De cara

El Málaga escoge la peor manera de llorar

El fútbol, como la vida, fabrica episodios de impotencia que no se van nunca de la cabeza. Que se reviven una y otra vez, que irrumpen con insistencia y crueldad desde la memoria, que despiertan de noche y agobian de día, que se juegan una y otra vez en el subconsciente en una inútil búsqueda de un desenlace diferente que nunca se produce. Secuencias que se graban a fuego en el historial emocional de sus equipos y sus aficiones, que nunca desaparecen. No se van ni siquiera cuando el destino concede la satisfacción de un desquite. Es el gol de Schwanzerberg en Bruselas, el penalti fallado por Djukic en el último minuto, el malogrado por Riquelme a las puertas de la final de la Liga de Campeones... Es el último minuto del Málaga en Dortmund.

Una cadena de fatalidades dejó el techo del equipo de Pellegrini en los cuartos de final de la Champions. Durante 72 minutos, desde que Joaquín inventó ese zurdazo raso y ajustado después de un recorte y puso el uno en el marcador, el Málaga estuvo clasificado. Era la gran gesta de su vida, la hazaña que se iba a recitar de generación en generación. Y en un minuto, en un dramático minuto, todo se dio la vuelta. Una ventaja de dos goles reducida a cenizas por esa fórmula aritmética que este deporte no consigue quitarse del todo de encima: el fútbol es un juego de once contra once que siempre ganan los alemanes.

Málaga escogió concentrar su desconsuelo en un error arbitral, la concesión del último gol en flagrante fuera de juego. No le prestó importancia a que en su segundo tanto, marcado por Eliseu también en posición ilegal, el colegiado se equivocara a su favor. Sólo se ciñó a cuando salió perjudicado. El derrotado sintió la necesidad de encontrar un enemigo sobre el que descargar la impotencia y se tiró de cabeza a la fórmula más fácil. A ella acudió la afición y a ella se lanzaron los propios protagonistas con afirmaciones delirantes, casi de vergüenza ajena. La más esperpéntica la pronunció el dueño (¡el jeque habló de racismo!), pero más o menos todos los jugadores y el entrenador hablaron de persecución y premeditación. Y pasada la calentura, en ésas siguen.

Una forma vulgar de ensuciarse, de profanar unas lágrimas que se habían ganado otro tipo de literatura. Ni se sostienen las acusaciones (si de verdad alguien hubiera tenido la intención de acabar con el Málaga no espera al último minuto para ejecutarlo) ni les dejan en buen lugar. Pero peor que las palabras de los actores de la tragedia, a los que finalmente nadie demanda objetividad, fueron las pronunciadas en el mismo sentido por muchos periodistas. Otra vez el patrioterismo estropeando la lírica.

Por más vueltas que Málaga le de al desenlace no le encontrará jamás una explicación ni un buen consuelo. Pero está condenado a recordarlo de por vida una y otra vez. Nunca se marchará ya de su memoria. Y una leyenda así es mejor revestirla del emocionante recibimiento que los aficionados brindaron de madrugada al equipo a su vuelta que mancharla con la cada vez más insoportable teoría de la conspiración. Esta aventura y su estremecedor final no merecía ser llorada así de mal.


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