Cultura

Víctor del Árbol: seminarista, mosso d’esquadra y ahora novelista

Su primera novela, El peso de los muertos (Editorial Castalia), ganó el Premio Tiflos de Novela en 2006. Fue finalista del XIII Premio Fernando Lara en 2008 con El abismo de los sueños, todavía inédita. Acaba de publicar con Destino su más reciente novela: Un millón de gotas.

Víctor del Árbol.
Víctor del Árbol.

Ha sido seminarista –dejó los hábitos por amor, dice-, historiador y mosso d'esquadra, este último, un oficio que ejerció hasta hace poco menos de un año. Desde hace un tiempo se mueve a sus anchas por el mundo del libro, donde no le va nada mal. Se trata de Víctor del Árbol. Su primera novela, El peso de los muertos (Editorial Castalia), ganó el Premio Tiflos de Novela en 2006. Fue finalista del XIII Premio Fernando Lara en 2008 con El abismo de los sueños, todavía inédita. En 2011 publicó La tristeza del samurái (Editorial Alrevés).Tras el éxito internacional de esta novela, Del Árbol publicó Respirar por la herida (Editorial Alrevés). Un millón de gotases su trabajo más reciente, publicado por la editorial Destino.

-Dice que se ve a sí mismo como un autor ruso. Tiene usted las cosas muy claras. ¿Qué le hace estar tan seguro literariamente?

-Cuando yo hablo de que me siento más cerca de los escritores rusos me refiero a la concepción y la creación de las tramas, más interesadas en la psicología de la culpa. Me interesa el escepticismo ante las grandes utopías, su desconfianza hacia esa idea redentora del hombre político, con mayúsculas.En laforma de narrar existe una visceralidad en los personajes que el narrador omnisciente contiene con una visión fría y distanciada.

-Ha dicho que le interesa el paisaje como elemento narrativo. ¿Tiene algún ejemplo?

-El silencio del paisaje en Doctor Zivahgo de Boris Pasternak escrita en 1954 en la Unión Soviética es muy distinto al deLas Uvas de la Ira de Steinbeck escrita en Estados Unidos, creo que en 1962. Puede que tengan en común el viaje como descubrimiento de las existencias, pero el tratamiento es totalmente distinto.

-Habla de la psicología de la culpa. ¿Qué es exactamente lo que le llama la atención?

- Los precursores del existencialismo como Dostoievskime fascinan cuando se adentran en la psicología de la culpa, en el ahondamiento del dolor, donde sin embargo no hay apatía, no hay nihilismo, sino exploración y avance a través del dolor. No interesa aquí el concepto de happy end, ni siquiera una cierta justicia que pueda contentar al lector, no ya en la ley, sino en el propio destino.

-¿Es eso lo que persigue literariamente?

-Los escritores como Bulgakov o Erenburg, por poner ejemplos coetáneos de Tennessee Williamso de Capote,no tuercen la ficción sino que la dejan fluir hacia lo inevitable. Un ritmo lento a veces, sin efectismos, sin trampas exógenas a la historia que acaban convirtiendo a los personajes en potencias narrativas que nacen desde dentro hacia afuera. Eso es lo que yo intento hacer.

-Ha dicho que su experiencia como mosso d’esquadra durante veinte años le enseñó a tener una “visión poliédrica de la realidad”. ¿Existe tal cosa?

-La realidad unidimensional es solo apariencia que podemos aceptar como resumen. Pero cualquier realidad es mentira si excluye o deja fuera parte de los matices que la explican. Los seres humanos somos complejos aunque tendamos a la simplificación para poder tener un discurso asumible de nosotros mismos o de los demás. A eso le llamamos prejuicio. Como en un juego de muñecas rusas, hay que tener paciencia y voluntad para ir abriendo esas realidades, comprenderlas, asumirlas, entenderlas. A partir de ese principio, ir más allá de lo aparente, de lo obvio, construyo mis personajes.

-En todas sus novelas echa mano del pasado como un lugar en el que solo hay cuentas pendientes, cosas por ajustar. ¿Es su mecanismo más efectivo?

-El pasado como evocación tiene una potencia narrativa evidente, y digo visión nostálgica en cuanto que mis personajes construyen su memoria a partir de un pasado que han ido inventando a medida que las lagunas del olvido son cubiertas por lo aprendido, lo que otros han dicho o incluso lo que hubiéramos querido que fuese. Eso, aferrarse a un pasado inventado y que se finge ser mejor, sirve como escudo contra un presente en el que no hay a dónde aferrarse. En cuanto a recurso narrativo, me parece muy interesante convertir el pasado en presente narrativo. El personaje evoca lo justo para que yo lleve al lector a ese recuerdo y lo convierta en presente. De ese modo creo dos tiempos que son el mismo; dos historias que son la misma.

-¿Quiénes son sus influencias literarias más notorias?

-Desde luego, Albert Camus y su desarrollo de la teoría del absurdo, pero más allá de la individualidad y de la predestinación, me interesa cómo sus circunstancias personales influyen en su obra: desde la ausencia del padre, la convulsión ideológica, la sensación de desarraigo y a la vez, la influencia del pasado familiar: él es la prueba de que la literatura puede partir de uno mismo e ir hacia los demás si supera el nudo umbilical; y al mismo tiempo demuestra que se puede amar realmente solo aquello que se conoce, con sus defectos y virtudes. La Peste me parece un canto asombroso al hombre, pese a todo. Siento predilección por Miguel Ángel Asturias, sobre todo por Hombres del Maiz. Me gusta cómo conjugaba lo mágico con lo real, hasta hacer de ambos planos la misma cosa. De Dostoievski me quedo con el modo de tratar la psicología ambivalente; de Tolstoi con sus grandes tramas…

-¿Se considera un escritor por elección propia?

-La escritura es algo que me ha acompañado desde mi niñez, lo que me ha ayudado a encontrar equilibrio entre el mundo interior y el exterior. De modo que sin saberlo, al explicarme a mí mismo através de lo que escribía, estaba tomando mi elección de vida.


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