De cara

Iniesta, Balón de Europa

Iniesta, al fin Iniesta, el primer condecorado. Cuando el fútbol español ya le había perdido la fe a los galardones individuales, sometidos al gusto exclusivo por lo extranjero, últimamente por Messi y hasta por Cristiano, resignado a la falta de criterio de los que ordenan y votan, a sus caprichos, llega del invento de Platini para hacerle sombra a la FIFA el reconocimiento que tanto se le había resistido. Iniesta no sólo es el mejor jugador de Europa del curso 2012-12, que a todos los efectos es como decir del mundo, porque es donde juegan todos los mejores, es que ya hay una clasificación oficial donde consta, un trofeo donde lo pone por escrito. El honor que faltaba.

No es aún el Balón de Oro, que sigue sin admitir españolía desde hace 52 años, cuando lo conquistó Luis Suárez, pero es una corona. Un adorno que pone coherencia simbólica al vigente dominio indiscutible del fútbol español sobre el planeta, refrendado por ese Mundial y esas dos Eurocopas, la secuencia que nadie antes había sido capaz de alcanzar. El fútbol son once contra once (y ya no lo ganan siempre los alemanes), nunca uno contra uno. Es un juego de equipo no una aventura individual. Por eso siempre sonó a injusto y relativo ese empeño irresistible por encontrar al mejor en un deporte en el que la hazaña de cada cual está vinculada y condicionada a la de unos cuantos compañeros. Pero la condecoración personal cotiza y señala. España llevaba tiempo reclamándola para uno de los suyos. Para Xavi, para Casillas, para Torres, para Iniesta. Pero ni sus propios medios de comunicación, ni siquiera la afición, contaminados por la reducción Madrid-Barça en la que se ha convertido este negocio (y ésta quedaba saciada de sobra con el combate Messi-Cristiano, antes Ronaldinho-Zidane), se sintieron demasiado ofendidos.

Pero Iniesta ha podido al fin con el mundo del fútbol asociado a la mercadotecnia. El ‘balón de Europa’ es suyo. Tampoco se sabe muy bien por qué, cuál es el criterio que antes le tumbó y hoy le aúpa, qué se mide exactamente. Pero tiene tanto de indemnización, de deuda pendiente desde hace años con La Roja y alguno de sus antecesores, que se celebra sin preguntar. Porque además Iniesta es de todos, se le abraza con el mismo entusiasmo en las tribunas del Camp Nou que en las neutras y las enemigas, incluso en las del Bernabéu. Es también la bandera de España y de la selección. Y le quiere todo el mundo. Es Iniesta de mi vida.

No encajó con elegancia el desenlace uno de sus competidores, Cristiano, cuyo semblante en el escenario le retrata de nuevo para mal. Tampoco contó Iniesta con el apoyo del único voto que procedía de su país (Marca entendió que merecía el galardón el portugués madridista). Ni siquiera el suceso se lleva hoy la carne de todas las portadas. Y el premio (éste y sus modalidades) no recupera con esto la reputación, la credibilidad y el criterio. La noticia es un asunto menor, del que desconfiar y hasta desmarcarse, pero también toda una conquista. Una barrera derribada. El reconocimiento pendiente al jugador español, al bajito. La victoria que faltaba. La revolución. Iniesta es el Balón de Europa. Al fin.


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