De cara

Lorenzo, un peligroso mal ejemplo

El propio autor de la locura fue paradójicamente quien puso la cordura a la hora de hablar. El que menos importancia concedió a los adjetivos de admiración y asombro que colgaron de su histórico pilotaje en Assen tan sólo 35 horas después de ser intervenido quirúrgicamente de la clavícula izquierda. Jorge Lorenzo se desmarcó con frialdad de las voces que le condecoraban como héroe y expresó con crudeza lo cerca que había estado de ser proclamado un estúpido. Pese a las emocionantes lágrimas iniciales nada más acabar la carrera, fue curiosamente su cabeza la que mejor interpretó la realidad. El mallorquín se la jugó mucho, demasiado, todo, y salió triunfador y milagrosamente ileso. Disfrazó así un despropósito de hazaña descomunal. Se ganó a los aficionados y conquistó el mundo. Pero lo que hizo fue un ejercicio extremo de insensatez.

Es verdad que Lorenzo no ha sido educado para otra cosa, que a los tres años le subieron a una moto y a los cinco ya competía oficialmente montado en ella: el viejo aforismo que dice que detrás de un deportista genial hay a menudo un padre irresponsable. Jorge está acostumbrado al riesgo casi desde la cuna. El propio deporte que le ha reportado celebridad y prestigio es una amenaza en sí mismo, una manera bien pagada de jugarse literalmente la salud y la vida. Su meteórica carrera está cargada de accidentes y su cuerpo de cicatrices. Pero el sábado se superó. Nadie había sido capaz de culminar algo igual. Nadie lo había intentado siquiera.

Lorenzo se destrozó la clavícula la tarde del jueves tras caerse en el circuito holandés a 238 kilómetros por hora. Fue operado en Barcelona esa misma madrugada y regresó a Assen con la delirante intención de competir. Superó el control de seguridad del aeropuerto pese a hacer saltar las alarmas (llevaba insertadas una placa de titanio y ocho tornillos) y con más facilidad aún pasó como si nada el protocolario examen médico previo a la carrera. Se montó en su Yamaha, realizó adelantamientos, completó todas la vueltas sin caerse ni hacerse daño y terminó en quinta posición. Una gesta sin precedentes. Un pellizco inolvidable para el aficionado, los pelos de punta, unas ganas incontrolables de subirle a hombros, qué huevos que tiene el tío… Y como freno al entusiasmo universal, su propia reflexión: “Cuidado, he estado a nada de que me llaméis estúpido”.

Los médicos que le operaron entraron este jueves en detalles: “Este tipo de fracturas pueden ocasionar lesiones muy graves en los vasos sanguíneos que pasan por debajo de la clavícula”. Le desaconsejaron competir en Assen. Pero Lorenzo no les hizo caso. Pensó sólo en la clasificación deportiva y optó por el disparate. Una imprudencia que, superada sin rasguños, le aupó en la calle a la condición de superhombre. La gran confusión.

Uno no es mejor ni más por lograr cruzar a pie una autopista sin ser atropellado, por llegar al otro lado de un puente caminando por su barandilla o por entrar limpiamente en el agua tras saltar desde un precipicio. No son los límites del ser humano lo que se mide en esos arrebatos irreflexivos de valentía mal entendida. Tampoco en Assen. No puso en peligro a nadie más que a sí mismo, pero eso no vuelve racional la aventura de Lorenzo. Con el debido respeto a la indiscutible emoción que transmitió su carrera, se mereció más reproches que reconocimiento por su exhibición de inconsciencia. No fue lo suyo una prueba de valor ni mucho menos un buen ejemplo. Fue una temeridad.


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