Cultura

Houellebecq, el escritor zombie: el derecho a escribir una novela islamófoba... ¿o más bien sólo otra sátira francesa?

¡Houellebecq es el escritor zombie, un muerto viviente literario! Precedido por el escándalo de su edición francesa, que coincidió con los atentados de Charlie Hebdo, lo nuevo del autor francés llega a España este miércoles 29 de abril. Sumisión, una novela que da vueltas alrededor del Islam, la conversión y el marasmo de la sociedad francesa. Más que un bombazo, es una 'boutade' sobre su tema predilecto, la decadencia.

Una fotografía de Houellebcq en Alemania, en enero de 2015, poco después del atentado contra Charlie Hebdo.
Una fotografía de Houellebcq en Alemania, en enero de 2015, poco después del atentado contra Charlie Hebdo. Gtres

“El comienzo de mis entrevistas ha sido penoso, porque he tenido que repetir en todas ellas que mi novela no es islamófoba. Ahora tendré que repetir eso y también que uno tiene el derecho de escribir una novela islamófoba, si quiere”. Habían transcurrido casi dos semanas desde los atentados contra la redacción de la revistaCharlie Hebdo cuando el escritor Michel Houellebecq pronunció estas palabras ante la platea abarrotada de un teatro en Colonia.

Houellebecq parece un catoblepas, un escritor que de tanto comer de sí mismo, se ha quedado en los huesos… literarios

El Goncourt 2010 volvía a la carga tras haberse refugiado –como el protagonista de su novela- una semana en la campiña francesa, un gesto que, de no ser por la magnitud de la tragedia de aquellos días, habría parecido una réplica del falso secuestro de Mapa y territorio, un sainete paranoide de los que tanto gustan a Houellebecq, que cada día más parece más un catoblepas, un escritor que de tanto comer de sí mismo, se ha quedado en los huesos… literarios.En otras palabras: un muerto viviente, un escritor zombie que se repite en Sumisión, publicada ahora en España por Anagrama.

La publicación, en Francia

El 7 de enero de 2015, la fecha en que los hermanos Chérif y Said Kouachi acribillaron a balazos a 12 personas en la redacción de la revista satírica francesa -incluido el economista Bernard Maris, amigo íntimo del escritor-, el número del semanario Charlie Hebdo correspondiente a esa semana llevaba en la portada un retrato de Houellebecq, quien ese día sacaba a la venta Sumisión, una novela ambientada en la hipotética Francia del 2022: una en la que la socialdemocracia se ha estampado contra el muro de su propia ceguera y que vive gobernada por un partido musulmán. "En 2015 pierdo los dientes. En 2022 hago Ramadán", decía la caricaturesca versión todavía más desmejorada, si cabe, del Premio Goncourt: Houellebecq, como su obra, comienza a caerse físicamente a pedazos.

Lo que se supone era una nueva entrega del hastío francés, un elogio a la decadencia y la sátira, se convirtió de pronto en una novela islamofóbica

La frase de la portada de Charlie Hebdo funcionó como una especie de elipsis que conseguía sintetizar el contenido de Sumisión. Sin embargo se convirtió, además, en una estampa funesta, un bucle de esa rara y extraña afición que tienen los libros de Houellebecq de predecir catástrofes –Plataforma y Tailandia, por ejemplo-. Y fue ahí, con el “además”, cuando empezaron los problemas. Lo que se supone era una nueva entrega del hastío francés de sí mismo, un elogio a la decadencia y la sátira, se convirtió de pronto en una novela islamofóbica. Para quienes conocen la obra de Michel Houellebecq a nadie debería extrañar su afición –antaño novedosa y original- a beber gasolina y dársela a probar al lector: desde su recalcitrante misoginia y xenofobia, que a veces se antojan como un reverso retorcido y estudiado de lo que pretenden, hasta ese postureo pesimista en el que él reina con su diadema de calvicie y pelo hirsuto, un Luis XIV en la corte del desencanto.

Pero volvamos a Sumisión y la polémica, mejor dicho la confusión, que generó su desembarco en las librerías. Es lo que tiene la coincidencia entre literatura y actualidad, ese dueto del que sólo puede salir el parto malogrado de una novela que ni se explica a sí misma –por el alboroto que la rodea- ni explica, del todo, la situación que ha desencadenado. Eso es lo que ha ocurrido con Sumisión, una novela que miles han calificado de racista y discriminatoria, cuando se trata en realidad de una vuelta de tuerca del que ha sido siempre el gran tema de Houellebecq: la decadencia de Francia… (y, en cierta manera, la de su propia obra, condenada a reciclarse).

Es una boutade. Una vuelta de tuerca del que ha sido siempre el gran tema de Houellebecq: la decadencia de Francia… (y, en cierta manera, la de su propia obra)

Sátira o fábula: el asunto son los martillazos a Francia

Ambientada en 2022, Sumisión comienza con la historia de François, un profesor universitario especializado en el estudio de la obra de Huysmans, un escritor del siglo XIX convertido al catolicismo. El atasco existencial del protagonista es monumental, casi alegórico. Como el Michel de Plataforma o el Jed Martin de Mapa y territorio, el protagonista de Sumisión experimenta un momento de embotamiento y decadencia. Como ya lo hizo el funcionario cultural que se marcha a hacer turismo sexual en Plataforma o el artista plástico desencantado de Mapa y territorio, este profesor universitario pone el dedo en la llaga de la Francia culta, esa cuya moral ilustrada que tanto irrita a Houellebecq. Porque el hastío de sus personajes provienen justo de ahí: del fin de ciclo, de la sociedad que los ha producido.

Agotado y aburrido de acostarse con sus alumnas –“me apetecía un poco follar, pero también me apetecía un poco morir”-, François comienza a salir con Myriam, una joven judía. Todo ocurre con el telón de fondo de unas elecciones a las que han acudido una formación ficticia llamada Fraternidad Musulmana y el Frente Nacional, que acaparan la intención de voto frente al Partido Socialista y la UMP, estos últimos vistos como ruinas del pasado. Salpimentadas al uso con las no pocas escenas de sexo, reflexiones pesimistas y expresiones misóginas que caracterizan los libros Houellebecq, por las páginas de Sumisión repta la tensión de un país incapaz de entenderse a sí mismo y que expresa sus pústulas entre la indolencia y las acciones del llamado “movimiento identitario”, una organización cuyos miembros están dispuestos a defender Francia de la “colonización islámica”.

Como el Michel de Plataforma o el Jed Martin de Mapa y territorio, el protagonista de Sumisión experimenta un momento de embotamiento

Tal y como era de esperarse, Mohamed ben Abbes, dirigente de Fraternidad Musulmana, llega a la presidencia de Francia. Eso sí: en una segunda vuelta tras derrotar a la extrema derecha… ¡y apoyado por PS y la UMP! Ya en el Elíseo, esta especie de caricatura con explicación a pie de página que es Ben Abbes –la parodia es mayúscula- dicta una serie de medidas que la sociedad francesa acepta entre la indiferencia y la simpatía. Presionada por los temores familiares de vivir en un país gobernado por un partido musulmán, Myriam se marcha a vivir a Israel. Abandonado y deprimido, François se refugia en un pueblo al suroeste de Francia: Martel, guiño a Carlos Martel, el hombre que luchó en el medievo contra fuerzas árabes del califato omeya en la Batalla de Poitiers. Tras intentar una epifanía –acaso similar a la conversión al catolicismo de Huysmans— François vuelve a París y encuentra a la sociedad –y al gobierno francés- transformado en una franquicia del Estado islámico: las mujeres han perdido sus derechos, todos los ministerios –excepto el de educación- han sido cedidos por Ben Abbes a sus aliados… Una vez tocado en su madriguera de bienestar, la universidad, François constata cómo el espíritu de las luces ha sido sustituido por el credo musulmán.

Dos cucharaditas de cinismo, 50 gramos de hastío, 1 gota de islamismo

Para algunos, Sumisión es fantasía política, para otros algo como ciencia ficción. Bernard Henri-Levy dijo que se trataba, más que una sátira, de una fábula: "un cuento cruel y mordaz. Una sátira cuya desmesura y mala fe solo se ven igualados por la manera en que se justifica en tal o cual episodio de la más rabiosa actualidad”. Otros, más afrancesados que la propia Francia, como Jorge Volpi, fueron aún más críticos. Volpi, que se apuntó una reseña magnífica, resolvió el asunto al aludir cómo al agotamiento literario de la fórmula Houellebecq se ha sumado ahora la mezquindad política. En las páginas de Sumisión, tanto Francia como Houellebecqabrazaron el Islam para salir de su propio marasmo… acaso sin conseguirlo, del todo.


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