De cara

El Barça se empeña en acabarse

El Barcelona quiere dejar claro que es el Barcelona el que llora. Que es la institución la que ha convertido el lamento arbitral en una cuestión de línea editorial. No fuera a pensar la gente que las palabras de Dani Alves, Roura o Busquets (qué curioso que el preferido de Del Bosque sea el que con más frecuencia traicione sus saludables principios de deportividad) eran un desliz individual de tipos que, con el atenuante de la calentura, se saltan a voces la compostura y los valores de los que no hace tanto esa gente presumía. No, no. Es el mismísimo Barcelona como club el que se planta oficialmente y protesta, el que dice a la UEFA que ya está bien, que una cosa es equivocarse y otra no saberse el reglamento.

Y ni siquiera es una posición improvisada sobre la marcha la de la firma azulgrana, con el cabreo todavía fresco la misma noche del partido. Que no, que no. La reclamación contra el colegiado que dirigió el duelo ante el Paris Saint Germain es meditada, discutida dos días después de los hechos incluso en junta directiva y votada como un partida trascendental. La queja es por escrito, consta en acta para siempre, retrata el deterioro de una época gloriosa en éxito y sobre todo en modales. Se desacredita a sí mismo cuando miraba por encima del hombro a los que ante sus victorias se refugiaban en ese tipo de coartadas vacías.

Resulta irritante cada vez que los más favorecidos (que científicamente demostrable son y han sido el Madrid y el Barça) sean los que con más entusiasmo vayan de perjudicados. Pero no es eso lo grave. Es que el Barcelona comprobó en carne propia que alejarse del victimismo fue la mejor noticia de su historia, que no sólo mejoró así su imagen, sino también su rendimiento. Llorar sirve como excusa, pero es una distracción fatal que confunde y desenfoca, nociva para quien tiene entre ceja y ceja ganar.

El Barça ha decidido rescatar la polémica arbitral de los bares y las televisiones e incluirla como punto estelar de su propia agenda institucional. Una medida que se convierte en esta ocasión en la peor de las señales: un nuevo aviso de que la época más gloriosa de la historia azulgrana, y posiblemente del fútbol, se acerca a su final. Es el propio Barça el que se empeña en echar arena encima de ella.


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