De cara

El Atlético piensa en pequeño

Con el riesgo deformador que conllevan las redes sociales (quién sabe si menos representativas de la realidad de lo que parecen), da la sensación de que los atléticos han encajado con satisfacción y buen humor que su entrenador decidiera tirar la Liga Europa y, por extensión, la Supercopa, competiciones de las que era el campeón vigente. Muy comprensivos muchos de ellos con el descarado desinterés del Cholo, con su lista de prioridades, ofreciendo el aplauso sumiso a todas sus concesiones, ya rebajara la alineación de la ida, mandara a subir a Asenjo a un córner con la vuelta por jugar o despojara de nueve titulares (sólo uno por obligación) la presunta aventura de la remontada.

Con la complicidad de sus hinchas y de muchos de los analistas, que no exigen por igual a una camiseta que otra, el Atlético cometió la torpeza de quitarse mérito a sí mismo, a esas conquistas continentales recientes a las que teóricamente le había concedido tanto valor. Ahora resulta que se trataban de un asunto menor, prescindible, renunciable. La morondanga que decía Di Stéfano. Que las gestas de Bucarest y Mónaco, como en su día la de Hamburgo, fueron exhibiciones postizas de felicidad. Que los torneos con los que se abrieron las puertas de Neptuno son en realidad un simple banco de pruebas para suplentes y gente del filial (menos Óliver, que sigue de arresto).

No, no fue el Atlético un campeón digno en la defensa de sus títulos. Lo explicó bien otro tuitero en la red, @ignacioparamio: “Decía Helenio Herrera que quien no lo da todo, no da nada. Si desde el Atlético se hubiera dado todo, hoy habrían jugado los mejores”. Y aún así, con los peores, el equipo creyó poder forzar la prórroga. El rival, el Rubin Kazan, era sensiblemente inferior. Pero los rojiblancos, muy mermados por su entrenador, decidieron darle todo tipo de facilidades. Mirando la dimensión del adversario no caben las excusas del harakiri.

Pero contra lo que pudiera imaginarse en un club de miras grandes, el técnico fue cubierto de justificaciones por los seguidores y por buena parte del periodismo: el Atlético hizo bien, no tiene plantilla para tres competiciones; lo importante es entrar en Liga de Campeones; el entrenador sabe lo que hace; ha sido mala suerte... Como sucede con Mourinho y su yihad, todo lo que hace Simeone está bien visto por el Calderón y bien hecho. Y en casi todo es verdad, porque el Cholo ha convertido el Atlético en un conjunto ambicioso y competitivo. Pero esta vez ha tenido un comportamiento decepcionante. Para criticar.

El ejemplo está en el Barcelona. Con el mismo resultado obtenido en la ida, un 0-2 en contra, nadie se plantea ni por asomo que se permita para la vuelta ante el Milan prescindir de un solo jugador titular. Tiene el liderato de la Liga agarrado (con un punto de ventaja menos que lo asido que tiene el Atlético su clasificación para la Champions) y abierta su semifinal de Copa (como el Atlético), pero morirá con los mejores por dar la vuelta a esa derrota de San Siro. Si Tito Vilanova (o Roura) hiciera lo que ha hecho Simeone en la Liga Europa no podría sentarse más en el banquillo azulgrana. La hinchada y la prensa le acribillarían. Al Cholo, en cambio, le han aplaudido y justificado.

Bueno, es el Atlético, qué quiere, con ser segundo ya es un éxito… Esas reflexiones tan repetidas y compartidas ayer hacen daño al Atlético. Lo devuelven hacia la pequeñez.  Los rojiblancos dieron en esta eliminatoria un preocupante paso atrás. Y no tanto por perderla sino por decidir hacerlo. Y no tanto por decidir hacerlo sino por la naturalidad y comprensión con la que su gente y la crítica lo digirió. Al grito de ole, ole, ole...


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