De cara

Cristiano y Sergio Ramos, cruzados

Cristiano Ronaldo y Sergio Ramos han iniciado inesperados viajes inversos. El portugués, harto quizás de su mala fama o definitivamente bien asesorado, parece otro, un buen chico, un futbolista agradable. Correcto dentro del campo, donde sus chulerías se ven menos que sus buenos detalles. Corre en las dos direcciones, ofrece desmarques generosos aunque no se la den, busca el pase con la misma insistencia que la portería. Celebra sus goles con menos altanería, comparte su felicidad y hasta agradece la colaboración de sus compañeros en el desarrollo de la jugada. Festeja también como uno más los tantos que consiguen sus compañeros. Le ofrece el brazalete de capitán a Casillas, dialoga comprensivamente con el árbitro cuando cree que se equivoca, tiende la mano al rival, no se queja ni cuando le parten la nariz de un codazo y hasta se interesa personalmente por la salud de quien se lesiona a su lado aunque no por su culpa, como el jueves Hugo Mallo.

Fuera del césped, CR7 se quiere menos a sí mismo en las declaraciones y reparte agradecimientos y guiños de deportividad. Y aunque no consigue disimular su decepción cuando conoce el veredicto del Balón de Oro, queda finalmente como víctima gracias al olvido poco elegante de Messi en su discurso ganador con el contrincante derrotado. Cristiano de repente es un sol.  Sus prestaciones posiblemente son las mismas, enormes, pero el personal se las agradece mejor y hasta más alto. El Bernabéu antes le discutía los halagos y ahora está entregado, la prensa también. Para que las hinchadas rivales bajen sus decibelios aún queda tiempo. Lo explica Del Bosque en cuanto tiene ocasión: el fútbol no sólo es jugar bien, también es comportarse. Los goles llegan más lejos con una sonrisa que con  la arrogancia.  Cristiano saborea desde el primer día los beneficios del cambio. El fútbol empieza a quererle.

Al otro lado, Sergio Ramos, que gozaba de buen cartel por su frontalidad, valiente incluso para discutir a la cara con el entrenador, con algunos tics evidentes de egoísmo pero al tiempo muy sano y buen profesional, de pronto se está perdiendo. En fútbol sigue imperial, pero se le han caído los modales. No llega a Mourinho, pero casi. Ya quedó retratado con ese mensaje desafiante que trató de lanzarle al técnico hace semanas con la camiseta del ‘despreciado’ Özil bajo la suya. También en el derbi, con el escupitajo a Diego Costa del que cínicamente se desmarcó antes de saberse descubierto (“lo ha visto todo el mundo, lo que hace Costa no es un ejemplo para los niños”). Y volvió a ocurrirle el miércoles en la Copa ante el Celta. Se ganó la expulsión y  la encajó de mala manera con insultos muy graves y ostentosos hacia el árbitro y sus ayudantes. Un exceso impropio de un profesional y del todo innecesario que le tendrá lejos de los campos durante cinco partidos.

Estaba el futbolista cargando también contra el colegiado en los micrófonos de la zona mixta, vendiéndose como un injusto perseguido, presumiendo de que cuando hace algo lo reconoce, pero que esta vez que no había hecho nada, cuando le leyeron que el acta arbitral no le dejaba en tan buen lugar. Al menos, el central rectificó al momento y reconoció que lo mismo se le había ido un poco la cabeza. Luego llamó al presidente de los árbitros para disculparse, pidió perdón al madridismo a través de Twitter, pero al tiempo reclamó un castigo similar para el trencilla que le expulsó. La sanción no se la quita nadie. Los galones, el liderazgo que se ha ganado en el equipo, los está digiriendo un mal. Sergio Ramos parece otro. De repente es el demonio. El inesperado antagonista de ese Cristiano ahora ciertamente ejemplar. 

P. D. (Kike, te cojo prestado el género un momento). Impaciente por conocer la explicación de los comensales a ese almuerzo Florentino-Falcao destapado aquí al lado por Hugo Jiménez. El lunes hablamos.


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