De cara

Messi se carga la fiesta

Parecía al fin un clásico hermoso, que iba a pasar a la historia por su juego parejo, intenso y bueno, y adornado en la superficie por una corrección en los modales. Un canto al fútbol embellecido por la contención de Messi cuando le tocaron la cara, el doctorado imperial de Varane sin sacar una sola patada a pasear, el paso atrás de Mourinho hacia la discreción, los abrazos a la conclusión y, sobre todas las demás, esa imagen inolvidable de Puyol abortando la delación de Piqué sobre el mechero lanzado desde la grada. El partido de los partidos predicaba por una vez con el ejemplo. Y en buen momento, como balsámico alto en el camino ante tanta noticia de corrupción y suciedad que mide estos días la capacidad de hartazgo del personal. Pero no. Hoy ya se sabe. La bonhomía se quedó en proyecto.

La cita terminó contaminada como tantas otras veces por la voz de algunos protagonistas, la salida a la luz de unos cuantos comportamientos clandestinos reprobables y la bipolaridad ciega de los debates periodísticos como reflejo de lo que se impone en la sociedad y en las redes sociales. El público, el sector que lanzó objetos al campo y manchó la ceremonia con sus cánticos de mal gusto, recibió finalmente la colaboración de algunos protagonistas para embarrar el cartel.  De Xavi, por ejemplo, que se refirió de soslayo al colegiado como responsable del resultado. O de Alves, que, lejos de seguir la ruta marcada por su compañero Puyol, aunque con la razón de su lado, entendió que debía denunciar por todos los medios el acoso racista que padeció de las tribunas. Lo mismo que el Madrid, quien, escondiendo la mano, supo como desperdigar por las redacciones el peor episodio de la velada, el que nadie vio, que reduce nuevamente el perfil celestial e inmaculado de Messi.

No se sabe si mediando provocación, según la información aportada por diversos medios, Messi se encaró e insultó a Arbeloa en el aparcamiento y despreció a Karanka con esa frase “tú qué miras, muñeco de Mourinho” tan impropia de cualquiera, pero más aún de un referente como dueño de cuatro balones de oro y la distinción de ser el mejor futbolista del planeta, posiblemente de la historia. Ahora que Cristiano parece haber entendido que hacerse el desagradable le perjudica, que la normalidad le abre puertas que la chulería le cierra (con el desliz de la manita a Guaita en los cuartos), va Messi y se pone faltón para arruinar su imagen. ¿Alguien con mando ahí dentro se atreverá a regañar al argentino? No lo esperen.

Nadie tose hoy al argentino. Pero mucho mejor el Messi que en el campo soportó sin teatralizar las provocaciones del citado Arbeloa y Xabi Alonso que ese otro reincidente que perdió los papeles en el parking tras ducharse. Mucho mejor el clásico que creíamos, el del paladar exquisito con el balón, que el de esta resaca otra vez tóxica. Porque ahora, a menos de un mes del siguiente asalto y posiblemente de forma inducida,  en la memoria apenas queda fútbol. Gana por goleada la bronca. La vuelta está abierta. Y sobre todo muy caliente.


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