De cara

De San Iker a Calamity Valdés

Hubo un clásico que ganó el Barça y con holgura. El de la propuesta. El fútbol de iniciativa y ataque, las ganas de balón, el cuerpo permanentemente puesto en el campo del contrario. El Madrid, en cambio, dedicó un tiempo al cerrojazo (según Mourinho, no por voluntad propia, sino empujado por la excelencia del rival) como si se tratara de un equipo de distinta división. Y luego ya sí, en la segunda parte, un rato más atrevido y suelto. Lo paradójico, esto es fútbol, es que de su tramo mezquino salió ileso. Fue precisamente su mejor fase la que le castigó en el marcador.

Aunque de eso se encargó personalmente Iniesta, el nombre propio que más comprometido estuvo con su talento y más influencia dejó sobre el encuentro. También Xavi, pero sobre todo Andrés, imaginativo e imprevisible, imposible de anudar. Es verdad que en todas las acciones con final gol del Barça, las de la remontada, hubo un desliz defensivo importante del Madrid: la caraja de Coentrao, el penalti apisonador de Ramos, la clavada inesperada de Arbeloa. Pero sobre todo fue cosa de Iniesta.

Lo inexplicable es que el Madrid llegó a estar por delante. Sin merecerlo, eso sí. Pero Busquets le entregó toda la zona a Cristiano en el saque de un córner, otro error en acción de estrategia como denuncia Tito, y el Madrid se sintió primero feliz. Falló Busquets, sí, justo el hombre hasta entonces más determinante de la cita. Provocó las tres amarillas del Madrid, por la contundencia de las entradas, pero al tiempo por la exageración de sus dolores. A la hora de desenfundar el tarjetero, el árbitro tomó muy en cuenta los gritos del centrocampista.

Pero toda lo trascendental del clásico finalmente quedó convertido en secundario. Lo determinante fueron exclusivamente dos señores, los dos porteros, que le negaron el guión a la realidad. Casillas le detuvo milagrosamente a Messi la jugada del 4-1 y cierre de la Supercopa, y en el contragolpe siguiente Valdés le regaló la supervivencia al Madrid y le quitó el trofeo a su propio equipo. Volvió a armarse un lío con los pies ante el Madrid, como el curso pasado, pero con mayor delito todavía. No fue un mal pase, fue un entretenimiento confiado y absurdo que Di María le hizo pagar.

Vilanova trató de relativizar luego el pecado del arquero, como el año pasado hizo Guardiola, pero ese fallo no tiene perdón. No se puede frivolizar con el fútbol de esa manera. Iker y Víctor movieron el marcador a su antojo. El fútbol, el juego, dijeron una cosa, un resultado; los dos porteros comunicaron otra. En medio minuto arramplaron con todo. Y fue su criterio el que finalmente valió. De San Iker a Calamity Valdés, el resumen del primer clásico.


Comentar | Comentarios 0

Tienes que estar registrado para poder escribir comentarios.

Puedes registrarte gratis aquí.

  • Comentarios…

Más comentarios

  • Mejores comentarios…
Volver arriba