Cultura

Volverás a Vegamián: Llamazares rescata el pueblo que Benet sepultó bajo un pantano

En 1968, Juan Benet proyectó una presa que obligó a anegar y sepultar los pueblos de Vegamián, Ferreras, Armada, Campillo, Quintanilla y Lodares. Miles de familias tuvieron que abandonar sus hogares. El pantano de Porma los convirtió en apátridas, en los habitantes de un lugar que ya no existe. Ése es el tema de 'Distintas formas de mirar el agua' (Alfaguara), la última novela de Julio Llamazares.

Una foto actual de Vegamián, tomada de vegamian.net
Una foto actual de Vegamián, tomada de vegamian.net

Julio Llamazares nació en Vegamián, León. Sin embargo, el pantano del Porma lo convirtió en un apátrida. En 1968, el ingeniero (y escritor) Juan Benet proyectó una presa que obligó a anegar y sepultar no sólo Vegamián, sino también los pueblos de Ferreras, Armada, Campillo, Quintanilla y Lodares. Llamazares -como miles de familias- proviene de un lugar que ya no existe; y, lo que es peor todavía: al que ya no es posible volver regresar. Ese es el tema de Distintas formas de mirar el agua, la última novela de Julio Llamazares.

Se trata de un libro sobre “el destierro, el paso del tiempo y la memoria”, dice su autor, quien, sin embargo, aclara: esta novela no narra la experiencia en primera persona. En las páginas de Distintas formas de mirar el agua el paisaje se impone como personaje principal; es el centro de un relato mayor. ¿Qué vincula a una tierra a quienes nacieron en ella?; ésa es la pregunta que pone en marcha este artefacto narrativo en el que se impone, cual bella y envenenada respuesta, la impronta del territorio y la difícil tarea de sobreponerse a la pérdida del lugar de origen.

Una novela coral, con el corazón metido en el barro

En medio de un paisaje hermoso y desolador, la muerte del abuelo Domingo reúne a los 16 miembros de una familia. Desde Virginia, la abuela y viuda, hasta los nietos: todos se congregan junto al pantano que anegó su hogar casi medio siglo atrás y donde reposarán las cenizas de Domingo. Unidos en el luto, en el gesto de devolver a la tierra a quien nació en ella, cada uno de los personajes reflexiona en silencio sobre su relación no sólo con el abuelo, sino con el lugar extinto y la forma en que el pueblo desaparecido modeló las relaciones entre ellos. El destierro fluye así como una corriente, lento desagüe que va a parar al embalse sobre el que permanece, sepultado, Vegamián.

"Aquel fangal infinito emergido de la desecación del lago cubrió el territorio virgen y desolado que íbamos a ocupar. Y a cultivar"

“Cuando llegamos a la laguna, el poblado estaba aún sin construir. Tan sólo unos barracones se dibujaban en la llanura y en ellos nos refugiamos junto a las quince o veinte familias que habían ido llegando, procedentes de lugares anegados por pantanos como el nuestro, a aquel fangal infinito emergido de la desecación del lago que había cubierto hasta entonces el territorio virgen y desolado que íbamos a ocupar. Y a cultivar, claro es”. Cuenta Virginia, la esposa de Domingo, una mujer de manos gruesas y corazón fuerte que labró la tierra para cultivar en ella una vida nueva a la cual agarrarse. Hablan todos, incluyendo al automovilista que ve reunidos a los deudos que ahora improvisan la sepultura del abuelo o el propio Juan Benet. El único que no tiene voz en este libro es Domingo, el recio campesino apartado de su hogar con los suyos a cuestas.

“Mi abuelo, por lo que he oído, nunca volvió a hablar de este valle , ni de su pueblo, ni de los años en los que vivía aquí , pero eso no es la demostración de que se olvidó de ellos, sino, al contrario, de que recordarlos le producía dolor”, dice Daniel, uno de los 16 personajes de la familia. Hay relevo de una voz a otra, casi como una puesta en escena teatral: la misma tragedia contada 16 veces, por 16 personas. Desde las voces más viejas, las que recuerdan y sostienen una tradición, hasta la de los más jóvenes: aquellos cuyo impulso modifica y crea una nueva geografía en la que ellos no pueden sentirse extranjeros.

El arco de voces es amplio, induce el contraste, el lugar nuevo que surge de la distancia entre unos y otros. Porque no existe una sola forma de mirar el agua en la superficie de un pantano que ahora sirve de espejo. Porque ningún lugar duele tanto como aquel al que lugar al que ya no se puede regresar.

Los damnificados de los pantanos son los judíos españoles del Siglo XX

La historia no es del todo autobiográfica, porque Julio Llamazares se ha valido de ella para componer una enorme foto de familia: la de todos aquellos que se vieron obligados a abandonar sus pueblos por la construcción de una presa, tanto en la España franquista como en plena democracia. "Yo siempre he dicho que los damnificados por los pantanos son los judíos españoles del siglo XX, y, de hecho, muchos de los habitantes de esos pueblos guardaron las llaves de sus casas aunque sabían que las iban a destruir, como hicieron los judíos cuando fueron expulsados de España", ha explicado Llamazares en ocasión de la presentación de la novela.

"Los habitantes de esos pueblos guardaron las llaves de sus casas aunque sabían que las iban a destruir"

¿Cuánto tiempo lleva construyéndose esta novela en su mente? ¿Quién la ha dictado: el tiempo, los recuerdos? Llamazares lo ha dicho, en varias ocasiones, y nunca con una respuesta total, sino con restos de varias que caminan, a la vez, en direcciones opuestas. No fue hasta los años ochenta, asegura, cuando cobró conciencia de lo que había pasado con su pueblo, del que se marchó incluso antes de que fuese anegado por la proyección de la presa construida por Juan Benet, ingeniero dentro y fuera del papel: primero con aquel embalse -que hoy lleva su nombre- y luego con Región, ese lugar que presidió su geografía literaria y a la que Julio Llamazares llegaría, por su propio pie.

Cuando Llamazares conoció a Benet, el autor de Volverás a Región lo miró de arriba abajo y le dijo: "O sea, que tú te hiciste escritor gracias a mí". Un entonces joven poeta leonés, Llamazares, sintió en aquella frase una especie de esputo y no dudó en contestarle: "Y tú eres un gilipollas". La cita que elige Llamazares para cerrar Distintas formas de mirar el agua no puede ser más irónica y devastadora: “Todo el aire de esa región queda reducido a bien poco: una carretera tortuosa y un monte bajo el primer plano”.

Pero así como quien demora una respuesta, Julio Llamazares reconoce que esta historia fue brotando de a poco. Dos hechos pusieron en marcha el pesado engranaje que removió en su interior la impronta de la tierra propia. Ambos episodios ocurrieron en los años ochenta: el primero, cuando, en ocasión del desembalse completo del pantano para una revisión técnica de la presa, quedaron a la vista las viejas casas de Vegamián y de otros pueblos del valle que habían permanecido sepultadas durante 15 años; el segundo, muy poco tiempo después, tuvo que ver con la traumática decisión del Gobierno socialista de Felipe González de retomar el pantano de Riaño, valle cercano al de Vegamián, y cuya finalización produjo escenas de gran violencia.

La conmoción que aquello ocasionó en el novelista sirvió, acaso, como una corriente que levantó los recuerdos sedimentados, durante años, en el embalse de su memoria. “Los mismos que habían criticado tanto a Franco por su política megalómana de grandes obras hidráulicas, con la que se le identificaba incluso, concluían una obra suya inacabada y con igual o con mayor insensibilidad que él”, dice Llamazares.


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