Cultura

Madame, señora o adúltera: diez formas distintas de leer a la Bovary de Flaubert

Nunca la historia de un adulterio en una ciudad de provincias fue tan universal. Defendida en su día por Baudelaire, reivindicada por Zola, rescatada por Sartre y amada por Nabokov, esta novela de Flaubert no prescribe. He aquí una decena de traducciones.

El retrato de Lady Agnew of Lochnaw, de Sargent, ha servido para ilustrar al personaje de Flaubert.
El retrato de Lady Agnew of Lochnaw, de Sargent, ha servido para ilustrar al personaje de Flaubert. CC

Es uno de los personajes más contemporáneos de la literatura europea y eso que ya tiene casi dos siglos desde que Gustave Flaubert la creó. Escribiéndola, Flaubert nos abocetó a todos. Su compulsión y aparente frivolidad nos anticipa y explica. Se trata de Madame Bovary, esa joven de provincias, encarnación perfecta de la insatisfacción que todo lo arrasa. Justamente por eso, porque el drama de Emma Bovary no prescribe, desde hace ya algunos años distintos sellos han ofrecido relecturas, traducciones y versiones revisadas del clásico.

De las más grandes novelas que sobre el vacío se hayan escrito jamás, este drama local cuenta la historia de Emma Bovary, mejor dicho, de Emma Rouault, una joven de un pequeño pueblo normando quien tras casarse con Charles Bovary, joven médico que recién enviuda tras un esperpéntico matrimonio, lleva una vida aparentemente tranquila. Emma no tiene obligaciones que atender. Se le va el tiempo leyendo folletines con los que alimenta una serie de ensoñaciones, las mismas de sus héroes literarios. Comienza así una especie de enloquecimiento cervantino. Ella, como Alonso Quijano con las novelas de caballería, se entrega a la insistente ensoñación sobre la vida en la ciudad, ese laberinto de pasiones tan lejano de su vida de provincias.

De no haberse casado con un medicucho sin futuro, piensa Emma, viviría de baile en baile y de arrebato en arrebato. Ella, que se siente llamada a ser amante de vizcondes y a desatar pasiones desenfrenadas, comienza a encadenar una serie de experiencias que hacen de sucedáneos. Y así, en su deseo perpetuo, todo lo confunde: “Las sensualidades lujosas, con los goces del corazón, y las galanterías, con los sentimientos delicados”, escribe Flaubert en lo que puede parecer el retrato de una necia, una mentecata, la misma que todavía nos fascina justamente por su candidez y brutalidad. El filósofo francés Jules Gaultier llamó bovarysmo al hábito de evadirse de una realidad insatisfactoria, y Mario Vargas Llosa se confesó en las páginas de La orgía perpetua un enamorado de tan singular dama, dueña de esa cabeza llena de fantasmagorías de la que él ha sido casi siempre el eterno prologuista. Pero volviendo al tema. En el caso de Emma Bovary, el asunto no está en desear, sino en lo que ese deseo hace con todo cuanto consigue a su paso.

Según el escritor Andrés Ibáñez, la primera traducción de Madame Bovary al español ocurrió a fines del siglo XIX, y estuvo a cargo del músico y médico Amancio Peratoner (seudónimo de Gerardo Blanco). Cabe destacar que se tomó algunas libertades, la más lesiva de ellas el título, que pasó de Madame Bovary a ¡Adúltera! A esa siguieron la de Pedro Vances para Espasa Calpe y la de José Pablo Rivas para Calleja. También están las ediciones que hicieron Plaza & Janés, con traducción de Juan Rius (Plaza & Janés), la de Consuelo Bergés –traductora también de Stendhal y Proust- para Alianza Editorial, sin duda una de las más leídas; la de Julio C. Acerete (Bruguera), la de Carmen Martín Gaite (recuperada por Tusquets en 1993) y la de Juan Bravo Castillo, que sustituyó a la anterior traducción de Espasa Calpe.

A esta lista habría que agregar tres nuevas versiones editadas en los últimos años. Dos de ellas se publicaron en 2014: Madame Bovary. Costumbres de provincia, con traducción, introducción y notas de Jorge Fondebrider y la versión traducida por Mauro Armiño, con prólogo de Mario Vargas Llosa, publicada también el verano pasado por Siruela. La Bovary de Fondebrider, publicada por el sello Eterna Cadencia, está acompañada de notas que permiten una mejor comprensión de la historia, de la cultura y de la sociedad francesa de la época, justamente por su especificidad. En ellas se incluyen, por ejemplo, las notas que se nutren de la experiencia de traductores anteriores, así como de las reflexiones de los escritores que se interesaron en la novela, entre ellos Nabokov y Vargas Llosa. La segunda, de Siruela, tiene un plus: los tres fragmentos hasta ahora inéditos, y en los que Flaubert se revela como un autor meticuloso y exigente con su prosa. No son definitivos para la comprensión total de la obra, pero sí revelan algunas estampas y prejuicios de la época, como ocurre con el pasaje Una discusión sobre libros. En este fragmento el prejuicio de la lectura femenina arroja luz y dota de sentido muchas oscuridades sobre la concepción femenina del lector, visto a través de Madame Bovary como ser influenciable y débil.

Por último, y no por una cuestión de valoración sino por lo polémico e interesante del volumen, toca citar La señora Bovary, una traducción de María Teresa Gallego Urrutia publicada por Alba Editorial hace ya dos años. “Al principio no me atrevía a cambiar los títulos, pero está superado. Se trata de buscar el rigor”, dijo en su momento Luis Magrinyà, director de la colección de clásicos de la editorial, ante el reclamo de muchos lectores, que se sintieron despistados. Todavía mejor fue la respuesta de Gallego Urrutia: “Yo traduje Juicio y sentimiento de Jane Austen y todos los años hay señoras en la Feria del Libro que dicen ‘ay, este no lo tengo’, a lo que les respondo: ¿tienen Sentido y sensibilidad? Pues es el mismo, pero bien traducido”.


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