Cultura

Javier Sierra: “Yo escribo para la mayoría, no para los críticos”

Cuadros de Rafael, Tiziano, el Greco o Brueghel se convierten en los protagonistas de una novela que narra las enseñanzas de un misterioso profesor. ¿Superventas a lo Dan Brown o pseudo literatura? A Javier Sierra eso le trae sin cuidado al hablar de su último libro El maestro del Prado (Planeta 2013).

Javier Sierra: “Yo escribo para la mayoría, no para los críticos”
Javier Sierra: “Yo escribo para la mayoría, no para los críticos”

El escritor y periodista Javier Sierra lleva una sonrisa permanente. “Aparte de todos los escándalos que pudieron haber hecho presión, creo el Papa se ha tomado su tiempo para una meditatio mortis, su deseo de prepararse para morir. Es algo que no había visto desde la época de Felipe II y Carlos IV”, afirma, como para romper el hielo de una fría mañana de febrero todavía intervenida por la renuncia, el día anterior, del Papa Benedicto XVI. Desde hace unos días, Sierra está de promoción de su última novela El maestro del Prado (Planeta 2013), un libro que mezcla historia del arte, profecías y los secretos oscuros detrás de las pinturas de la pinacoteca más importante de España.  

Todo en El maestro del Prado ocurre en otoño de 1990, en las salas del Museo, cuando Javier Sierra, transformado en un joven que apenas comienza los estudios de Ciencias de la Información en la Universidad Complutense, se topa junto al cuadro La sagrada familia, conocido como La perla, de Rafael, con un enigmático y misterioso profesor llamado Luis Fovel que le introducirá en las enseñanzas y revelaciones de los cuadros que ve.

Lo que podría ser la interpretación simplemente histórica o estética de las obras maestras del Prado se convierte, a medida que transcurren las páginas, en una novela donde un supuesto manuscrito jamás impreso, el Apocalipsis Nova, se convertirá en la fuente de inspiración de Rafael y otros pintores de la época. En las páginas de este documento, un personaje, el beato Amadeo, obsesionado con la llegada del juicio final, sugiere a sus lectores que estén atentos a las señales –en su mayoría representaciones marianas- que toman forma final en signos místicos y que se corresponden con cuadros de los siglos XIV y XV. Hay ingredientes, sin duda, para un superventas.

No será ésta la única obra que trace el recorrido de El maestro del Prado: una lectura inversa de El jardín de las delicias del Bosco o La última cena de Juan de Juanes, con su enigmático Santo Grial, componen algunas otras de las historias que alimentan un libro que, según el propio Sierra, tiene como misión “encontrar el arte primordial”, ése que los artistas hicieron conscientes de que serían un “puente entre este mundo y el otro” y que según él admite otras interpretaciones. “Estas pinturas del Bosco, de Brueghel, del Greco también tienen la misma función”, dice con una amable sonrisa que no se ablanda ni siquiera con las preguntas más antipáticas.

Al interrogar a Javier Sierra sobre lo sospechosa y muchas veces pseudoliteraria que puede resultar esta camada de libros sobre ensoñaciones templarias, santos griales y componendas vaticanas, el autor no pierde ni una sola vez el buen ánimo. Se muestra paciente. No le acompleja ni le sonroja ser un superventas pero tampoco desea ser, dice, uno al uso.

“Yo estoy buscando que me lean. No escribo ni para hacer un alarde del idioma o para los críticos. Escribo para la mayoría y, justamente, para poder llegar a esa mayoría, a diferencia del resto de los autores de bestsellers, yo comparto mis fuentes”, dice refiriéndose a las cien notas históricas que respaldan las afirmaciones de sus 16 capítulos. “Creo que el lector que suele convertir mis novelas en una aventura personal, puede emocionarse e involucrarse aumentando su cultura y su visión del mundo. De hecho, yo no busco lectores, busco cómplices. Y en ese aspecto este libro es una puerta, una ventana, que le resultará familiar dentro de mi obra anterior”.

En efecto, su novela más exitosa, La cena secreta (2004), es sólo una muestra de los intereses de Sierra. En ella un personaje llamado Fray Agustín Leyre, inquisidor dominico experto en la interpretación de mensajes cifrados, es enviado a toda prisa a Milán para supervisar los trazos finales que el maestro Leonardo da Vinci está dando a La Última Cena, convertida por Sierra en este libro en el blanco de las más variadaselucubraciones doctrinales eclesiásticas. A pesar de ello, Sierra dice tener una voz propia, con preocupaciones y necesidades literarias tan legítimas como personales. “Si yo me dejara llevar por las modas escribiría literatura erótica y aquí lo más erótico que hay es El Jardín de las delicias

¿Cuál es entonces la fascinación que ejerce sobre autores y lectores estos libros que mezclan, muy conscientemente, lo verificable con lo fantasioso, lo histórico con lo pseudocientífico? Según Sierra hay dos factores que explican ese auge. “Uno, la desconfianza que se ha generado hacia todo lo que venga de instituciones oficiales. A raíz del 11S se genera toda la mentira de la guerra de Irak. Y ahí ocurre una ruptura tremenda: eso se extiende a todas las instituciones”, dice Sierra sin deshacerse de su sonrisa. “Todo eso hace que el lector busque respuestas dentro de la literatura. Pero lo segundo, más importante que todo lo anterior, es el momento en el que vivimos: sólo importa lo material y no nos preocupamos por el espíritu, en el sentido amplio. Y este tipo de libros hablan de eso. Contribuyen a recordarnos quiénes somos”.

Apócrifo o pseudoliterario, Javier Sierra no ve mayores obstáculos en la redacción de sus novelas, casi todas basadas en hechos históricos. “Puede quien haya quien diga que este tipo de investigaciones no son serias, pero para eso están mis fuentes. Yo no invento nada, yo relaciono”, explica el autor de La dama azul (2008), La ruta prohibida (2007) y El ángel perdido (2011) y actual colaborador del programa Cuarto milenio.


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