Cultura

Moby Dick, de Herman Melville: esa metáfora del mal que vuelve dando coletazos

Una nueva versión ilustrada de esta novela, traducida por el escritor Andrés Barba, ve la luz gracias al sello Sexto Piso, que embellece el genio de Melville con las ilustraciones de Gabriel Pacheco.

Una de las ilustraciones de Gabriel Pacheco que acompañan la edición de Sexto Piso.
Una de las ilustraciones de Gabriel Pacheco que acompañan la edición de Sexto Piso.

Es la obra más grande que alguien haya escrito jamás. E incluso hay quienes se preguntan si tiene sentido seguir escribiendo después de que Herman Melville acometiera la que puede que sea la más poderosa metáfora del mal, porque en el fondo de eso trata Moby Dick: una historia ciclópea de hombres que abandonan la tierra firme para arponear el Mal –el propio, el ajeno- simbolizado en el blanco lomo de una ballena.

Una nueva versión ilustrada de esta novela, traducida por el escritor Andrés Barba, ve la luz gracias al sello Sexto Piso (la editorial independiente publica este otoño una serie de clásicos ilustrados, entre ellos Drácula y Robinson Crusoe). El volumen embellece el genio de Melville con las ilustraciones de Gabriel Pacheco e intenta colocarse a la altura de un libro que es a la vez monstruoso y sublime, escrito con la sustancia de quienes experimentan lo que describen. No en vano Melville escribió Moby Dick después de navegar en un ballenero.

Una historia ciclópea de hombres que abandonan la tierra firme para arponear el Mal, simbolizado en el blanco lomo de una ballena

Fue publicada en 1851. Melville tenía apenas tenía 32 años pero la capacidad literaria suficiente para empujar una historia jalonada entre el obsesivo capitán Ahab, un hombre afiebrado por la necesidad de dar caza al cetáceo que no sólo le ha arrancado una pierna, sino también el alma, y el joven y aventurero Ismael, sobre cuyo nombre descansa uno de los arranques literarios de mayor potencia y fuste que se hayan escrito ("Call me Ishmael" en inglés, traducido al español a veces como "Llamadme Ismael" o "Pueden ustedes llamarme Ismael").

Narrada justamente por este joven marino mercante, la historia dura lo que la travesía del barco ballenero Pequod, comandado por Ahab, quien traza la autodestructiva persecución de una ballena en la que se reflejan, acaso, las oscuridades de quienes la buscan.

Junto a Ismael y el arponero Queequeg, el lector entra a formar parte de la tripulación del Pequod. Se mete de lleno en esa búsqueda demoníaca e insomne hasta los confines del mundo, una ruta que es a la vez aventura y maldición, y cuyos polos son Ahab y Moby Dick, "dos figuras magnéticas, poderosas, complementarias".

Por un lado, el sombrío capitán mutilado, con el alma desgarrada por la sed de venganza, a quien no le importa empujar a sus hombres a una caza encarnizada, infatigable, obsesiva, aunque el precio a pagar sea el más alto; y por el otro, Moby Dick, ese cachalote que tiene algo de espectro, de escurridiza e invencible presencia, un recipiente alegórico de todas las maldades en el que Ahab y el resto de marineros del Pequod vierten tantos miedos y odios.

Clásico entre los clásicos, Moby Dick no sólo narra una larga travesía que comienza en Nantucket, Massachussets, isla ballenera, sino que hace las veces de enciclopédica versión del mundo: detalladas y extensas descripciones de la caza de las ballenas en el siglo XIX; un fresco de la vida marinera y del lento oleaje que mece la vida de los seres humanos.

Acaso desmesurada y ambiciosa, la que hoy se considera uno de los referentes de la gran novela americana, no conquistó el entusiasmo de los lectores en su primera edición de mediados del XIX. Una vez más, esta magnífica historia se yergue, más vigente que nunca, en nuestras desérticas lecturas.

Moby Dick, de Herman Melville. Ilustraciones de Gabriel Pacheco y traducción de Andrés Barba. Editorial Sexto Piso.


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