Cultura

'Demonios familiares': la última Ana María Matute, esa dicha inesperada

La presentación del libro póstumo de Ana María Matute este martes ha servido de homenaje a la escritora: Víctor García de Concha, Almudena Grandes, María Paz Ortuño, la editores de Destino, Emili Rosales y Silvia Sesé y su hijo de la escritora, Juan Pablo Goicoechea, han presentado Demonios familiares, el regalo generoso con el que Matute ha obsequiado a sus lectores .

Ana María MAtute.
Ana María MAtute.

“Cuando una obra, en la forma en que se nos manifiesta y llega a nosotros, posee plenitud (…) carece  sentido decir que esté inacabada”, asegura el poeta y editor Pere Gimferrer en la nota introductoria de Demonios familiares (Destino), la última novela de la Premio Cervantes Ana María Matute, quien falleció este año no sin antes dejar a sus lectores un libro generoso –una dicha inesperada-, que apura las últimas líneas de una vasta obra que solo podrá crecer de ahora en adelante empujada por su eco.

No puede estar inacabada –aseguran también sus editores- acaso porque en cualquier libro de Ana María Matute está contenida toda ella. En una cuidada edición precedida por las palabras de Pere Gimferrer y una magnífica nota escrita por María Paz Ortuño, especialista en la obra de Matute y fiel amiga de la autora, Demonios familiares, más que un libro, parece un punto de vista, una mirilla privilegiada, espacio ganado a la muerte para quienes quieren seguir leyéndola y una magnífica oportunidad para quienes desean descubrirla. En el mes de mayo de 2014, poco antes de fallecer, Matute intentaba avanzar en sus últimas líneas. Y son justamente esas las que llegan a manos de los lectores.

"Más que un libro, parece un punto de vista, una mirilla privilegiada, espacio ganado a la muerte para quienes quieren seguir leyéndola"

Autora fundamental de la posguerra, Ana María Matute vivió una larga y complicada vida que cayó, pesada, al final de sus días, sobre un cuerpo aquejado por los quebrantos, aunque ya castigado en espíritu –con insistencia- por una vida árida. Pero en aquellos días, los finales, los demonios venían de su propio cuerpo. Vértigos, fracturas producidas por dos caídas, dolores intestinales y pulmonares y un constante mareo contra el que Matute luchó para poder terminar el manuscrito que hoy llega a manos de los lectores. Los detalles los ofrece María Paz Ortuño –quien acompañó a Matute en la larga travesía de completar este libro- en el texto Menos es más.

Ortuño identifica el  germen de Demonios familiares –que no una continuación- en Paraíso inhabitado, una novela en la que Matute se valió del relato de iniciación que refiere el tránsito de la infancia a la primera madurez. Adri, su protagonista, experimentaba como la Eva de Demonios familiares un mundo que se viene abajo con la llegada de la guerra, en 1936. Por que si de algo está segura Ortuño es del hecho de que esta novela traza una línea gruesa que atraviesa 64 años en el tiempo y cierra un ciclo: desde El chico de al lado –su primer relato publicado en 1947- hasta la última página de Demonios Familiares en la que Matute recupera ese título –el  chico de al lado- y lo introduce como una frase alrededor de un personaje que cobra fuerza en la novela: yago, el criado sombra.

Real pero no realista

Apenas 170 páginas bastaron a Ana María Matute para retomar y retener los rasgos que han definido su obra: la pasión contenida, temor inocente, misterios familiares, ausencias acalladas y el amor imposible (o cuanto menos inadecuado) en una trama que se sitúa en el verano de 1936. Hay quienes aseguran que es un quiebre, entre su lado fantástico, y la vuelta al espíritu de sus primeros libros.

Eva, una chica que se ha internado voluntariamente en un convento, vuelve a casa en julio de 1936. Un intento de prender fuego al convento la ha hecho volver a casa de su padre, El Coronel, un hombre amargado, autoritario y distante que dispone cómo debe de ser el mundo desde su silla de ruedas. No es que le alegre volver, dice la protagonista, sino que no quería permanecer más en el convento. Durante un año, Eva jamás se miró a un espejo –en el convento no había ninguno- y al volver a casa se topa con un mundo redescubierto: su imagen en el espejo, el olor a vida y a tierra. Resulta contradictorio que ella, que no ha visto su reflejo en meses, comparta de nuevo hogar con un padre distante  que todo lo mira y lo controla  en un espejo inclinado, acaso porque todo está “un poco más allá de lo que parece”.

"El mundo de Eva será lento y amable hasta el estallido de la guerra. Todo habrá de desgarrarse"

El mundo de Eva será lento y amable hasta el estallido de la guerra. Todo habrá de desgarrarse, incluso con el fortuito encuentro con un paracaidista malherido, que introduce en la trama temblor de la pasión que no debe ocurrir. Los editores de Destino aseguran que Eva tiene mucho de Ana María Matute y esa percepción se redondea al escuchar la descripción que hace Almudena Grandes –que presentó el libro este martes en el Instituto cervantes- de ella: “Una mujer ha pasado tanto miedo que ya no recuerda que es valiente”.

Acaso parecida, según Almudena Grandes, a la Magdalena de Los hijos muertos, la Eva de Demonios familiares viene está hecha de un material que, a decir de Pere Gimferrer, los convierte en “personajes de la conciencia”. Las palabras de  Guimferrer llevan, acaso, al guiñol de Pequeño teatro, novela con la que ganó el Planeta en 1954 y en la que todos los personajes se conectan entre sí con el hilo potente que Matute urde con ese mecanismo -tan raro como poético- brumoso de los sentimientos humanos. “Todo en ella es de muy de verdad, pero esta verdad se encuentra en ella misma”, asegura Gimferrer en el estudio introductorio.

Una  fabuladora incesante que no eludió la realidad; una autora que,  a pesar de los duros años en los que se mantuvo al margen, no dejó de escribir. Y así como en sus inicios, recién casada y con un niño pequeño –que le fue arrebatado- había tenido que escribir en difíciles circunstancias económicas, al final de su vida le tocó hacerlo  perseguida, en cambio  “por sus dolores”.

Matute, que se reinventó literaria y vitalmente tras una traumática separación en  la machista y retrógrada los 60, tiene una obra en la que se funden la literatura  realista, fantástica e infantil; tres vertientes que caracterizaron su obra con un estilo fibroso en la que menos es más. Porque todo siempre, se puede decir con el mejor número de palabras posibles.

Para leer el primer capítulo de Demonios familiares, haga click aquí.


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