que tantas veces antes había negado. Que se dopó, con EPO, cortisona, testosterona y hormona del crecimiento. Que sin esa ayuda de lo prohibido no habría sido capaz de ganar un Tour. Que la trampa era una práctica instalada y extendida en el ciclismo que le tocó vivir (o más bien matar). Hasta se definió a sí mismo como un capullo arrogante. El defraudador estadounidense no destapó nada, simplemente admitió lo que los buenos ya habían descubierto y juzgado. Así que no modificó ni un centímetro su imagen (ya la tenía lastimada del todo), ni la de su deporte (también cadáver de credibilidad desde hace tiempo). Porque además su relato pareció interesado y sugerido, como si se tratara más de una estrategia judicial que de un repentino arrepentimiento.

Con sus respuestas a las preguntas de Oprah Winfrey, en el fondo lo que hizo Armstrong fue simplemente dejar en evidencia a los ciegos y a los cómplices. A los que le defendían y le veían, pese a la contundencia de las pruebas, los indicios y las delaciones, como una víctima de las conspiraciones, la envidia y los malos compañeros. Y eran muchos y notables los que lo arroparon en cuanto fue desenmascarado. Induráin (“creo en la inocencia de Lance”), Contador (“se está humillando y linchando a Armstrong”), Manolo Saiz (“después de 12 años no es momento sacar estas cosas”), Valverde (“los Tours los ha ganado con sus piernas”), algunos periodistas especializados, cientos de aficionados… Todos habían puesto su comprensión y su acidez verbal al servicio de la inocencia del ciclista y la demonización del que lo acusaba o dejaba de creerle y quererle.

Quizás es esa parte la que convenga revisar a partir de ahora. La tolerancia de los alrededores ante la trampa, ese constante justificar, minimizar o negar. Esa tendencia permanente , a la comparación consuelo, el mirar para otro lado, el homenaje incluso.  Esa práctica que consistía en suma en fomentar una práctica que hoy, por unas horas, provoca unos cuantos y dolorosos arañazos de vergüenza. La costumbre de toda esa gente que aún hoy sigue callando, que mientras Armstrong hablaba hace unas horas, madrugada del jueves al viernes en España, posiblemente prefería dormir. Siempre lo hizo, y a pierna suelta, después de cada episodio que golpeó la reputación de la bicicleta.

Habrá que insistir en la vigilancia y resolver de una vez las causas pendientes (que tan mal están dejando a los españoles). Pero sobre todo conviene dejar de regalar coartadas a los que defraudan. Tan culpable como el principal son aquellos que a estas horas andan posiblemente todavía metidos debajo de la mesa. O tal vez ya es demasiado tarde. Lleva demasiado barro encima el ciclismo como para resucitar. Hace tiempo que no se lo cree nadie. Salvo ésos, los cómplices.


Comentar | Comentarios 0

Tienes que estar registrado para poder escribir comentarios.

Puedes registrarte gratis aquí.

  • Comentarios…

Más comentarios

  • Mejores comentarios…
Volver arriba