De cara

Luis y mil veces Luis

Ahora que La Roja está a las puertas de un nuevo y delicioso desafío no viene mal recordar a su creador. Nunca viene mal, hasta debería imponerse en las escuelas como asignatura obligatoria. A Luis Aragonés, el hombre que se empeñó en jugar por abajo y con los bajos, que se atrevió a luchar contra los prejuicios que comprimían y sometían al fútbol español, que acabó de una vez por todas con todos sus complejos. Luis Aragonés, el autor de La Roja.

Hoy todos reconocen y admiran a la selección española, dan por descontado que no existe una manera más atrevida, hermosa y práctica de jugar. Hoy todos copian o se contagian. Pero hace cuatro años no era así. No lo era ni en el Barça, donde a Rijkaard le daba reparos reunir en el medio campo a Iniesta y Xavi. Por eso a Luis hay que mirarle como se mira a otros pioneros indiscutibles, como a Santana, Nieto o Ballesteros, genios que exploraron y se adentraron en territorios prohibidos o desconocidos.

Hace cuatro años la teoría de la furia, la raza, el músculo y el equilibrio causaba furor, no aceptaba ni el debate. Incluso en el propio Luis, al que a la vez que inventor se le podría llamar descubridor, porque también se encontró su obra. El azar le ayudó. Tras acabar para siempre con los extremos y jugársela en el Mundial de Alemania con un centro del campo revolucionario y temerario con Xabi, Xavi y Cesc, Luis también estuvo a punto de tirar la toalla y plegarse a sus antepasados. Tras caer eliminados en octavos ante Francia, el Sabio se juró que nunca más iría por la vida sin Albelda. Pero llegó Koeman al Valencia, desterró a Albelda y le echó un cable. Y más tarde, una lesión masiva de delanteros le permitió probar la superpoblación de centrocampistas talentosos en el once, hasta cinco, y ya no se bajó más de su aventura hasta redondearla y barnizarla con oro.

Su gesta no fue sólo convencerse en primera persona, sino lograr que sus subordinados le creyeran. Se sirvió de Raúl para conseguirlo. Alrededor del revuelo que generó la exclusión del siete, Luis se ganó al equipo como nunca antes nadie lo había conseguido. No trabajó más con jugadores, sino con fieles y militantes. Con tipos que gracias a él empezaron a relativizar su propio físico y a confiar infinitamente en su talento y en su idilio con la pelota. El recorrido ya se conoce. España disfruta desde hace tiempo de la mejor selección de su historia y del planeta.

Ya no se llama La Roja de Luis sino la de Del Bosque, que ha dado continuidad positiva a la hazaña. Aunque sin atreverse a tanto, volviendo a reforzar de físico y pulmones la zona por donde su antecesor se animó con el vértigo. Donde antes jugaba sólo Senna, ahora lo hacen Busquets y Xabi. Ramos ya no es lateral sino central. Y aunque los tocones gobiernan habitualmente las bandas, Vicente no renuncia de vez en cuando a los extremos. No es la misma España, aunque sí en lo esencial.

La gran diferencia es que el prestigio ya lo tiene conquistado. Y el respeto ajeno. Y los títulos en su palmarés. Y la fe propia. Y una forma de jugar que ni los resultadistas más obstinados osan discutir. Ya no hay urgencias ni miedo. Es la España de Del Bosque, de Casillas, de Xavi, de Iniesta, de Silva y de Torres. Pero ante todo es la España de Luis. Su obra, posiblemente la historia de fútbol más hermosa jamás contada. El tiempo se lo reconocerá. Disfruten de lo que viene y deléitense con la selección en la Eurocopa. Pero cada vez que el balón lo lleven esos bajitos, acuérdense de Luis. Se lo debemos todo.      


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