Cultura

Sam Byers, novelista revelación en Reino Unido: "Mi generación se sabotea a sí misma"

Idiopatía, su primera novela publicada, le valió elogios en The Guardian y The New York Times. Concebida como un ácido e hilarante retrato de un grupo de treinteañeros demasiado obsesionados consigo mismos y oprimidos por sus miedos y compusiones, Byers consigue crear un artefacto irónico, no exento de risa, pero tampoco de veneno.

Sam Byers
Sam Byers

Es una novela directa, inteligente, tan ácida como triste; irónica e hilarante, sin voluntarismos ni ñoñeces; tan falta de lirismo como cargada de poesía. Se trata de Idiopatía, la primera novela publicada por el escritor británico Sam Byers (1979) y traducida al español por Siruela. Publicada el año pasado en el Reino Unido, fue recibida con elogiosas reseñas por los críticos de The Guardian y The New York Times, quienes coincidían al referirse a ella como el retrato de una generación infantilizada y demasiado volcada en sí misma. El desfile de personajes propone sin embargo algo mucho más complejo y elaborado que una novela que pretende fotos fijas y retratos de grupo. Byers no hace eso. Hace mucho más.

Idiopatía usa el humor para huir del sentimentalismo. Levanta un raro espejo en el que es posible, a veces, reconocer un lacerante aire de familia.

Katherine tiene 30 años. Vive en Norwich, trabaja como gerente de riesgos laborales de una empresa, vomita casi todo lo que come, ha intentado suicidarse sin éxito, no toma posición con respecto a nada y se detesta a sí misma la mayoría del tiempo. Daniel, su ex pareja, tiene su edad, es el director de comunicación de un prestigioso instituto científico e intenta tener algo parecido a una relación con una chica que promete lo que una hamburguesa de McDonalds –lo que ves, es lo que hay-. Nathan, también en la treintena, acaba de salir de un psiquiátrico tras varias tentativas –fracasadas- de quitarse la vida y ahora, de vuelta en la casa familiar, debe sobrellevar a su madre, quien se ha hecho famosa en Twitter al publicar un libro sobre cómo superó la decepción de un hijo inestable. No le falta razón a Sam Byers al afirmar que su generación se sabotea a sí misma. Una ventisca de soledad y exasperación los recorre, los acerca al lector.

Pero las cosas no terminan ahí. Convocados para reunirse, Katherine, Daniel y Nathan, después de un año sin verse, todo parece apuntar al desastre. A su alrededor una enfermedad contagiosa idiotiza a las vacas y hace su carne incomible. Ellos, como el ganado, experimentan un malestar afectivo, sentimental, miran al vacío con ojos bobos y el alma abotargada. No son capaces de lo más básico. Ni siquiera pueden cuidar de sí mismos. Y ahí radica la belleza y potencia de esta novela, en cuyas páginas Byers consigue una historia elegante, que usa el humor para huir del sentimentalismo a la vez que levanta un raro espejo en el que es posible, a veces, reconocer un lacerante aire de familia.

-La crítica se ha referido a Idiopatía como el retrato de una generación sola, obsesionada consigo misma. Pero hay algo más fuerte que une a los tres personajes: ninguno ejerce el libre albedrío. Lo que piensan es distinto de lo que deciden .

-Vivimos en un mundo donde te dan demasiados consejos: libros de autoayuda, Internet, excesiva información en los medios de comunicación y las redes sociales. El efecto de tanta información crea esta imagen mítica de la persona perfecta que deberíamos llegar a ser. Mi generación tuvo el privilegio de retrasar la adultez. En este enorme período extra de tiempo, los que hoy tienen 31 o 32, se enfrentan a esa idea irreal de perfección. Por eso, todos los personajes sienten que nunca hacen nada los suficientemente bien.

"Somos una generación entregada a pensar demasiado en sí misma y que se sabotea".

-Pero no hacen nada para remediarlo.

-Exactamente. Están completamente paralizados por la reflexión sobre sí mismos. Se analizan hasta un punto en el que es difícil para ellos saber qué siente o quieren. Somos una generación entregada a pensar demasiado en sí misma y que se sabotea.

-Cada uno de sus personajes tiene una relación infantil, casi atrofiada, con cosas básicas: la comida, la enfermedad, la familia.

-Ese sentido de hipocondría emocional es común en todos personajes, porque sienten que nadie cuida de ellos y que son incapaces de cuidar de nadie, ni siquiera de ellos mismos.

-Las relaciones afectivas –desde las madres hasta la parejas- son disfuncionales.

-Si no estás acostumbrado a que alguien se haga cargo de ti ni tú hacerte cargo de nadie, surge la parálisis de la que hablamos. Y eso interfiere con todas las relaciones afectivas. Los personajes entran en ese momento de la vida en que piensan tanto en sí mismos que ni siquiera saben si se gustan o no. Katherine no lo sabe. Daniel tampoco. Ningún personaje sabe si le gusta la persona en la que se ha convertido. Están constantemente saboteándose y ejerciendo un tipo de violencia contra sí mismos. De ahí que no sean capaces de cuidar de sí mismos. Que estén obsesionados con la enfermedad. De pequeño, fui un niño muy enfermizo, para mí la enfermedad se convirtió en un filtro para entender a los otros. Además, vivimos en una sociedad volcada excesivamente en la salud, en qué es saludable y qué no. Todos los personajes están a la vez tan obsesionados con eso que terminan haciéndose daño.

-Esta epidemia que se esparce en el ganado, una reminiscencia de las vacas locas, recuerda a una canción de Morrissey, The Lazy Sunbathers, en la que anuncian la Guerra Mundial pero nadie se da por aludido.

-Sí, esa es una de las cosas que buscaba. Vivimos en la era del individuo. Estamos muy volcados en lo que experimentamos o sentimos y sin embargo somos incapaces de cuidarnos de nosotros mismos o entrar en relación con la realidad. La experiencia filtrada por los medios acelera esa distancia, ese bucle.

-Katherine dice que le gustan los informativos porque se parecen a la vida, o ella cree que representan la vida.

-Pero tampoco es capaz de tomar una posición con respecto a nada de lo que ve. 

"Todos los personajes en el libro han perdido algo. Y están excesivamente atentos a esa fugacidad"

-Hay una idea constante en el libro: las cosas no duran, se rompen, se estropean.

-Todos los personajes en el libro han perdido algo. Y están excesivamente atentos a esa fugacidad a la que te refieres. En un nivel es bueno saber que nada dura para siempre o no será permanente, pero si llevas eso muy lejos, ocurre lo contrario: no cuidas nada porque no va a durar. Y si llevas eso mucho más lejos, pues nadie encontrará sentido en preocuparse por el otro, por el mundo, por el ambiente, y en el fondo, de ti mismo. Es el vacío total.

- Esta es una historia de chicos instruidos, de clase media. No es un retrato transversal. Y aunque tu intención no era un retrato en sí, en el fondo lo consiguió.

-Es difícil generalizar en la palabra generación y creo que cuando se aplica al libro, no es un concepto global: se refiere a un adulto blanco, de 30 o 31 años, de clase media, educado y del mundo Occidental. Y es justamente sobre ese grupo del que habla este libro. A mis personajes les preocupa el amor, no el dinero. El hecho de que tengan tanto tiempo para pensar en sus sentimientos, da la idea de que viven muy acomodados. Nunca quise que fuesen representativos de una generación. Pero creo al mismo tiempo que, como novelista, creo en una cierta voluntad de apresar fenómenos de mi tiempo y mi cultura. Yo espero que en 20 o 30 años, el libro actúe como un retrato de un grupo específico, en un tiempo específico y en un lugar específico.

"Es difícil generalizar en la palabra generación y creo que cuando se aplica al libro, no es un concepto global"

-La madre de Natham, que se convierte en una Madre Coraje en Twitter. Hablemos de ella. Lo curioso es que sea una mujer mayor la que se vuelque en las redes sociales.

-Quería incluir las redes sociales en la novela. Cuando estaba escribiéndola, todavía no se sabía muy bien cómo lidiar con el tema de la tecnología en la ficción. ¿Se escriben correos electrónicos en la novelas, se tuitea? Entonces no. La ficción contemporánea no estaba muy habituada a reflejar la tecnología. De ahí que usara a la madre de Nathan. Me pareció más interesante revertirlo y que alguien mayor lo usara y, paradójicamente, generara un sentimiento de alienación sobre un personaje más joven. La madre de Nathan participa de este auge de la autoayuda, una industria que saca ganancias de las miserias de otros, que usa su dolor para atraer la atención y el reconocimiento. Ella encierra esa idea de que no hacemos más que promocionarnos a nosotros mismos. Convirtiéndonos en una persona-marca.

-Pienso en Tao-Lin. Un autor que me parece tremendamente sobrevalorado. Supuestamente depositario de una narrativa asentada en la forma, extraña y distante, que ofrecen las plataformas tecnológicas para comunicarse. Tú haces lo contrario: tus personajes parecen más vivos.

-A mí sí me gusta Tao-Lin.

"La madre de Nathan participa de este auge de la autoayuda, una industria que saca ganancias de las miserias de otros"

-Lo siento.

-No, no, está bien. Comprendo que te parezca demasiado mediatizado. Tai Pei por ejemplo es un libro tremendamente triste. Y creo que entiendo lo que trata de hacer: busca crear seres distantes, alienados. Y se vuelca completamente en g-chat, las plataformas 2.0…

-Pero, inisto, ese no es tu caso.

-Crecí en una casa llena de libros. Mi padre trabaja con educación especial. Mi madre es profesora de literatura. Viví en el campo, con largos periodos de tiempo solo en los que cultivé la imaginación leyendo. Leí una selección de lo más bizarra, desde mucha contemporánea hasta libros de moda en los sesenta y los setenta, un tipo de libro en el que entraban Hunter Thompson o Tom Wolfe… y eso me marcó. Durante mucho tiempo experimenté el mundo a través de los libros. Es mi adolescencia eso fue especialmente difícil. Estaba demasiado retraído. Al llegar a la Universidad todo cambió. Yo sufro lo contrario que mis personajes: mis treinta han sido sin duda los mejores años de mi vida. Disfruté mis 20, pero en los 30 realmente es que tengo madurez para disfrutar mi edad. Yo no siento la ansiedad de mis personajes. No veo los 30 como una crisis.


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