Cultura

No existe tal cosa como una República de las Letras: por qué no gobiernan los poetas

Desde que Platón los expulsó de la República, una especie de maldición persigue a los escritores y poetas que se meten a políticos. Todavía los hay, ¡claro!, entusiastas o cándidos, como el poeta Luis García Montero, quien ha decidido aceptar el encargo de Izquierda Unida de liderar una candidatura a la Comunidad de Madrid.

El poeta Luis García Montero, candidato de IU a la Comunidad de Madrid.
El poeta Luis García Montero, candidato de IU a la Comunidad de Madrid.

Fue el propio Platón quien decidió expulsar a los poetas de la República –sus razones tendría, piensan algunos-. Desde entonces, una gruesa alambrada mantiene a los escritores alejados de casi cualquier Gobierno. Los que se han acercado han recibido el corrientazo de la militancia, esa cosa que normalmente achicharra el genio y convierte a los hombres y mujeres en cretinos -¿será necesario recordar la posición de Julio Cortázar en el caso Padilla?-. Incluso presidiendo una República etílica y vaporosa, a más de un poeta se le ha ido el procaz gesto del desmán. Maikovski, con la Revolución Rusa, llegó de la genialidad a la delación. Pero indigestado con realismo social de Stalin, el futurista pasó de poeta nacional a apestado burgués.

Una gruesa alambrada mantiene a los bardos alejados de casi cualquier Gobierno. Los que se han acercado...

A pesar de haber presenciado todas las demoliciones -políticas, ideológicas e históricas-, todavía los hay entusiastas... o cándidos, como el poeta Luis García Montero, quien ha decidido aceptar el encargo de Izquierda Unidade liderar una candidatura a la Comunidad de Madrid para sustituir el boquete que Tania Sánchez ha dejado a última hora tras retirarse del partido. A riesgo de aguarle la fiesta a los lectores que frotan las manos y se ceban, gustosos, contra la progresía de poetas y artistas, toca decir: no sólo los hay de izquierdas, muchas plumas conservadoras han optado por esa vía resbalosa de la carrera política.

En las elecciones peruanas de 1990, tras largos años de una severa crisis económica, el novelista Mario Vargas Llosa llegó a la segunda vuelta como candidato del Movimiento Libertad, el Partido Popular Cristiano y Acción Popular, contra un entonces desconocido Alberto Fujimori. Lo que parecía una victoria segura, terminó en patinazo electoral. La coalición Frente Democrático –coalición representada por Vargas Llosa- se estrelló ante un aplastante 64% de Fujimori. El liberalismo económico, nunca mejor dicho, salió con las tablas en la cabeza; Vargas Llosa. De ahí que decidiera no volver a poner un pie en la política profesional, tal y como lo explicó largamente en El pez en el agua donde da cuenta de los años que transcurrieron desde la improvisada movilización popular de la Plaza de San Martín en oposición a la política de Alan García, en 1987, hasta la definitiva derrota ante Fujimori.

Todavía los hay entusiastas o cándidos, como el poeta Luis García Montero

“Hay intelectuales que se esconden en la Literatura para no mezclarse con el mundo que les ha tocado vivir”, escribió, magnífico, Ramón Lobo justamente para referirse a la vocación afirmativa de Vargas Llosa, quien como reconoce la Academia sueca, “se ha mojado en cada uno de sus textos desnudando los regímenes corruptos que han causado grandes daños al continente”. No en vano, el peruano se ha posicionado en casi todos los temas: desde el nacionalismo catalán hasta Hugo Chávez. Vargas Llosa apoyó a UPyD, la formación política de Rosa Díez, en cuyas listas por el senado participó, en 2011, el escritor Álvaro Pombo.

Los hubo también impresentables, magníficos y contradictorios portentos. Aficionado a la vela, capitán en su nave editorial y la que atracaba en Calaffel, Carlos Barral no sólo podría jactarse de ser una de las voces de la generación de los 50 –junto con José Agustín Goytisolo y Jaime Gil de Biedma-, ni de haber publicado a los novísimos o de haber apostado por la primera novela de Vargas Llosa, La ciudad y los perros. Creador de auténticas repúblicas librescas como el premio Formentor, el Biblioteca Breve y el premio Barral de novela, el editor y poeta fue además senador por Tarragona en 1982 y parlamentario europeo por el PSC-PSOE.

Muchos escritores, hundidos hasta la coronilla en el espeso fango de lo político –muy distinto de la política- han terminado difuminados, confundidos entre la obra y el panfleto; hay quienes, en cambio, han levantado una personalidad literaria en sus naufragios políticos, ahora travestidos en obra. Jorge Edwards cobró notoriedad en 1973 al publicar Persona non grata, libro en el que recogía su breve pero conflictiva estancia como diplomático del Chile de Allende en la Cuba de Castro. Símbolo del escritor político, sin duda el premio Nobel Pablo Neruda es un ejemplar de la república libresca. En 1936, mientras permanecía en Barcelona como cónsul chileno y tras su profunda implicación en la guerra civil española, Neruda fue senador a partir de 1945, año en que ingresó al Partido Comunista de Chile. Tres años más tarde, obligado por la Ley de Defensa Permanente de la Democracia promulgada por Gabriel González Videla, que declaró ilegal al Partido Comunista, comenzó su largo viaje al exilio.

En las elecciones de 1990, el liberalismo económico salió con las tablas en la cabeza

Avanzar en esta senda nos coloca en el amplísimo abismo por el que se despeñó buena parte de los intelectuales y escritores del siglo XX. Los hubo lúcidos a la vez que desatinados equilibristas. Albert Camus, por ejemplo, nunca fue militante en otra causa que no fuera la independencia. Opositor de la gauche francesa –sonadas fueron sus polémicas con Sartre en ocasión del estalinismo- y acusado de no tomar partido en el conflicto argelino, el premio Nobel Albert Camus no se apuntó a juicios sumarios contra los hombres de Vichy tras la liberación de París. No pidió cabezas y hasta fue acusado por el comunista Pierre Hervé de compasivo. Pidió clemencia para Robert Brasillach, periodista colaboracionista juzgado en 1945 quien fue declarado culpable de traición y sentenciado a muerte. Esa búsqueda del equilibrio lo llevó exculpar en alguna ocasión a unos cuantos, de la misma en que le hizo cargar tintas contra aquellos que juzgaban la privación de libertad de expresión bajo Stalin pero no bajo el régimen franquista, tal y como le reprochó a GabrielMarcel en diciembre de 1948. Muchas de esas obsesiones están recogidas en sus recopilaciones ensayos y artículos publicadas entre 1946 y 1951: Ni víctimas ni verdugos y Justicia y odio.

En una generación literaria especialmente politizada como la del Boom latinoamericano, no faltaron entusiastas y militantes. Sin embargo, toca diferenciar nuevamente lo político de la política. De pronunciarse a militar en una causa, de tomar partido a ser electo, hay una abundante y espinosa distancia. Los escritores de las generaciones previas al boom –especialmente la de quienes habían nacido al final del XIX y comienzos del XX- no lo dudaron un minuto al momento de dar un paso al frente. El primer presidente democráticamente electo de Venezuela, en 1947, fue el novelista Rómulo Gallegos, aunque fue derrocado a los pocos meses por una junta cívico-militar. Por el mismo año, en 1945, pero al otro lado del mar, André Malraux se incorporó al Gobierno provisional de Charles de Gaulle y entre 1959 y 1969 fue ministro de Cultura, al igual que Jorge Semprún.

José Antonio Labordeta fue diputado en el Congreso por la Chunta Aragonesista. El economista y escritor José Luis Sampedro fue senador; Camilo José Cela trabajó en el Cuerpo Policial de Investigación y Vigilancia del Ministerio de la Gobernación del régimen franquista y el ensayista y sociólogo Enrique Tierno Galván fue, además, uno de los alcaldes más recordados de Madrid.


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