Cultura

Simonetti: "Hay cosas a las que hay que poner límites: al Estado, a la Iglesia y al dinero"

Después de 'La soberbia de la juventud' (Alfaguara), el escritor chileno Pablo Simonetti presenta 'Jardín', una historia de demolición que vuelve sobre  sus conflictos esenciales: la identidad, la familia, las expectativas y la memoria. Un retrato de la sociedad chilena en clave personal.

El escritor chileno Pablo Simonetti.
El escritor chileno Pablo Simonetti. Cortesía Alfaguara

La familia, ese lugar que es a la vez sitio de protección y asfixia, ha servido al novelista a Pablo Simonetti para sostener por completo su obra literaria. Todo lo que cabe en ella -la identidad; las expectativas… cumplidas o no- es inherente a la voz narrativa del chileno, quien, tras La soberbia de la juventud (Alfaguara, 2014) regresa ahora con Jardín (2015), una novela sencilla pero efectiva, que retrata el complejo universo de lo familiar: los roles que se asignan y los que se heredan; las demoliciones asociadas a la convivencia; los símbolos de poder y la lucha por conquistar lo que sea que éste suponga. Porque todo va a parar ahí, en ese lugar inevitable: esa forma violenta que adquieren los afectos. El calor de hogar cual fuego que abrasa. 

En la obra de Pablo Simonetti es posible desentrañar de qué manera todo puede llegar a volverse amenazante: el discurso moral que ha impuesto la religión en una sociedad conservadora como la chilena; lo que determinadas instituciones exigen o ensalzan como deseable, incluso aquello que nos es arrebatado –o se hereda- condiciona ese proceso. Jardin es, a juicio de Simonetti, una lectura del Chile de hoy. “Hay cosas a las que hay que ponerle límites: al Estado, a la Iglesia y al dinero también cuando se involucra en cosas tan sagradas como la identidad”.

Luisa Barbaglia, una viuda de setenta y seis años, se enfrenta al dilema sobre el desmantelamiento de la que había sido la casa familiar.

En Jardín todo comienza con una demolición: la de la casa de infancia de Juan, el narrador, quien pone en marcha una revisión que se parece tanto al arrepentimiento como a la recuperación. Ante una oferta millonaria, su madre, Luisa Barbaglia, una viuda de setenta y seis años, se enfrenta  al dilema sobre el desmantelamiento de la que había sido la casa familiar. Cada uno de sus tres hijos –Fabiola, Fran y Juan, el narrador- tiene una perspectiva muy distinta de lo que significa para ella dejar el hogar que compartió durante más de cuarenta años junto a su esposo. Un lugar de la casa tiene especial importancia y es ahí donde se concentran las metáforas más poderosas: el jardín, ese sitio en el que Luisa se ha construido a sí misma y que ahora habrá de desaparecer.

No es la historia de una casa, ni siquiera de una familia o un tiempo en el que todo se derrumba. No es la relación entre padres e hijos o hermanos. Es todo eso junto y más: los roles heredados y asignados; la lucha por el poder que encarna cada uno de ellos; el desarraigo que impone la pérdida… Como en cada uno de sus libros, Pablo Simonetti no pierde oportunidad de retratar a la sociedad chilena. Porque en sus historias, el elemento común persiste en la voz de aquellos que optan por ser diferentes en un lugar que impone la uniformidad.

No es la historia de una casa, ni siquiera de una familia o un tiempo en el que todo se derrumba. Es todo eso junto y más.

En las páginas de sus libros se rebelan él –Simonetti es activista por la igualdad de los derechos gays en Chile- y sus personajes, quienes siempre deben despedazarse para alcanzar una existencia propia. Ocurre en historias como la de Julia Bartolini en Madre que estás en los cielos, una mujer que, justo a punto de morir, acepta su origen de hija ilegítima en una sociedad conservadora. También se deja ver en la homosexualidad como tabú de La razón de los amantes o el carácter testimonial de ésta en La soberbia de la juventud, una novela no sólo autobiográfica sino, a su manera, iniciática. Porque con Simonetti las cosas son una y su contrario. Un combate que se cristaliza incluso en el derrumbe de unas expectativas –impuestas, incumplidas y defraudadas- reflejadas en La barrera del pudor, el libro que precede a Jardín.

-¿Qué recupera Jardínde Madre que estás en los cielos?

-Hay algo estructural, que es la familia. La familia representada en la figura de la madre con hijos ante un padre ya ausente. Esa figura está repetida en ambos libros. En el caso de Madre que estás en los cielos no está tan presente el desarraigo. Pero sí la herencia como idea. Y me refiero a la herencia de toda índole: de carácter, de lugares y roles en la familia. Aunque hay que decir que en Jardín está más marcado apropósito de una situación de desmantelamiento de la casa, ese lugar que ha sido de todos.

- El símbolo del jardín extraviado y el derrumbe de la casa familiar remite a una añoranza tanto por lo que ocurrió como por lo que no volverá a ocurrir. ¿Es una nostalgia en dos direcciones?

-Hay una nostalgia enorme sobre ese lugar, porque supone no sólo la pérdida del espacio físico, sino también la pérdida de quien creó ese lugar y todo lo que en él quedaba representado. Esas flores, las que cultiva Luisa Barbaglia, representan personas; roles y papeles determinados dentro de la familia, es decir, todo un mundo psicológico. La novela, al mostrar la muerte de un lugar, revive de una manera heroica lo que Luisa Barbaglia significa. De esa forma, esta novela hace vivir matando. La demolición es una representación violenta del grado de arrepentimiento de sus hijos, porque en ese arrepentimiento también hay vida.

Las flores que cultiva Luisa Barbaglia representan personas, roles y papeles determinados dentro de la familia.

-El jardín significa algo distinto para el narrador, el hijo, y la protagonista, la madre. Es el lugar de la infancia, de lo remoto, pero  también donde la vida ocurre y se toma su tiempo para abrirse paso.

-Siempre he sentido que para Luisa el jardín es más que un lugar de contemplación, sino un lugar de identidad. Ella se ha visto crecer a sí misma en ese jardín. Por eso las representaciones emocionales: el  tiempo, la memoria, la pertenencia, la identidad  y el tiempo como un valor, justamente en un momento de la vida en el que éste se disuelve.

-De los tres hijos, el narrador es el que más conflictos y rupturas transparenta con aquello que hereda.

-Hay varias cosas, entre ellas la relación entre herencia e identidad. Cuánto recibes, cuánto rescatas, cómo asumes valientemente la vida a pesar de haber recibido herencias de vergüenza y opresión. Y al mismo tiempo esa herencia como fortaleza.

- El padre muerto, la disputa con el hermano. ¿Lo masculino es una metáfora del poder?

-El poder, por lo menos el de las grandes decisiones, recae en Fran, el hermano menor. El narrador se lo pregunta: por qué mi padre consulta esto con él, que ni siquiera es el mayor Fabiola, que es la primogénita, está desprovista de tal autoridad. ¿Por qué? Pues porque esas posiciones se heredan dentro de la familia y generan una confrontación. De hecho, la confrontación que tienen los hermanos al final es una confrontación por el poder masculino. Discuten por la camelia roja, que es la flor del padre, la representación del poder masculino…

"Ella es una víctima, sin duda, pero al mismo tiempo hace corresponsable de su situación a sus hijos"

-Pero… en todo esto, ¿qué es y qué representa Luisa Barbaglia?

-Ella es una víctima, sin duda, pero al mismo tiempo hace corresponsable de su situación a sus hijos. Hagan lo que ustedes crean, dice. Pero es más complejo. No es una mujer a la que sus hijos quieren quitar una casa. Uno podría pensar incluso que ella quiere irse de la casa y del mundo. Allí hay algo que tiene un grado de complejidad específico. Ella piensa que la manera en que trata la situación es la más justa, a la vez que coloca una presión sobre los hijos. Les exige participar en una decisión que ella no es capaz de tomar sola.

-Toda escritura, como ejercicio de introspección, involucra a quien la escribe: es autobiográfica. Y su obra en general lo es. ¿Este libro, doy por hecho, también?

-Yo la llamo auto ficción. Porque no deja de ser una versión. En mi familia somos cinco hermanos, aquí son tres. Los hermanos tomaron distintas posiciones Todos en el camino fuimos a veces Fran, Fabiola y Juan. Yo me dediqué a concentrar los discursos y trabajar las personalidades. Pero sí: esta historia nos ocurrió como familia.

-Una familia retrata también a una sociedad ¿Qué retrato de grupo de Chile sale de Jardín?

-Surgen retratos del machismo y la homofobia incrustada en la esencia de esta familia, pero también una mirada sobre cómo han cambiado los barrios. Ya no son lugares ni espacios de pertenencia, sino que están disponibles a la usura inmobiliaria … Un lugar que se supone que debería pertenecer y ser pensado por la familia, está siendo pensando por el dinero, por el agente inmobiliario, que lo único que desea es generar una utilidad. Los hijos están lidiando con ese problema a lo largo de la novela: hasta dónde el dinero es importante. Esa es una lectura del Chile de hoy. Hay cosas a las que hay que ponerle límites: al Estado, a la Iglesia y al dinero también cuando se involucra en cosas tan sagradas como la identidad. Ese jardín forma parte de la identidad de Luisa y es sagrado. No debería ser el dinero aquello que lo condicione.


Comentar | Comentarios 0

Tienes que estar registrado para poder escribir comentarios.

Puedes registrarte gratis aquí.

  • Comentarios…

Más comentarios

  • Mejores comentarios…
Volver arriba