Cultura

Ronaldo Menéndez: una novela sobre una isla sin agua y sin Revolución

El escritor nacido en La Habana escribe La casa y la isla, publicada por Alianza de Novelas (AdN).

Un retrato del escritor cubano Ronaldo Menéndez.
Un retrato del escritor cubano Ronaldo Menéndez.

Faltan siete días para la muerte de Fidel Castro y en un Madrid en el que llueve a cántaros, el acento habanero de Ronaldo Menéndez (Cuba, 1970) hace lo que un brasero: espantar el mucho frío, las muchas nubes, la mucha lluvia. Es un lunes de noviembre del año 2016 y Fidel Castro aún no ha muerto, pero como si lo estuviera. Es la piedra ahora fría de un incendio que comenzó en 1959 con la llamada Revolución Cubana, el movimientoque derrocó al gobierno de Fulgencio Batista e instauró un régimen aún en pie. Uno que ocasionó la muerte de miles de personas y que ahora, este lunes, la huele cerca. 

Fidel Castro, el hombre cuyo tiempo en el gobierno superó la edad de Ronaldo Menéndez, que ha venido a hablar de su cuarta novela.

Al momento en el que esta conversación ocurre, Fidel Castro vive como lo haría un pedrusco sin calor que ya ha quemado demasiado, una paila que ardió lo suficiente como para seguir abrasando. Sesenta años después de que el comandante –raros bautizos los que se procuran los tiranos-se hiciera con el poder en Cuba, la isla se ha carbonizado. Raúl Castro, hermano del dictador, dirige desde 2008 los hilos que durante 47 años mantuvo Fidel, el hombre que este lunes no ha muerto todavía y cuyo tiempo en el gobierno supera la edad de Ronaldo Menéndez, este otro de 46 que ha escrito una novela. Sí, una novela, la cuarta: la razón central por la que esta entrevista ha de ocurrir.

El libro que ahora presenta Ronaldo Menéndez lleva por título La casa y la isla, una obra de ficción con la que su autor intenta -una vez mas- exorcizar un lugar que dejó atrás hace ya dos décadas.

El libro que ahora presenta Ronaldo Menéndez lleva por título La casa y la isla, una obra de ficción con la que su autor intenta -una vez mas- exorcizar un lugar que dejó atrás hace ya dos décadas, en 1997. Entonces Menéndez tenía 27 años y una licenciatura en Historia del arte. Durante todo este tiempo, Cuba ha permanecido en su literatura como un viento: el que mueve mares y aviva incendios. Sobre esas aguas y esas cenizas habla Ronaldo Menéndez de esta novela.

La casa y la islaretrata la Cuba que siguió a la "Revolución", una en la que ya nadie blande nada: ni fusiles, ni banderas, tampoco cucharadascoponas de azúcar o café; una Cuba en la que ya nadie revoluciona nada y en la que lo único posible es salir como sea –barco, avión, matrimonio repentino, exilio, amnistía- … o huir hacia adentro. Eso que hacen los que pierden la sed, los que olvidan el agua porque llevan demasiados años viviendo en la sequía. Esos que, apretados y agarrados a la raíz, deciden encerrarse en una casa y no volver a salir de ella; los que viven de sorber el grifo del que cae, a veces, una gota. Eso es lo que hacen sus personajes: resistir.

Esta novela cuenta la historia de quienes hacen lo que los que pierden la sed, los que olvidan el agua porque llevan demasiados años viviendo en la sequía.

Dos mujeres: Anabela y Rebeca, que mantuvieron una relación de amor en la adolescencia, vuelven a encontrarse años después gracias a un un joven médico revolucionario que ha decidido no volver a ejercer, tampoco hacer vida cotidiana y mucho menos salir de su casa. A la manera de un "inxilio", convierten el domicilio en una fortaleza; un lugar para negar todo cuanto exista fuera de ella; un sitio para protegerse y apartarse. Atraídas por ese ambiente, Anabela y Rebeca deciden entrar a vivir entre esas paredes. Los tres protagonistas se enclaustran por voluntad propia, se entregan a la búsqueda de una felicidad que la realidad propia y externa se encargará de frustrar. Morirán de sed, pero lo harán juntos… y lejos.

En las novelas de Ronaldo Menéndez algo siempre tiende a la locura, la pudrición y la demolición; aunque él no quiera.

Autor de Rio Quibú (Lengua de Trapo, 2006), Las bestias (Lengua de Trapo) y La piel de Inesa (Lengua de Trapo), en las novelas de Ronaldo Menéndez algo siempre tiende a la locura, la pudrición y la demolición; aunque él no quiera, aunque frene a los cinco caballos que tiran del carro del errante, las palabras se le desbocan, vuelven siempre a Cuba. Ya sea en la forma de un crimen, de la búsqueda sexual o el viaje, en Ronaldo Menéndez siempre hay demolición. A sus novelas y sus relatos los recorre ese viento de los que vienen de lejos, de los que dejan atrás mundos demolidos, gente que sabe que para no venirse abajo hay que darle el tiro de gracia a la inocencia, a la pertenencia. Cuando Ronaldo Menéndez partió de La Habana rumbo a Lima, en 1997, e incluso cuando se radicó en Madrid, en 2007, sabía que sólo podía existir buscándose en otra parte. Él sólo podía avanzar si dejaba atrás la tierra seca de una isla quemada. Y eso supura en esta novela, también en sus palabras. Es lunes, faltan todavía seis seis días para la muerte de Fidel Castro, y el infierno todavía abrasa.

"Para mí siempre fue fácil y necesario eludir Cuba, pero me di cuenta de que tenía que hacerlo. Tenía que escribir una novela realista. Era una especie de ajuste de cuentas"

"Para mí siempre fue fácil y necesario eludir Cuba, pero me di cuenta de que tenía que hacerlo. Tenía que escribir una novela realista. Era una especie de ajuste de cuentas y el realismo me ofrecía esa posibilidad. He percibido siempre una carencia en el tratamiento literario de los temas cubanos. La narrativa contemporánea pea muchas veces de irse a los extremos , de caer en el resentimiento político o la exageración, y evita contar todo lo humano que hay debajo de todo eso", dice Ronaldo Menéndez en el pequeño salón de El Billar de Las Letras, una escuela de escritura creativa que fundó Menéndez hace ya unos años, un lugar donde –dice él- se toman muy en serio el juego de la escritura.

-La Cuba que usted retrata no es la de los noventa, el año en que salió. Es otra muy distinta: pasó el periodo especial, y la supervivencia a aquello. ¿Cómo aborda la Cuba post-revolucionaria, esa isla sin euforias?

- Han pasado los años, viendo cómo están las cosas en Cuba y con ciertas ideas asentadas, como el hecho de vivir una democracia (he vivido la mitad de mi vida en países con democracia, con regímenes distintos al Cubano) –explica, dejando paréntesis en el aire y en su propia biografía-, soy capaz de poder escribir esto. Antes no.

-En La casa y la isla ocurre lo que en las sociedades dictatoriales: la renuncia a la vida real, es aislamiento. Eso que hacen sus personajes y que usted llama "inxilio".

-Cuando vivía en Cuba me sentía así, aislado: viviendo en una isla dentro de la isla. Y este tema ha sido mi obsesión en la escritura. Esta novela tiene cerca de diez versiones previas: una alegórica, donde no se mencionaba La Habana ni se mencionaba Cuba, solo con siete personas encerradas en una casa; otra algo más realistas… En todo ese tiempo, no paraba de preguntarme si puede uno exiliarse hacia adentro. Es una idea muy antigua en el imaginario cubano. Lezama Lima ya decía: «Un país frustrado en lo esencial político puede alcanzar virtudes y expresiones por otros cotos de mayor realeza». Esa libertad no pasa sólo por irse de la isla, sino por la opción de encerrarse.

-¿Le ocurrió a usted? ¿A quiénes más?

-Mi padre fue un revolucionario de la vieja escuela, un hombre completamente honesto pero que en sus últimos años, y aunque nunca dejó de ser revolucionario, no tenía ningún interés en saber nada del barrio, ni de la gente. Vivía lo más encerrado posible, escondido en los árboles de su jardín. No le gustaba tener contacto con el exterior. Esa idea me parecía común en casi todas las personas en Cuba y, paradójicamente, poco trabajada en la literatura. Una de las razones que me impulsó a intentar acabar esta novela es que tengo la sensación de que, más allá de Cuba, hay una tendencia de la gente a crear islas en sus islas. Los catalanes quien aislarse; los propios emigrantes no quieren a los emigrantes; todos quieren levantar muros alrededor de su tribu.

-Ese exilio hacia adentro es una decisión de supervivencia y en el caso de sus personajes, el sexo parece ser lo única salvación.

-Yo no creo que tenga tanto peso como algunas personas ve, pero… ¿cuáles son las posibilidades de libertad cuando los condicionamientos externos pesan tanto? El reducto más resguardado y más íntimo del individuo es la sexualidad, por eso está tan presente el sexo en mi obra. Eso no quiere decir que también la sexualidad, las pulsiones o la intimidad terminen también determinadas por los totalitarismos. Porque ocurre.

-¿Cómo es su relación con Cuba como personaje literario?

-Una de las principales razones para escribir esta novela (y es posible que me trague mis palabras) –otra vez los paréntesis revolotean como advertencias- fue para exorcizar Cuba. Dije: tengo que hacerlo. Tengo que construir un relato realista e histórico, es la mejor manera de quitarme esa alimaña que es Cuba como personaje literario.

-Nunca diga nunca… que uno no elige la querencia o el conflicto.

-A mí ya no me va a decir nada más Cuba como personaje. Pero lo que sí creo que va a pasar es que Cuba será siempre un caldo de cultivo , que seguirá siendo determinante para mí: podré contar historias de amor, de traición, pero que se desarrollarán en Cuba. Es el lugar ideal para contar las dobles morales, el doble pensamiento, el laberinto de las ideas. Ese lugar donde puedes pensar una cosa y la contraria, y vivir con eso. Eso es terreno fértil para explorar. Y es, en ese caso, y aunque vivo desde hace 20 años fuera de Cuba, el contexto que mejor conozco y con el que más conecto.

Como si el frío de noviembre los hubiera secado, los bolis pierden la tinta. Se han quedado afónicos. Quien apunta en una libreta las palabras de Menéndez los ve secarse en medio de las frases más contundentes, las que más duelen cuando rebotan en la pared de quien escucha. Pasa, a veces. Esos momentos en los que, aun creyéndose de plomo, las personas tornasolan en el licenciado Vidriera que imaginó Cervantes: alguien que, sintiéndose de vidrio, espera la pedrada. Da igual la carne y los huesos.

Nadie está libre de olvidar la sed o, por qué no, de echar a correr buscando el agua. Algo de eso flota en el aire y en las páginas de La casa y la isla. Algo de eso.

Este lunes de noviembre en el que aun faltan siete días para la muerte de Fidel Castro, quienes se citan para hablar de literatura siguen un guión de preguntas y respuestas. Hay discurso e higiene en todo esto. Sin embargo, hay conversaciones en las que oyente y hablante existen casi rotos, a punto de astillarse como el vidrio de un coche a toda marcha cuando una piedra choca contra el parabrisas. Cuando las personas -como los personajes de esta novela- dejan atrás un mundo y aceleran buscando otro. Pero ése, claro, es otro tema… o no, porque nadie está libre de olvidar la sed o de echar a correr buscando el agua. Algo de eso flota en el aire y en las páginas de La casa y la isla. Algo de eso.


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