De cara

Esperando a Óliver Torres

El año 2012 nos puso los dientes largos. Nos enseñó a un futbolista diferente y descomunal, un chaval con aspecto de veterano por sus dotes de mando sobre la pelota y los partidos, y de repente nos lo escondió. Todavía no se sabe muy bien por qué, pero entre unos cuantos decidieron alejarlo de nuestra vista. Se llama Óliver Torres, se gira sobre el balón como Xavi, divisa espacios antes que nadie y dirige los pases con escrupulosa precisión e intenciones venenosas. Es futbolista grande, salta a la vista, posiblemente el mejor de los que están llegando. Pero aún no le dejan demostrarlo. La prudencia mal entendida.

Lideró a La Rojita que en verano conquistó el título europeo sub 19, se puso al Atlético a la espalda durante la pretemporada, debutó con el primer equipo rojiblanco en el arranque liguero ante el Levante, asomó con su nombre y algunos episodios de su vida en las páginas de los periódicos, pisó ingenua y equivocadamente una tienda del Bernabéu y  súbitamente desapareció. Una chapuza institucional lo dejó sin ficha para la competición europea, Simeone siguió haciéndole entrenarse con los mayores pero ya sin mirarle ("yo quiero ganar", dice para justificar con cierta carga de cinismo su falta de atrevimiento) y hasta Alfredo, el técnico del filial, alternó su confianza en el chico ("está para Primera División ya, no para Segunda B", insiste con el debido respeto) con ratos de desconfianza. A veces ni jugó con el B. Como el Atlético creció viento en popa, al gallinero se le fue pasando el hambre. El personal dejó de reparar en el olvido. Óliver se esfumó...

Se le vio examinándose de Selectividad, dar clases en la autoescuela, cumplir los 18 años, pero sobre el césped muy poco más. Los habituados a aplaudirle todo al poder aceptan el curso de los acontecimientos sin pestañear. Sentencian que es lo mejor para su formación, que conviene ir despacio, que el Cholo sabe, que tal y que cual. Los que se fían de su propia vista y su particular sensibilidad, aunque son minoría, llevan más prisa. Sospechan que el problema está menos en la cabeza del chaval (presuntamente alterada por el impacto de su ya lejana irrupción) que en la de quienes tienen la responsabilidad de soltarle de una vez. Reclaman a Óliver ya. O una buena explicación. Temen perderlo. Me incluyo entre los impacientes. 2013 tiene un encargo.


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