De cara

La Copa Confederaciones BBVA

Ahora que España va de importante, porque en el fútbol lo es, la gente mira con espontánea prepotencia hacia la Copa de las Confederaciones. Se siente desagradablemente molesta por la evidente desigualdad, la abismal desproporción entre el nivel de los escasos participantes. Se declara incómoda por tener que convivir en la misma piscina con Moussambani, que en Brasil ha adoptado el entrañable nombre de Tahití. Observa con suficiencia y un punto de lástima el abusivo y al tiempo respetuoso 10-0 de Maracaná y por lo bajo sentencia: estas cosas no son de recibo, devalúan la competición.

Pero no hay otra. El torneo nació así y sólo tiene sentido así, agrupando al campeón del mundo con el de cada respectivo continente, cada cual con su estatura. Podrían llevar a Rusia en vez de al representante de Oceanía y es verdad que la cita ganaría en rivalidad, pero ya no sería la Copa de las Confederaciones. Hace tiempo que lo cuenta la calle a su manera: si mi abuela tuviera dos ruedas no sería mi abuela sino una moto. 

Lo curioso es que esa gente que se lleva ahora las manos a la cabeza hace tiempo que tiene la Copa de las Confederaciones en casa y no dice nada. Digiere sin rechistar unas desigualdades que además ni estaban en el guión original ni tienen sentido. Unos participantes que se rigen por unas reglas y unos ingresos y dos que gozan de otro tratamiento y de un reparto nada equitativo que les concede todo. Juegan a lo mismo, pero algunos con un marco distinto y mejores medios. Las diferencias se fomentan y son cada día más pronunciadas. Pero, adormecidos por una misteriosa anestesia, el personal y los participantes las asumen con una resignación religiosa. 

El escaparate de esta semana en Brasil exhibe con crudeza, casi con crueldad, esas distancias artificiales que cada vez son y serán más amplias en nuestro ámbito doméstico. La sensación del torneo, el tipo que se coló por donde no había espacio entre dos defensores de México cuando parecía del todo acorralado, estará el curso que viene frente a nuestras gradas y nuestros televisores. El talonario desigual le ha llevado al Barça, uno de los dos contendientes favorecidos.

En la otra punta, ahogados por los ajustes de la economía y por el necesario fin de la barra libre, los equipos se despiden a diario de sus principales jugadores. Muchos de ellos estaban en la alineación de la España que abusó de Tahití: de los doce primeros en saltar al campo, sólo Sergio Ramos juega en la Liga (por supuesto en el Madrid, la otra superpotencia). Y los otros dos que no han tenido aún que emigrar, Albiol y Villa, están pero casi no juegan. Unos lo tienen todo para comprar; otros no tienen más remedio que exportar. Reina, Azpilicueta, Monreal, Mata, Cazorla, Silva, Torres, Javi Martínez, Navas no jugarán la temporada que viene en España. El gran Neymar, sí. Se protesta menos, pero la desproporción es casi la misma. La Copa Confederaciones ya vivía en la Liga BBVA.


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