Cultura

Yo soy Paco, el hijo de Lucía, el hijo de la portuguesa

Juan José Téllez desentraña la vida de Paco de Lucía, desde su nacimiento en Algeciras hasta su inesperada muerte, de la que se cumple un año. 'El hijo de la portuguesa' (Planeta) se vale de cada una de las teselas de un complejo mosaico: desde la música hasta la familia, pero también la política, la fama, la amistad, el talento...

Un detalle de la portada del libro 'Paco de Lucía. El hijo de la portuguesa'.
Un detalle de la portada del libro 'Paco de Lucía. El hijo de la portuguesa'.

"Yo soy Paco, el hijo de Lucía. Tú sabes que en Andalucía nos identificábamos por el nombre de la madre porque hay muchos Pacos y muchos Pepes en la calle. A mí me llamaban Paquito el de la portuguesa, Paquito, el hijo de Lucía”. Era un 25 de febrero de 1976. Un jovencísimo Paco de Lucía –tenía 29- aparece abrazado a una guitarra y envuelto en una espesa nube de humo. Le entrevista Jesús Quintero, que en aquel entonces estrenaba programa en la RTVE -hasta hacía poco dirigida por Adolfo Suárez-. Es justo esa frase de Paco de Lucía, "el hijo de la portuguesa" (Luzia era de Monte Gordo, pueblo del Algarve), la que da título a la biografía escrita por Juan José Téllez -periodista y amigo cercano del guitarrista- que Planeta publica justo cuando se conmemora un año de la muerte del músico gaditano.

En las páginas de ese libro, Téllez hace un recorrido por la vida de Paco de Lucía: su infancia y sus primeras giras; sus años junto a Camarón de la Isla; sus desavenencias con algunos músicos coetáneos; sus posiciones políticas; su sensibilidad musical; la importancia de figuras como la de su padre y sus hermanos… Sin embargo, hay episodios como ése, el del programa con Jesús Quintero, que convierten esta biografía en un artefacto más ambicioso que la sola pretensión monográfica; y por supuesto, le confieren el atributo de una lectura sabrosa.

En aquella España donde los artistas parecían obligados a fijar posición política, Rosa Montero lo etiquetó como 'flamenco progre'

En aquella España de 1976, que apenas tres meses atrás había recibido la noticia de la muerte Franco, hasta el flamenco parecía materia política. A los artistas se les exigía una posición ideológica, una definición pública. Y Paco de Lucía no fue la excepción. En el amplio recorrido trazado por Téllez, este libro da enjundiosa cuenta , si se quiere, de una muestra de aquella España donde todo bullía, ideológico, cargado, eléctrico: desde la entrevista que le hace Rosa Montero en 1974 -durante la que paco de Lucía accede a describirse a sí mismo como un “flamenco progre”- hasta esta conversación en RTVE con Jesús Quintero... y que trajo no pocos problemas al compositor.

Aquella España, estas páginas

Decíamos: 25 de febrero, año 1976; una España a punto de emprender la Transición hacia la democracia y el joven que había revolucionado la música junto con José Monge, Camarón de la isla. Todo eso junto y embutido en una pantalla; teñido de un tecnicolor anémico y sin lustre. Visto así, todo esto tiene algo de inverosímil. Quintero le pregunta a Paco de Lucía: “¿Qué es más importante a la hora de tocar la guitarra, la derecha o la izquierda”. Lucía, que ya conocía el cuestionario porque el propio Quintero se lo había leído en el coche camino de los estudios, respondió: “La izquierda es la que hace la música, es creativa”. Y añadiendo un punteo con las cuerdas, remató: “La izquierda es inteligente. Luego, la derecha es la que ejecuta”.

Tal y como cuenta Téllez –citando a Emilio de Diego, guitarrista de Antonio Gades quien estuvo también en la entrevista ese día-, hay bastante más tela sobre este episodio. Cuando iban camino en taxi a la tele, mientras repasaban el cuestionario, Quintero le preguntó a Lucía: “¿Qué teme más usted más, a la muerte o al ridículo?”. A lo que Paco de Lucía respondió: “¿Qué digo?”. “Hombre hay una cosa peor, que es una muerte ridícula; como en una guerra”. Y ésa fue la respuesta elegida para la grabación. Así se emitió.

Unos meses después, un poco antes del lanzamiento de Almoraima, en diciembre de 1976, en la Gran Vía madrileña –que en aquel entonces se llamaba avenida de José Antonio-, a Paco de Lucía le propinaron una buena paliza. "Así que tú eres Paquito", le dijo uno de los ocho o nueve que lo abordaron mientras el algecireño hacía tiempo para entrar a la última sesión del cine Avenida. “Sí, sí, el que salió en la tele hablando mal de nuestros muertos”. Inmediatamente le cogieron del pelo y comenzaron a golpearlo, mientras le preguntaban si los muertos de la Guerra Civil en verdad le parecían ridículos. “¿Tú dices que la derecha ejecuta? Pues toma, hijoputa. Ya no vas a tocar más”, reconstruye Téllez a través de Emilio Diego. La agresión, referida en prensa, fue atribuida a grupos de ultraderecha. “Recibí más que pude dar”, declaró Paco de Lucía. Nadie intervino entonces, asegura Téllez: “La verdad es que pararon de pegarle porque se aburrieron”.

El amplio mosaico, aquellas teselas …

Basado en entrevistas y testimonios del propio Paco de Lucía, Camarón de la Isla así como muchos otros músicos y personajes cercanos al guitarrista, El hijo de la portuguesa compone un enorme mosaico lleno de teselas curiosas, no todas estrictamente musicales y en las que vale la pena detenerse justamente por el retrato de conjunto que ofrece no sólo de una de las figuras renovadoras de la música, sino del país donde aquello ocurrió: cuántas embocadas personales a la vez que públicas, cuán caprichosas a la vez que arbitrarias son las reacciones públicas ante determinado personajes.

Sobre el propio tema del compromiso político, asegura Paco de Lucía a Téllez, en 1982: “Yo no quiero sellos, pero tengo una conciencia social que me dicta que debe haber una igualdad de todo tipo para todo el mundo. Justicia es la palabra. Pero no me gusta, por ejemplo, que me pongan el sello de socialista. No por nada, sino porque de alguna manera te están identificando con una gente que juega a serlo y no lo es. ¿Mi relación con el PSP? Estuve cenando con Tierno Galván, me hicieron una fotografía y salí en una revista. Y, claro, dijeron que yo me había afiliado a su partido. Yo respeto mucho a Tierno Galván, pero no milité en el Partido Socialista Popular”.

Asegura Paco de Lucía a Téllez, en 1982: “No me gusta que me pongan el sello de socialista"

Y como ésas, no pocas aclaratorias sobre las filias políticas e ideológicas atribuidas a él. En 1993 cuando apareció como firmante de un supuesto manifiesto en apoyo a Felipe González, tuvo que volver a aclarar. Así una y otra vez; una y otra y otra vez. Escepticismo mezclado con reserva lo convirtieron en alguien cada vez más cauto, aunque no por ello menos intempestivo y rabioso, como él mismo se calificó. Cuando, en 1994, concedió una entrevista a Carmen Rigalt, lo dejó bastante claro. La periodista le preguntó qué era Andalucía para él. Cuando Paco de Lucía le respondió que su tierra era motivo de orgullo y regocijo, ella inquirió, otra vez: ¿no es acaso un pueblo resignado? “Mire –le explicó Paco de Lucía-, un pueblo que se levanta todas las mañanas pensando en cómo gastarle una broma al vecino o qué hacer para sonreír es un pueblo privilegiado. Hacer frente a la vida con alegría no significa ser conformista no resignado”.

En esa conversación con Carmen Rigalt citada por Téllez, es posible intuir a un Paco de Lucía con más registros políticos y sociales que las simples atribuciones o militancias. Sin embargo, lo que menos cuenta es el desengaño político o no de Paco de Lucía, sino ésa, dentro de las muchas visiones que Téllez expone detallada y minuciosamente y que se extienden desde episodios fundamentales de su vida hasta detalles mucho más pintorescos –su afición por los Quimonos, el submarinismo y el fútbol-.

Más de setenta capítulos; una vida entera

El libro, que comienza en el verano de 1936 en una Algeciras remota, se acerca a los últimos años de su vida, apartado ya de cualquier encandilamiento. Él, a quien la fama le pareció una nube intimidante y molesta, se revela de a poco como alguien a quien le importa sólo su música: "Sé muy bien dónde estoy, lo que soy, no me impresiona casi nada; los halagos, los aplausos, el público en pie… Hay momentos en los que te crees alguien, pero después d ela borrachera te miras al espejo y ves a una hormiga. Nunca me dio un ataque de vanidad, porque la vida me trató mejor de lo que esperaba”, dice el algecireño a la periodista Nativel Preciado.

"Nunca me dio un ataque de vanidad, porque la vida me trató mejor de lo que esperaba"

El libro recorre el larguísimo arco que conecta –o separa- a Francisco Sánchez de Paco de Lucía. Desde sus días de niño –la infancia fue su única patria, dice Téllez-, en los que debía atender y obedecer al insistente padre que le conmina a tocar la guitarra una y otra vez, pasando a través del tiempo hasta llegar al joven y deslumbrante genio o al sabio artista. En ese recorrido, la figura de Antonio Sánchez se convierte en una presencia: un hombre estricto, sin duda, aunque de la boca de su hijo no se desprende ni un solo reproche. En El hijo de la portuguesa también hay tiempo –y datos- para apreciar otras visiones, acaso perderse tras un pequeñísimo Paco de Lucía corriendo cerca río de la Miel, rumbo a casa de José Marín y Cristina Anula, donde aprendió a escuchar Bach.

Y como ésa, las teselas se acercan y alejan; se juntan y se separan; a veces, sobresale el retrato ciclópeo. Por ejemplo, el del encuentro de Paco de Lucía con Camarón, contado en el apartado Urano y Saturno. “José y Paco. El cantaor que quiso ser guitarrista y el guitarrista que quiso ser cantaor. Antípodas y afines”. Téllez los retrata a lo largo de los años, comenzando por el viaje rumbo a la capital. “Allá por los sesenta, ir a los  Madriles eran como hacer las américas”, escribe. Queda retratada, también, la relación de Camarón con Antonio Sánchez. El padre del guitarrista ejerce de productor y director, pero también de tutor severo con un privilegiado olfato musical que le abrió al joven Camarón “su memoria y su discoteca”. Es justamente en este apartado donde Juan José Téllez describe la amistad entre ambos: “La familia de José, los Monge, son gente muy buena, que te dan lo que tienen, gitanos humildes y nobles, y Paco se iba a la calle Amargura, a la fragua, a estar con la familia de Camarón y a escuchar a unos y a otros”.

Aunque se llevaban bien –y musicalmente eran apoteósicos-, asegura Téllez que tampoco compartían demasiadas afinidades: “A mí me gustaba jugar al fútbol, hacer deporte o pescar –consideraba el guitarrista-. Quise hacerle participar de mis aficiones y, siendo chicos, una vez conseguí llevármelo a Algeciras a correr. Pero él no se sentía muy cómodo”. Y lo que parece una tontería, una pelusilla nimia, hace que el texto consiga ventanas y respire, cercano y ameno, en lugar del eterno pedestal, que existe, pero colocado con un sentido: una forma que permita explicar de qué forma ambos “sentaron las bases para crear una forma distinta de interpretar lo añejo”.

Justamente la exhaustividad del libro hace todavía más compleja su reseña. Se trata de un texto construído en clave de crónica, bien sujeto con datos que hacen lo que los clavos en una repisa. Eso, claro, sin perder el color y la textura humana que recorre sus casi 500 páginas como si de una corriente eléctrica se tratara. Un libro, sin duda, para leer con el Spotify abierto.


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