Cultura

Philip Roth: "Decidí dejar de escribir después de releer los 31 libros que había publicado"

En una entrevista concedida a Daniel Sandstrom y parcialmente publicada en The New York Times, el novelista estadounidense se reafirma. No volverá a escribir. El Nobel, dice, le pilla lejos. Y, sinceramente, le da igual.

El escritor Philip Roth.
El escritor Philip Roth.

Philiph Roth, Premio Príncipe de Asturias 2012, tuvo como maestros a Bernard Malamud y Saul Bellow; como contemporáneos a Thomas Pynchon, John Updike o Normal Mailer. Es, para muchos, el único superviviente de una generación decidida a crear la gran novela norteamericana. Y sin embargo, a sus 89, lo ha decidido: abandona la escritura.

Así lo dijo hace unos meses y se reafirma. Esta vez en una entrevista concedida a Daniel Sandtrom y publicada en The New York Times. “Después de sentarme a releer los 31 libros que había publicado entre 1959 y 2010, decidí dejar de escribir. Quería ver si me perdí mi tiempo. Nunca se puede estar seguro”, afirma el escritor.

Nacido en Newark, Nueva Jersey (Estados Unidos) el 19 de marzo de 1933, es el segundo hijo de una familia judío-norteamericana emigrada de la región europea de Galitzia (Ucrania). Roth, quien dice que escribir es como bajar todos los días a la mina, tiene un estilo demoledor e irónico. A diferencia de John Updike, el cronista de la clase media americana, Roth concentró su energía en una ficción rabiosa y polémica. En su obra ha abordado y descrito la Gran Depresión, la Segunda Guerra Mundial o el macartismo. "Su chorro de creatividad es casi shakespeareano", declaraba a finales de los noventa el crítico Harold Bloom.

Desde que en 1959 publicara Adiós Columbus, la polémica y el éxito han marcado su carrera como la de ningún otro autor. A raíz de la publicación de ese volumen de historias de judíos-estadounidenses que abandonaron los guetos de sus padres y abuelos para ir a la universidad, trabajar y vivir en los suburbios, la crítica literaria se fijó rápidamente en el joven autor, tanto que el libro obtuvo el National Book Award de 1960.

Desde que en 1959 publicara Adiós Columbus, la polémica y el éxito han marcado su carrera como la de ningún otro autor.

Nueve años después, las confesiones sobre el desasosiego y frustraciones sexuales de Alexander Portnoy –un hombre proveniente de la clase media judía de la Nueva Jersey de los años 40- le valieron a Roth los ataques de rabinos y feministas, los primeros le llamaron judío antisemita y las segundas misógino. En El lamento de Portnoy (1969) Roth se reía, a carcajadas, no sólo de las costumbres judías sino también del sueño americano. Y lo hacía a su manera, sin pelos en la lengua.

Justamente sobre ese tema, la misoginia –y el antisemitismo- habló también Roth con Sandstrom. “Sería absurdo pensar que he levantado mi obra a partir del odio a las mujeres. Además, todos me culpan como si hubiese sido yo el que vomitó 50 años de opreasión sobre ellas”; dijo.

Para algunos, la verdadera destreza del autor de El teatro de Sabbath (1995), Pastoral Americana (1997) y La mancha humana (2000) está en su capacidad para hacer que el lector permanezca con los ojos abiertos ante los momentos más desagradables de la existencia cotidiana. Lo hace en Patrimonio (1991), cuando el narrador se convierte en testigo de la agonía y muerte de su padre. Lo hace, en distintos momentos de su obra, con la enfermedad o la vejez.

"Después de sentarme a releer los 31 libros que había publicado entre 1959 y 2010, decidí dejar de escribir"

Para la crítica norteamericana, a partir de La mancha humana (2000) y de otros títulos como títulos como El animal moribundo, La conjura contra América, Everyman, Sale el espectro, Indignación y Humillación, Philip Roth, en lugar de recurrir a lo mejor de su escritura, parecía comenzar a repetirse. Esa era la idea de fondo que compartían las columnas de libros hasta la llegada de octubre de 2010, cuando se publicó Nemesis, la que para muchos fue, con diferencia, una de sus mejores obras.

Con esta, cerraba Roth el ciclo de cuatro novelas cortas que había comenzado con Elegía, título con el que regresó, nuevamente, al escenario de su infancia. El tema de la novela es la epidemia de polio que asoló Estados Unidos durante el verano de 1941. En sus páginas, Roth retoma el tema de la peste, tratado por Daniel Defoe y Albert Camus. El trasfondo, en este caso, es la II Guerra Mundial, con sus atrocidades, resumidas en una imagen tan literaria como terrible, donde Roth explica cómo cavar una tumba; una estampa en la que reparó además J.M. Coetzee como una lección tanto de vida como de muerte, y a la que se refirió como una especie de credo en el que Roth, afrontando la muerte, ve la posibilidad de aprender a vivir, únicamente, a través de la escritura. 

Sobre lo que de su obra se dice o se piensa, la a igual. El Nobel no le quita el sueño –aunque años tras año suena su nombre-. “Es mi destino cómico ser el escritor que otros han decidido que soy. Practican una forma bastante común de control social: No es lo que crees que eres. Es lo que elegimos para que usted sea”.


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