Cultura

Alberto Olmos: "La novela no está agotada, eso lo dicen quienes están cansados de escribir sobre sí mismos"

Lo suyo son las opiniones incendiarias, el lingotazo de gasolina sobre alguna herida abierta o un texto mal escrito. Alberto Olmos (Segovia, 1975) presenta su más reciente novela, Alabanza (Random House, 2014), que reivindica la literatura a la vez que pronostica su muerte.

El escritor Alberto Olmos (Segovia, 1975).
El escritor Alberto Olmos (Segovia, 1975). Europa Press.

Sebastian Bel es un hombre que alguna vez se llamó de otra manera; alguien que no está enamorado; que ha ido a encerrarse a un pueblo, y no cualquiera, para escribir un volumen de cuentos que ya no es capaz de alumbrar. Sebastian Bel es un desertor a quien sus editores odian por haberse pasado a la enfangada orilla del bestseller; un cobarde; alguien redimido y a la vez descastado; un héroe al uso -algo remoto- como el Lucien de Rubempré de lasIlusiones perdidas o el Julian Sorel de Rojo y Negro, muchachos de provincias que llegan del campo a la ciudad. Será alrededor de él, de ese hombre con nombre de grupo indie escocés, que se pondrá en marcha la historia de Alabanza (Random House, 2014), la nueva novela de Alberto Olmos; una de verdad, asegura él. 

Atrás quedó el Olmos cándido que con su primera novela -A bordo del naufragio- quedó finalista del Premio Herralde 1998 concedido a un entonces discretísimo Roberto Bolaño. Tras tocar temas que iban de lo urbano y cosmopolita -Trenes hacia Tokyo (Lengua de Trapo)- pasando por lo femenino –El Estatus (Lengua de Trapo)- hasta la crucifixión del 15M –Ejército enemigo (Random House)-, Alberto Olmos (Segovia, 1975) ahora se las ve con el fin de la literatura. Ambientada en el año 2019, en Alabanza han ocurrido casi todas las catástrofes imaginables: Bob Dylan ha ganado el Premio Nobel de Literatura; los suplementos culturales han desaparecido y la literatura, tal y como se conocía hasta ahora, ha pasado a mejor vida. Una bocanada calentita, casi a lo Bradbury pero verosímil, para empujar en el aire la burbuja literaria. ¡Plop!

Concebida con los modales clásicos de la novela –estructura de tres apartados, con dosificación de la intriga, incluso empleando una lógica que todavía entiende a este género como retrato humano- Alabanza se desarrolla en un mundo en el que el amor es un ejercicio de estilo; la identidad es lo que nos distingue por nuestras debilidades y los libros se han convertido en un artefacto anacrónico. Aunque se nos presente como tal, no es un libro apocalíptico, tampoco una novela de escritores que escriben sobre escritores; es, sin más, un elogio de la literatura.

-Este no es otro libro sobre la crisis económica, pero... ¿lo es realmente sobre la crisis de la literatura?

-Espero que así sea, porque hay bastantes páginas dedicadas a detectar, a futuro, algunas fallas del sistema editorial.

"Aunque esta no es una novela sobre la crisis, aquí hay más trabajo sobre ese tema que en muchas novelas al respecto, que están escritas de oídas".

-No hablo del fin del negocio, sino del fin de la literatura en sí misma. La novela plantea todo lo contrario. Acaso que la literatura es más necesaria que nunca.

-Por eso el título es Alabanza. Fue uno de los sentidos que quise darle, además de la referencia a un libro del siglo XV, Menosprecio de corte y alabanza de la aldea, de Fray Antonio de Guevara, que es una alabanza al campo. Sin embargo, aunque digas que esta no es una novela sobre la crisis, aquí hay más trabajo de ese tema que en muchas novelas al respecto que están escritas de oídas.

-No queda títere con cabeza en Alabanza: ni editores, ni críticos ni periodistas. Al escritor le retrata como a un desertor, alguien que deja la ‘alta literatura’ para escribir bestsellers.

-No es nada nuevo. Hay mucha gente que plantea a sus editores un pseudónimo para escribir un best seller o gente que, muy conscientemente, comienzan a escribir libros para un público mayoritario.

"Es una novela de desclasamiento. Sebastián es de pueblo y no quiere serlo. Para salvarse en esa cadena trófica social opta por la literatura".

-Lo curioso es que Sebastián todavía cree en algo como la alta cultura; ve en ella un mecanismo de ascenso social.

-Es una novela de desclasamiento. Sebastián es de pueblo y no quiere serlo. Para salvarse en esa cadena trófica social opta por la literatura. Porque en las clases sociales, todos respetan al escritor, está como al margen. Aunque luego no sea así.

-Pero esta no es la historia de un escritor, sino la de alguien que huye.

 -A mí me gustan las novelas que lo parecen. Donde hay un desarrollo y unos conflictos que hacen que el libro crezca en lugar de ser una suma de textos escritos en los últimos 15 años y que se publican como una novela porque a mí me ha dado por llamarla así. No creo que las historias ni la novela estén agotadas, quienes dicen eso es porque tienen 50 o 60 años y están cansados de escribir sobre sí mismos.

-Alabanza trabaja la identidad como debilidad. Somos reconocibles por aquello que nos hace vulnerables ante el resto. Y Sebastián se siente así: menos que el resto.

-En un comienzo sí. Se convierte en un triunfador y luego en un traidor por abandonar el linaje que defiende la pureza de la literatura.

"No creo que la novela esté agotada, quienes dicen eso porque tienen 60 años y están cansados de escribir sobre sí mismos".

-Sebastián tiene mucho de Alberto Olmos: es seco, irónico, algo antipático y parco. ¿Detesta usted la provincia tanto como él?

-En mi caso no. Hay algún escritor joven de provincias que omite dónde ha nacido y en cambio coloca que vive en Barcelona. Eso sí es detestar ser de provincias. En un comienzo, lo admito, me sentí deslumbrado por la modernez, como Ray Loriga con Nueva York. Pero como dice Camilo José Cela, uno no es de un sitio impunemente. Cuando lo entiendes no tienes que huir de ninguna parte. Si hice una novela sobre el campo, es porque tengo un conocimiento sobre eso. Pero hay algo curioso: en España la posmodernez la proponen los de provincias. Por ejemplo, Fernández Mallo es de Coruña. Ningún escritor quiere parecer de pueblo, con el botijo…

-La tragedia de Sebastián se produce por 8 metros de tierra. ¿Esa España no estaba superada?

-Una de las intenciones de esta novela es que existiese un retrato por generaciones. Desde la urbana que comenzó en los ochenta, hasta la vida de los pueblos, en donde alguien se mata por un pedazo de tierra. 

-Alabanza es un tríptico. Broma, la primera parte, parodia situaciones supuestamente urbanas; Prejuicio mete el diente en la vida de provincia y Mentira... ¿señala directamente a la literatura?

-También a la relación de pareja. Claudia, la novia de Sebastián, está siendo de algún modo engañada y eso también plantea el amor como un engaño. Vuelvo a lo que comentaba: en este país cada vez se hace menos. Esto es una novela. Aquí hay un trabajo de composición. En las reseñas nadie habla de los aspectos técnicos de un libro. Yo de una novela lo que quiero son los conceptos clásicos: la primera frase es importante, el final es importante, la composición y la estructura son importantes. Eso se ve en las novelas de Richard Ford, lo que pasa es que en España somos muy malos novelistas.

"El trabajo ténico se ve en las novelas de Richard Ford, lo que pasa es que en España somos muy malos novelistas".

-Tenga cuidado, eso es un titular.

-Pero está demostrado. En las listas de las mejores novelas poquísimas veces o casi nunca conseguirás a un español. Desde que Cervantes perdió el burro y Sancho Panza, confundimos: una cosa es tener talento y otra escribir una novela como Dios manda.

-En todo este asunto usted es juez y parte. ¿O me va a decir que Hikikomori no es una tribuna?

-Es un blog, como podría tenerlo cualquiera. Yo no escribo en El Cultural, ni Babelia. Esos sí son juez y parte. Lo mío es totalmente marginal. A mí ningún medio de circulación nacional me paga por escribir bien de mis amigos.

-¿Por qué escribió Alabanza? ¿Se estaba probando algo a sí mismo?

-Quería hacer una novela larga, ambiciosa. Tengo ya 39 años, la vida te va desgastando y en el mundo literario todavía más. Porque, si llego a los 50 como hasta ahora…

-¿Lo dice por...?

-Ignacio Echevarría ha dedicado tres o cuatro columnas enteras a meterse conmigo. Eso es incómodo y cargante. Y yo tampoco he ganado un premio como para recibir tantos palos. Escribo mis novelas por contraste: si ya había escrito una novela urbana con estilo directo y muchos tacos, quise plantear una totalmente contraria. Y además, soy de Segovia y esperaba el día en que pudiese y quisiera acotarlo. Un libro honesto tiene que ser autobiográfico hasta cierto punto. Yo no uso el esperpento, pero sí la exageración.

"El que va a una librería buscando algo como Nabokov no va a perder el tiempo en un bestseller".

- ¿A quién le importa realmente hoy lo que hace un escritor? ¿No es todo el dogma de una fe que ya no sirve?

-Jonathan Franzen dice que la literatura dejó de ser importante; Phillip Roth, que en Estados Unidos apenas 75.000 personas lo leen. En España esa cifra puede alcanzar entre 6.000 y 10.000 personas a quienes interesa la gran literatura. El que va a una librería buscando algo como Nabokov no va a perder el tiempo en un bestseller. A lo mejor un suplemento de bonsáis vende más publicidad que un suplemento de libros. Y ante las cuentas, cualquier director en su sano juicio los cerraría. Eso sí que sería el acabose de la literatura. La gente no se imagina cuán poco vendemos. Las cifras reales no se conocen. 

-Está diciendo esa frase en las oficinas del monstruo que se hizo con Alfaguara.

-Todo el mundo sabe que los libros literarios no se venden.

-Si bien hay algo de tópico, también existe un rasgo endogámico y onanista en la práctica literaria, una enfermedad del propio ego. Su personaje está poseído por ese mal.

-Sí, es cierto. Pero también es cierto que se transmite mal lo que hacemos. El prestigio literario está tan prefabricado como el del bestseller.

-En el libro le mete un buen palazo a los editores independientes. A ellos y a los grandes, pero a los pequeños sellos les acusa de colocar libros que no se venden.

-Hasta cierto punto es comprensible: buscan no hundirse. Pero creo que, en general, debería de hacerse un estudio serio de cuántos lectores podemos llegar a tener; un informe que aclarase por qué la proliferación de sellos que venden poquísimos ejemplares. Hay demasiadas editoriales. Cuando uno dice esto, la gente se lleva las manos a la cabeza como si estuviera atentando contra la libertad de empresa. Pero es que es muy sencillo: hay más escritores que lectores.


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