De cara

El Madrid fichó una meta; el Atlético, un camino

El Madrid fichó hace tres años un resultado. Mourinho era ganar. Formas insoportables, juego aburrido, sumar enemigos, valores antagónicos respecto a los que recita el himno, pero una promesa segura de títulos y victorias. Ganar a cualquier precio. La ansiada décima. No había trámite, sólo un final: ganar. Un año y medio después, en la acera de enfrente, el Atlético no fichó un resultado, sino un camino, alguien que recuperara la conexión con la idiosincrasia, exigiera compromiso y ambición en el vestuario y reconciliara al club con la grada: Ole, Ole, Ole, Cholo Simeone.

Tres temporadas después de lo primero, el Madrid ha ganado menos de lo que ganaba, no tiene los trofeos garantizados y se ha fracturado sangrientamente por dentro. Precisamente lo que no ha alcanzado es lo que teóricamente compró, un resultado. El fútbol tampoco se construye por el tejado. 16 meses más tarde de lo segundo, el Atlético ha recuperado el sentido y la paz social, es reconocible como equipo y tiene al hincha convencido de que todo lo que se hace es por y para él. Y además posee lo que ni encargó ni prometió: tres bufandas (cinco en tres años) en el cuello de Neptuno.

Simeone ha devuelto al Atlético a su sitio. Porque una cosa es que nadie sea capaz de ganar como pierde su hinchada (muchas victorias después nada llega a las emociones de los 45 minutos de exhibición de fidelidad extrema en el Camp Nou tras perder la final de Copa de 2010) y otra es que el Atlético no se mida en títulos y no tenga la obligación de ganar. Por genética fundacional y ubicación geográfica, sobre todo de ganar al Real Madrid. Y ha ganado mucho el Atleti, también ante su eterno rival, por más que los últimos tiempos invitaran a la confusión y la mofa, por más que sus niños no lo hubieran visto.

Cuando el Atlético recogía el viernes la Copa del palco, la mitad de las gradas del Bernabéu, la que generó menos acústica durante el partido, estaba ya vacía (casi todos los equipos ganan igual, enseñando de forma conmovedora su felicidad; es la actitud en la derrota la que marca las diferencias). Su público se fue, pero el Madrid, sabiamente orientado por Casillas, sí aguantó a pie de campo durante la entrega del trofeo al rival. Bueno, no todos sus representantes. Cristiano y Mourinho afearon el escudo con su negativa a subir junto al Rey para recoger su consuelo. Una final ilustrativo de una época. Porque la época se acaba. Y el Madrid sigue sin encontrar lo que creyó fichar. Desde que se consumó la derrota, el Madrid se ha aplicado en echar humo, en poner cromos delante y llevar a la gente hacia el futuro. Ancelotti, Benítez, Heynckes... importan más la paz y las formas que la garantía (ficticia al cabo) de resultados. El “Mou nos ha agitado, nos ha hecho ver qué es eso del señorío” que dijo Florentino ya no sigue vigente.

El Atlético no fichó resultados pero lleva desde el viernes festejándolos. Si sus aficionados no disfrutaron más fue por el empeño de alguien en llenar de modernidad y tecnología fuera de lugar el santuario de las celebraciones (Neptuno está para que las gargantas de los atléticos fluyan solas, que además saben hacerlo, y no para que las ensordezcan con ruidos de discoteca). Aún así, las calles se llenaron de camisetas, las redes sociales se inflaron de colchonerismo y los hijos de Miranda (y de tantos otros) ajustaron cuentas hoy en el cole con una sonrisa imposible de borrar. Y hasta Arda Turan, a quien el Atlético se le quedaba pequeño no hace tanto, que quería jugar en otro equipo para ganar la Champions, ya proclama que, por una cuestión de orgullo, nunca lo hará en otro de la Liga española que no sea el rojiblanco. No se trataba simplemente de ponerse la camiseta, además había que entenderla.


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