De cara

Mourinho es culpa del madridismo

El Madrid se queda a once puntos del Barcelona, a ocho del Atlético, y su entrenador suelta coartadas a discreción sin que ninguna le salpique directa ni indirectamente. En los diez minutos posteriores a la derrota ante el Betis, sin abordar una sola cuestión futbolística, a Mourinho le dio tiempo a disparar contra el arbitraje, la afición (sus elogios a la del Villamarín, se pongan como se pongan, llevaban una carga inequívoca de reproche velado a la del Bernabéu), los jugadores (les afeó por algo tan genérico y en este caso dudoso como la actitud: en Sevilla fallaron más las ideas, el plan, que el esfuerzo), el Real Madrid como club y la pasividad de sus empleados, el calendario y el poder de otros (el Barça) para hacer y deshacer. “Pero claro, luego el malo soy yo”, recitó finalmente como victimista fórmula de escapatoria.

Pero lo relevante del caso no es la huida del entrenador acorralado (es un procedimiento discutible el de echar todas las culpas a los demás y escapar de las explicaciones, pero también muy frecuente: en el propio Mourinho y en otros). Lo más curioso aquí es la aceptación mayoritaria que encuentran los despejes dialécticos del portugués entre los teóricamente ofendidos por los mismos y los más dolidos por la situación. O sea, entre el madridismo. Es precisamente la afición blanca la que con más entusiasmo abraza las tesis escapistas de su técnico y relativiza la cruda realidad.

Recuerda ‘Mister Chip’ en su control estadístico de las cosas que ningún entrenador del Madrid sobrevivió a la destitución a estas alturas en una situación clasificatoria semejante. Pero claro, en todas las ocasiones precedentes el público rugía y protestaba contra el banquillo, fomentaba la toma de medidas drásticas. Ahora, se entienda o no, la afición respalda absolutamente al preparador y legitima sus formas. Y si alguien ahí dentro se anima a discrepar es señalado al instante como apestado (o disfrazado). La masa blanca está con el luso. No hay más que hablar.

Y por eso la presidencia peca de pasividad, cede al poder desagradable de Mourinho y a sus ataques, obedece al pueblo. Resultó de lo más ilustrativo que el Madrid negara el sábado a las televisiones la voz en caliente de los jugadores nada más concluir el encuentro ante el Betis, pese a lo que dicta la costumbre y el contrato con los canales con derechos, y que luego, se supone que con el discurso único ya aprendido, hablara Casillas para darle la razón en todo al técnico. Y que Pardeza, el portavoz en el palco, se acogiera a la línea de protesta institucional contra los arbitrajes demandada abiertamente por el preparador. Mourinho se hace la víctima y el incomprendido, pero los hilos del Madrid los mueve a su antojo un día tras otro.

Pero no miren a Florentino. Todo es así porque lo ha decidido su propia afición. A diferencia de lo que ocurre en Londres, donde Benítez dirige hoy al Chelsea contra la opinión de sus seguidores y contra la propia palabra (dijo que por respeto al Liverpool jamás entrenaría a los blues), donde la voz de la hinchada es despreciada, Mourinho gobierna Chamartín a su manera porque el madridismo quiere y se deja. El fútbol es de los aficionados. Y los del Madrid quieren al luso por más que distraiga y llore. Por más incluso que provoque irse.


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