De cara

Mejor competir que llorar

No se recuerda una igual. No la encuentran ni parecida las hemerotecas. 35-19, la mayor diferencia en una final. España conquistó el Mundial de balonmano, que peleó como anfitrión, con la actuación de su vida, con el partido perfecto. Y además contra pronóstico, convirtiendo en un equipo de colegio a la que pasaba por ser la mejor selección del planeta. A Dinamarca, recién proclamada campeona de Europa, y a su joya, el melenudo Hansen, el Messi de este deporte. España dejó una exhibición para la historia, la paliza de todos los tiempos, y lo celebró con la contagiosa naturalidad y efusividad de los ciudadanos normales: bailando la conga, abrazando a los niños e inmortalizándose en fotos. 

España dominó en todos los aspectos del juego. En el ataque estático, con una circulación rápida de la pelota y mucha movilidad que abría pasillos por fuera y por dentro. En los contragolpes, corridos a toda pastilla una y otra vez. En la defensa, agresiva, valiente, intensa y concentrada. Y en la portería, donde Sterbik, el único nacionalizado del equipo, terminó con su colocación y sus paradas por sumergir la moral de los nórdicos, que jugaron en la segunda mitad con la bandera blanca izada. Brilló Cañellas (el Calderón le debe una vuelta de honor a su hija). Y el abuelo Entrerríos. Y Aginagalde. Brillaron todos.    

La selección mandó también en lo emocional, donde el factor cancha dio un impulso decisivo a una escuadra tradicionalmente tendente a las excusas y la depresión. Valero Rivera, el seleccionador, no admitió un  instante de relajación pese a las bondades que fue contando el marcador desde primera hora. España fue un manual de balonmano en todos los sentidos, pero sobre todo en el carácter. Y no sólo en la final, sino durante todo el torneo. En los tramos comprometidos, que no asomaron el último día, el equipo siempre enseñó lo mejor de sí mismo: seguridad, determinación, fortaleza mental y felicidad (jugó disfrutando). Es decir, justo lo que en otras ocasiones solía torcer sus aspiraciones.

El victimismo, rasgo muy característico del que el deporte español se va desmarcando poco a poco, seguía especialmente instalado en el balonmano. Todas sus derrotas se explicaban por dentro y por fuera (jugadores, aficionados y prensa especializada) con las múltiples formas del socorrido ‘nos tienen manía’, antes incluso de que se produjeran. Una decisión arbitral bajo la que cobijarse, un lanzamiento a las nubes con el que precipitarse, un contratiempo con el que distraerse, una teoría conspiratoria sobre la que acolcharse… El balonmano se entretenía más de la cuenta en encontrar antes una excusa que una solución. Recuerden los Juegos.

Pero esta vez no. La selección dejó de quejarse por la virulencia con la que le defendían los adversarios y se puso a defender igual, con el cuchillo entre los dientes. Impulsada por un graderío encendido y entregado, ya fuera en Madrid, en Zaragoza o en Barcelona, España pensó por una vez que los elementos estaban a favor. Y quizás por eso atacó siempre con entusiasmo y decisión, más convencida de acertar que temerosa de fallar. Dejó de mirar con recelo al todopoderoso contrincante y se gustó mirándose a sí mismo sin recrearse en los defectos. Prefirió competir a temblar; jugar a llorar. Y acabó campeona del mundo.


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