De cara

A Iniesta le quiere todo el mundo

París silbó el himno español al comenzar la velada del martes, al árbitro en sucesivas ocasiones, a unos cuantos jugadores de La Roja en diversos lances del encuentro e incluso a uno de sus propios futbolistas, Benzema, que no levanta cabeza, que ni canta La Marsellesa ni acierta con la portería. Pero París, en cambio, ovacionó a Iniesta, un tipo al que todos quieren abrazar, también los seguidores rivales.

Y eso que cuando el Stade de France rompió a aplaudir para despedir al futbolista manchego al partido le quedaban apenas unos minutos, más bien segundos, y el resultado no sonreía a la escuadra de casa. No sólo perdían los ‘bleus’, sino que se condenaban a pelear su clasificación para la fase final del Mundial en una repesca. Pero a su gente le dio lo mismo. Ni nervios, ni calenturas ni gaitas. Dejaba el campo Iniesta y eso en el fútbol son palabras mayores. Así que los franceses se pusieron de pie y condecoraron deportivamente a su verdugo, que se vio obligado a corresponder el gesto con unas palmas de agradecimiento.

No es un suceso nuevo. Al contrario, al jugador del Barça le ocurre muy a menudo. Sobre todo por los campos de España, donde se le profesa admiración (si acaso con la excepción de San Mamés, que no le perdona una presunta teatralidad en una acción de hace años que le costó la roja a Amorebieta, y el Bernabéu). Quizás ayuda el recuerdo del gol que dio el título mundial a España. Pero ahora resulta que al chico también le quieren en el extranjero y ahí realmente les resbala el tanto de la final en Suráfrica.

Iniesta cae bien. Juega bien, por supuesto, muy bien. Hace malabarismos que no están al alcance de casi nadie, tiene regate, pase y gol. Pero además se comporta. En el acierto y la victoria, también en el error y la derrota. No restriega sus hazañas, no presume, no se tira, no agrede, no provoca, no gesticula, no entra duro, no grita, no llora. Sabe estar siempre. Es pequeño además, de apariencia débil y frágil, lo que agranda la sensación de mérito que dejan sus proezas con la pelota. Posee un juego superior, elegante y seductor y unas excelentes maneras. Por eso le quieren en todos los lugares.

Parece un detalle menor, si se quiere anecdótico, pero es mayor, de un valor extraordinario. En un fútbol cada vez más enrarecido, dividido y ensuciado, donde cuesta tender la mano al adversario, donde las gradas suelen escupir barbaridades dialécticas contra todo aquel que no vista su misma camiseta, pasándose en ocasiones de la raya, hay un tipo que despierta simpatía y congrega la reconciliación, la deportividad y los modales. Que le aplaudan las hinchadas rivales habla bien del señorío de esos hinchadas, pero sobre todo habla bien del futbolista. No es fácil ni casual ser jaleado de forma casi unánime allá donde uno va. Iniesta lo ha logrado. También se llevó el atronador reconocimiento del público de Saint Denis. Y comprobarlo volvió a ser, pese a la costumbre, de lo más reconfortante. 


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