De cara

Si Armstrong hubiera sido español...

Lance Armstrong también era mentira. La mayor de las mentiras. Aparentemente un ciclista estratosférico, el mejor de todos los tiempos; en la realidad otro impostor, el resultado final del más “sofisticado, profesionalizado y exitoso programa de dopaje que el deporte jamás haya visto”. Simplemente una trampa.

Ya llevaba tiempo manchado, perdiendo reputación a medida que iban apareciendo sospechas de sus prácticas y confesiones escalonadas de unos cuantos de sus compañeros. El informe final de la USADA, el organismo antidopaje de Estados Unidos, recopila en más de un millar de folios evidencias incontestables de un escándalo que hurga en la herida del ciclismo, en su credibilidad perdida, y acaba para siempre con un mito, con el mayor de los mitos. Más de veinte testigos relatan cómo se dopó sistemáticamente durante su carrera. No cabe la duda.

“No me afecta”, escribió en su twitter el que un día pareció un campeón. Y se equivoca. Quedan por conocer aún las sanciones que aplicarán la Unión Ciclista Internacional y la Agencia Mundial Antidopaje a una trama en la que aparecen implicados un médico y un entrenador españoles, pero Armstrong como deportista y como símbolo ya es un cadáver.

En Austin (Texas) no han aprovechado la ocasión para convertir a su vecino en hijo predilecto de la ciudad. Y los periódicos estadounidenses tampoco han cerrado filas a su alrededor, no le han convertido en una víctima. Nadie habla de conspiración. Todo lo contrario, han sido generosos en el tratamiento del caso y severos en los reproches. Pese al riesgo de desmontar el propio palmarés colectivo, han sido los propios paisanos de Lance y su US Postal los que con más energía han investigado y perseguido sus amaños. Han ido firmes hasta el final con todas las consecuencias.

La verdad y la decencia antes que la nacionalidad. Incluso con el más grande de los suyos. No todos los países pueden presumir al respecto de tanta integridad. Y sí miro a alguien. El problema irreversible del ciclismo y de la mala imagen de ciertas patrias tiene mucho que ver con esa pasividad y comprensión con la que se actúa ante el pecado propio, esa facilidad para mirar hacia otro lado. Con operaciones que se abren y se dejan a medias, en las que nadie, ni la opinión pública, colabora con la policía. Lance pareció el mejor de los ejemplos (también se llevó un Príncipe de Asturias a los valores) y ha resultado el mayor de los fraudes. Estados Unidos, a cambio, ha quedado como un modelo de sociedad limpia y digna.


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