De cara

Casillas y las prisas por el Balón de Oro

Al calor de Polonia y Ucrania y las vacaciones de Messi, una corriente de ilustres hasurgido de la nada para reclamar de repente el Balón de Oro para Casillas. Desdela propia France Football al mismísimo Pelé se han pronunciado a favor de que elgalardón recaiga en el reputado guardameta, el hombre que acaba de alzar la Eurocopa,consecutivamente después de levantar un Mundial hace dos y otra Eurocopa hace cuatro.El portero de La Roja y del Madrid luce unos interesantes números de imbatibilidad yde paradas, ha llenado ya de títulos sus alforjas anuales, cae bien y además, carne delmundo rosa, vende mediáticamente más allá del fútbol. Bien mirado, su candidaturaencaja.

Sus rivales no han hecho mucho más en lo que va de 2012. Y además hay unremordimiento colectivo, especialmente de los que manejan el premio, que favorecea Iker: la deuda (también con los arqueros) con el futbolista español. Ya no tanto porcuando, años ha, se le negó a Raúl para regalárselo a Owen, sino por el desprecioque han sufrido los jugadores nacionales en estos últimos cuatro cursos de indiscutiblehegemonía. Iniesta, Xavi y hasta Fernando Torres han subido al podio de laspreferencias, pero a todos se les ha negado a la hora de la verdad el premio mayor. Quelos dos bajitos del Barça no tengan a estas horas un Balón de Oro, al menos uno de losdos, es algo que no tiene nombre.

En el fondo retrata el desprestigio de una galardón que, sin embargo, sigue aceptándosecomo la biblia del fútbol. Por ahí, el FIFA Balón de Oro tiene un perverso punto deconexión con el EGM, el sistema español de medición de audiencias que todos reconocencomo irregular y defectuoso, falso en suma, pero que finalmente las empresas aceptanbajo la dudosa y socorrida coartada de que no hay otro. El Balón de Oro no es justo, noacaba de uniformar un criterio, pero no hay otro. Y más ahora que se ha unido el premiooriginal que creó la revista francesa, la tradición, con el que la FIFA creó a finales delpasado siglo para combatirlo. No existe más baremo que clasifique a los futbolistas. Asíque el personal sigue pasando por el aro. La reputación individual del jugador dependedel Balón de Oro.

Eso explica también que en pleno verano, con la mitad del año por desarrollarse, esdecir presuntamente sin base aún para apostar o elegir, la gente se ha lanzado a discutiro debatir sobre el ganador final. Como lo de menos son los argumentos científicos ocontables del año, como el asunto ha quedado reducido a los gustos subjetivos delreducido grupo de votantes, y algunos tienen el voto orientado desde el mes de enero,nadie espera a manejar todos los datos. Se dejan llevar por la ansiedad y las prisas.Casillas, dicen ahora de repente, sin reparar en qué pueda hacer el cancerbero en lo quequeda de 2012. ¿Y por qué no? Sí, se lo merece, no suena descabellado.

En realidad no es un fenómeno nuevo. Es la vacía canción de todos los veranos. O delos últimos veranos. Por estas fechas siempre gana un español, Xavi o Iniesta, esta vezIker, que es cuando tienen frescas sus gestas (y menos destacan sus competidores).Pero cuando llegue diciembre y las televisiones de medio planeta reproduzcan

fundamentalmente el último gol de Cristiano o la última maravilla extraplanetaria de Messinadie se acordará de los españoles. No desde luego los votantes. El Balón de Oro nopremia el año, sino los gustos. Y estos no cambian así como así. Si Messi descansa y nojuega, la gente retiene la Eurocopa y duda. Pero en cuanto el argentino se vaya otra vezde seis rivales antes de depositar la pelota en la red, el voto recuperará la memoria.

En julio gana Casillas (indiscutible el éxito de convocatoria del autor de la idea), o Iniesta.Pero en diciembre siempre vuelve a vencer Messi. Puede que no sea justo, pero el premioes el que hay. No hay otro.


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