En esta ocasión el diplomático no luce su acostumbrada pajarita. Viste sombrero Panamá y una camiseta, sin dorsal, de la selección española. “No soy de individualidades. Soy de España”, afirma Inocencio Arias, quien no se corta un pelo a la hora de admitir que Xavi Hernández le parece, sin lugar a dudas,  “el mejor medio de la historia”.

El ex embajador ante la ONU llega holgado a la entrevista. Está tranquilo. Tiene tiempo y ganas de hablar de su libro, Los presidentes y la diplomacia, pero también de otros temas que también le atañen. En poco menos de un mes se estrenará la cinta sobre Sherlock Holmes dirigida por Antonio del Real en la que actúa, junto al ministro de Justicia, Alberto Ruiz Gallardón.

“Gallardón interpreta a su antepasado, Albéniz, y yo a un ministro de fomento de la época de la restauración, supuestamente del gobierno liberal de Sagasta.  De hecho, tuve que dejarme barba. La película se estrena el 30 de agosto”, cuenta Arias, quien además de haber sido portavoz de exteriores con los partidos UCD, PSOE y PP, cuenta como actor aficionado con un palmarés de ocho producciones españolas de la mano de directores como Luis García Berlanga.

Una vez en materia, repasadas alineaciones y cotilleos, Inocencio Arias desvela algunas anécdotas y entresijos de la historia diplomática española de los últimos 35 años de los que da cuenta en  Los presidentes y la diplomacia. Me acosté con Suárez y me levanté con Zapatero. (Plaza y Janés, 2012), su más reciente libro. En éste relata, cual testigo de excepción,  los aciertos y errores de España en materia de política exterior.

Del Mago de Oz al referéndum de la OTAN

Inocencio, Chencho –como suelen llamarle- Arias es uno de los pocos diplomáticos que ha trabajado para varios presidentes de la democracia –todos, de hecho-. Comenzó la carrera en  1967 como embajador en Bolivia y Argelia pero no sería hasta 1981, con Adolfo Suárez –“el mago de Oz”, como se refiere a él en el libro- cuando comenzaría a ejercer como director de la Oficina de Información Diplomática donde actuó como portavoz  en los períodos 1980-1982, 1985-1988 y 1996-1997.

“Tanto Adolfo Suárez como Calvo Sotelo fueron pioneros en política exterior, pero ninguno de los dos tuvo tiempo suficiente para desarrollarla. Suárez estaba concentrado en la democracia, en sacar adelante el país democrático que surgía. Algo parecido ocurrió con Calvo-Sotelo, el gran olvidado de la transición: en su gobierno España entró en la OTAN, el Guernica volvía al Prado, el país se abría a Europa y al mundo”, cuenta.

"Calvo-Sotelo es el gran olvidado de la transición: en su gobierno España entró en la OTAN"

De Felipe González, a quien describe en el tercer capítulo como “un debutante con sentido de Estado” recuerda Inocencio Arias capítulos que pudieron costarle el pescuezo político, entre ellos el referéndum sobre la permanencia de España la OTAN del que George Shultz , jefe de diplomacia de Ronald Reagan, intentó disuadirle en una reunión no muy fecunda para el Secretario de Estado, que terminó por “tirar la toalla”.

“Si Felipe González hubiese perdido ese referéndum hubiese tenido que dimitir. Lo que ocurrió con González, que realmente continuó la política de sus predecesores,  es que se trataba de un hombre carismático”, cuenta Arias al referirse al socialista, quien a lo largo de su período redujo al presencia militar en las bases españolas y daba la batalla de convencer a los franceses del carácter terrorista de la banda ETA,  a la vez que acompañaba la entrada  triunfal de España en la Unión Europea, sin duda un punto de inflexión.

Zapatero, el hombre que no sabía demasiado

A lo largo de los cinco capítulos que componen Los presidentes y la diplomacia, Arias retrata, con excesiva benevolencia en algunas ocasiones y  con alguna saña en otras,  desde la España de la transición que se abre paso como país democrático no sólo en Europa sino en el concierto internacional  hasta el país que llega a tomar parte en retratos como el que presidió Aznar junto a Tony Balir y Bush en al Cumbre de las Azores, en 2003, un día antes de la invasión a Irak.

A la pregunta sobre su aparente mimo con José María Aznar al momento de evaluar la política exterior de sus dos legislaturas  –años en los que Arias presidió el Consejo de Seguridad de la ONU- , Arias se desmarca. No hace una defensa, tampoco una apología del popular. “Lo que ocurre con Aznar es que tuvo tiempo suficiente para desarrollar una política exterior a la vez que gozaba de dos atributos: sabía negociar y era percibido por sus contrapartes como un hombre de palabra”.

Semejantes piropos no son, en absoluto, los que presiden la época Zapatero. “Durante esos años la política exterior se debilita, mejor dicho se opaca, en buena medida, por la personalidad gris de José Luis Rodríguez Zapatero”.

"Zapatero, a diferencia del resto de los presidentes, era un torero novillero"

No era el leonés, según el diplomático, un personaje al que le interesara la política exterior. “Tampoco la entendía”.  Tras un periodo de mucha cercanía como fue el de Aznar, en la legislatura socialista sobreviene un distanciamiento con Estados Unidos, en parte por gestos como los de no levantarse ante la bandera durante el desfile de la Hispanidad –aduce Arias- hasta medidas más significativas como la retirada, a destiempo, de las tropas españolas en Irak.

“Zapatero, a diferencia del resto de los presidentes de la democracia, era un torero novillero. Y no sólo eso, sino que tardó demasiado en aprender, en parte porque no era su afición”,dice al referirse a las muchas “espantás” que protagonizó el presidente Zapatero, una de ellas, un memorable plantón que dio en una cena de 300 comensales  –convocada por él mismo- en el Hotel Waldorf de Nueva York  en septiembre de 2008. “Gastó  100.000 dólares una cena diplomática con todas las delegaciones, para terminar cenando esa misma noche con gente de su gabinete en otro restaurante en Nueva York, porque no le apetecía”, apostilla Arias.


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