Cultura

George Saunders y su sobrevalorada pandilla de perdedores

La editorial Alfabia ha publicado en España Diez de diciembre, un volumen que se hizo con la vitola de “libro del año” según The New York Times y que gozó de las mayores alabanzas, incluidas las de Jonathan Franzen. Un Saunders que vuelve a la miseria y los personajes marginados se muestra potente, ¿pero lo suficiente para llegar a la expectativas que despiertan quienes le encumbran?

El escritor nrtemaericano George Saunders.
El escritor nrtemaericano George Saunders.

George Saunders era un estudiante de ingeniería en Texas. Un chico americano, de esos saludables y conservadores: votaba a Reagan y leía a Aynd Rand. Hasta que se topó con un cuento de Raymond Carver. La América miserable que retrató el autor de Tres rosas amarillas corrigió sus miopías morales y acaso literarias. Pasaron los años. Saunders entró a trabajar en una petrolera en Sumatra, todavía con el picor de la escritura escociéndole las manos. Y así lo hizo. Comenzó a escribir. Hoy es una reliquia de la capilla literaria. Jonathan Franzen le alaba y The New York Times envolvió con la vitola “el mejor libro para leer este año” a Diez de diciembre, una colección de relatos finalista del National Book Award del 2013, editada tras seis años de silencio de Saunders, y que llega ahora a España traducida por Ben Clark y publicada por Alfabia.

Los años de trabajo en una multinacional le dieron a Saunders perspectiva y tesón, dos adquisiciones de las que echó mano con motivos literarios. Perspectiva para posar los ojos en las clases marginadas, en los perdedores, los atrofiados; y tesón para escribir las historias de aquellos desgraciados que él colecciona como si de un álbum de veteranos de una guerra urbana se tratara. En sus libros, predominan los personajes horadados,apartados; hombres y mujeres que habitan universos tan hilarantes como precarios y que desfilan en los diez relatos del volumen que Alfabia acaba de publicar: presos sometidos a experimentos en una farmacéutica; niños atados a un árbol por madres desquiciadas; una familia miserable que se endeuda para decorar su jardín con una jaula de humanos; la retórica motivacional de los departamentos de recursos humanos como piedra de la peor calidad para aspirar en una vida de mierda; gente que desea cosas que no posee, ni llegará a poseer jamás; seres que pertenecen a una América rural y suburbana; una pandilla apartada, acaso detestable. El humor puede que sea su arma mejor utilizada para retratarlos. La más cruel.

“Me gusta aquello que decía Chejov de que todo hombre feliz debería guardar en el armario a un hombre desgraciado con un martillo cuyo constante golpeteo le recuerde que no todo el mundo es feliz”, le dijo George Saunders a César Rendueles, para quien Diez de diciembre resulta un libro tan potente como sus dos volúmenes de relato anteriores Guerracivilandia en ruinas (Mondadori, 2005) y Pastoralia (Mondadori, 2001). Pese al contagio mediático de los últimos meses, Saunders no es un fenómeno reciente. Este hombre llegó hace rato al vecindario literario. Ganó cuatro veces el National Magazine Award (1994, 1996, 2000 y 2004). Ha reunido sus relatos en diversas colecciones que le han valido la aceptación unánime y casi devocional por parte de crítica y el público. Saunders, al parecer, lo puede todo. Entra y sale del relato breve, se atreve con el ensayo –reunidos en The Braindead Megaphone (2007)- y pule con el paso del tiempo una voz que a muchos deslumbra.

Existe en los relatos reunidos enDiez de diciembre una sencillez demoledora, tanto que a veces desorienta, confunde, aturde, empacha. El aliento de Carver recorre las historias de Saunders, acaso con la exhausta lentitud que condena a las versiones. La crítica se refiere a Saunders como el mejor discípulo del autor de Call if you need me. Habla de un narrador capaz de hacer lo que nadie puede –saltos bruscos de perspectiva y tiempo; demoledora sencillez; uso de la ciencia ficción como bisturí sobre la vida contemporánea-. Y sin embargo, al leer a Saunders se queda uno con la sensación de tener en las manos la peor fotocopia del mejor John Fante, maestro retratando a perdedores y desquiciados.


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