Cultura

La Gioconda del Prado plantea rejuvenecer a la del Louvre, cuanto antes

A su llegada a Francia hace unos meses, la prima española de La Mona Lisa despertó entre los franceses la fascinación por una imagen limpia y rejuvenecida que en nada tiene que ver con este retrato, barnizado, cubierto de suciedad y sepultado bajo un cristal de seguridad.

La Gioconda del Prado plantea rejuvenecer a la del Louvre, cuanto antes
La Gioconda del Prado plantea rejuvenecer a la del Louvre, cuanto antes

Desde que en la primavera de este año, el Louvre expusiera la réplica de La Gioconda del Prado en la muestra sobre la Santa Ana restaurada de Leonardo, en Francia se reabrió el debate sobre la urgente necesidad de rejuvenecer a la icónica dama de Da Vinci, que lucía, según los franceses, fatigada, oscura y opaca al lado de su prima española, tan vivaz y colorida.

En aquella muestra, el hallazgo del Prado tuvo un lugar preferente. Se expuso nada menos que a 25 metros de la Santa Anacon la virgen y el niño de Da Vinci  y muy cerca también del San Juan Bautista, otro reclamo de la exhibición. Su presencia hizo ver a la Mona Lisa como un borroso reflejo de lo que fue. Barnizada y aislada tras un grueso cristal, muchos se preguntaron, al compararla con la luminosa y colorida Gioconda madrileña, ¿es que acaso nadie se atreverá con La Gioconde?

“La restauración de la Santa Ana, y la magnífica restauración de la copia del Prado han demostrado que técnicamente es posible restaurar la Gioconda”, dijo entonces Vincent Delieuvin, conservador de pintura italiana del Louvre. “Ahora la vemos con otros ojos, la copia de Madrid nos ha revelado detalles que no conocíamos. Todavía está mejor de lo que estaba la Santa Ana. Pero un día habrá que hacerlo, porque cada día está más oscura”, agregó.

En una visita realizada unos días después a Madrid para participar en un coloquio, el conservador fue mucho más contundente en sus palabras sobre el estado de la pintura  “La gente ve esa Gioconda española en el Louvre, tan limpia, y se queda boquiabierta, casi le parece un cuadro pop, y claro, piensan lo que puede tener el original debajo de esa capa de suciedad”.

Un hallazgo reciente reaviva el tema

Un hallazgo reciente inyecta vigor al tema de nuevo. La presentación, hace unos días, en Ginebra, de otra versión de La Mona Lisa, ha puesto nuevamente en el tapete el tema de una restauración. Se trata de la llamada Mona Lisa de Isleworth, la cual habría sido pintada entre 1503 y 1505 por Leonardo Da Vinci,  en Florencia, y que está inacabada.

Ligeramente más grande que el retrato de París, que es considerada "la pintura más famosa del mundo", muestra a una mujer en posición idéntica, con la misma sonrisa enigmática y con las mismas proporciones geométricas.

John Asmus, ex científico espacial de la Universidad de California que ha desarrollado técnicas para convertir datos analógicos en digitales para estudiar obras de arte y los ha aplicado a la Mona Lisa del Louvre, dijo que sus estudios mostraban que la versión de "Isleworth" también fue obra de Leonardo.

Joe Mullins, especialista forense en imagen formado en el FBI, mostró cómo había hecho una versión computarizada de la mujer en el retrato del Louvre de cómo habría sido diez años antes y que el resultado era casi idéntica a la versión ahora conocida.

Los documentos demuestran que La Gioconda fue realizada por Leonardo a petición del noble florentino Francesco del Giacondo, que quería un retrato de su esposa, Lisa Gherardini. Leonardo -también arquitecto, escultor e ingeniero- dejó Florencia en 1506, dejando la obra inacabada a Giacondo antes de marcharse, según muestran los documentos.

Según quienes defienden la Mona Lisa más joven, la versión parisina fue probablemente pintada en torno a 1516 cuando el pintor se fue a Francia. Antes de morir en 1519 en el Loira se sabe que mostró a algunos visitantes una Mona Lisa. Tras su muerte, la obra entró en la colección del rey francés Francisco I, y de ahí al Louvre.

La versión "joven" salió a relucir en 1913 cuando el experto británico en arte y pintor Hugh Blaker la encontró en una mansión en el oeste de Inglaterra, registrando que llevaba allí colgada unos 150 años.

Durante los 20 años siguientes, la tuvo colgada en su casa del barrio londinense de Isleworth, y de ahí su nombre. Pero los esfuerzos de Blaker, que murió en 1936, y de sus posteriores dueños para convencer a los expertos en arte de su autenticidad fracasaron.


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