Cultura

Porque la rebelión comienza leyendo: Pablo Gutiérrez hace un homenaje al poder político de los libros

Ya nos hizo reír -a la vez que nos metió el dedo en el ojo- con 'Democracia' (Seix Barral), un libro que comienza el 15 de septiembre de 2008, cuando Lehman Brothers se declara en quiebra. Ahora, Pablo Gutiérrez regresa con 'Los libros repentinos', un elogio al poder de la literatura en momentos de descontento social.

Pablo Gutiérrez fotografiado por Elena Blanco.
Pablo Gutiérrez fotografiado por Elena Blanco.

Él iba para periodista, pero se curó. Nada más terminar la carrera, salió de la Facultad de Ciencias de la Información y se adentró en la enseñanza de literatura para chavales, allí encontró el hueso duro de roer: España, esa cosa que nadie entiende, eso a lo que él hinca el diente. Tras su magnífica Democracia, Pablo Gutiérrez (Huelva, 1978) regresa ahora con Los libros repentinos, su cuarta novela y la segunda que publica con Seix Barral.

Tras su magnífica Democraciaregresa ahora con Los libros repentinos, su cuarta novela y la segunda que publica con Seix Barral

En las páginas de este libro, Gutiérrez inyecta a su ya musculosa prosa –pura fibra, nada de seboso y blandorro adjetivo; insecticida en el almacén de la poesía- una dosis todavía mayor de humor negro, pero también de tierna mirada sobre lo marginal, lo que a nadie importa. A través de la historia de Reme –doña Remedios, una anciana mujer criada en la posguerra-, Gutiérrez levanta un homenaje, acaso confecciona un artefacto que estalla. Así ilumina a su protagonista... y al lector -al cómodo lector-, que en la butaca habrá de revolverse. Porque si algo queda claro es que la literatura hace de guía en los tiempos oscuros de la precariedad y el descontento. Y lo hace mordiéndonos, dejando sobre la piel la saliva venenosa de la rebelión.

Los librosrepentinos arranca con un hecho casual. Horas después de la muerte de su marido, una caja llena con distintos volúmenes llega por error a la casa de Remedios -¿imaginan que alguien hubiese concedido tal obsequio a la Carmen Sotillo de Delibes?- . En lugar de devolverlos, la anciana toma uno al azar y comienza a leer. Algo ocurre a partir de ese instante: se encierra en casa y devora un libro tras otro. Siente que le hablan: de supervivencia, sexualidad contenida, tiempos que debían ser mejores...

"Una caja de libros repentinos llegó a forzar por azar para contarle cuánto no sabía: que la mitad de su vida fue usurpada, que nunca debió arrepentirse, cada decisión es la cápsula que encierra un universo", escribe Gutiérrez travestido en omnisciente. Todo aquello que había permanecido apartado, remoto, inexistente, se revela ante a los ojos de Reme -y, ¡ay!, los nuestros- como si de una zarza encendida se tratara. Una lengua de fuego para lamerse las heridas. Una revelación laica. Libros -¿o acaso lectores?- perdonados en demorado elogio cervantino.

"Todo aquello que había permanecido apartado se revela ante a sus ojos como si de una zarza encendida se tratara"

Al salir de su encierro y tras dar cuenta de la caja entera de libros, a Reme ya todo le parece distinto, hueco. El conocimiento llegó tarde, y lo sabe. Y si la lectura no la redimió, al menos le proporcionó la gasolina suficiente para sembrar el veneno de la insatisfacción. Transformada por el hecho literario, mejor dicho, perturbada por los años perdidos y por el tiempo desperdiciado que no le permitió llegar antes a esos libros -ni a sí misma-, la protagonista se convertirá en una activista. Eso sí: a su manera.

Convencida de que la justicia social sólo puede obtenerse si la lucha se reduce a un pequeño medio, doña Remedios convierte su barrio en el campo de una batalla tan hilarante como enternecedora, magníficamente escrita, con delicadas cuentas de mala baba y poesía… Vamos, un rasgo muy suyo (de Gutiérrez, claro). Ya lo hizo el novelista -con estos héroes exagerados, con estos saboteadores literarios- en Democracia, una novela ambientada en la caída de Lehman Brothers y que narra la historia de Marco, un hombre que –además de una hipoteca- atesora muchos planes de futuro. Sin embargo, todo acaba con su despido. Su tragedia no es peor que la de millones de personas; su reacción sí lo es: de noche, Marco sale a la calle y comienza a escribir versos en las paredes de la ciudad, convirtiéndose en fuente de inspiración para tres jóvenes anarquistas.

Mucho mejor concebida y ejecutada que ésta, Los libros repentinos va a la sustancia espesa que rezuman los tiempos duros y las personas que los viven. "Rencor. No es un alma purificada, no le sirvieron de bálsamo los años, no perdona los agravios. Se siente herida e infeliz como Fortunata, engañada y débil como Jacinta Arnaiz. Quiere un enemigo, un ejecutor. Alguien a quien culpar del tamaño de su vacío", palabras como martillazos con los que Gutiérrez levanta la voz de Doña Remedios y confecciona un bello ataúd para el catecismo de nuestras gilipolleces -sean o no nacionales-.

El recorrido que hace Remedios, a través de la acción de leer, es el recorrido de un país entero. Uno que dio "en la guerra soldados" y "en la paz albañiles"

El recorrido que hace Remedios, a través de la acción de leer, es el recorrido de un país entero. Uno que dio "en la guerra soldados" y "en la paz albañiles". La vejez de Remedios podría ser la de cualquier sombra: una mujer conservadora, casada entre empujones morales y rosarios, envejecida en la puñetera fe de la penitencia -las cosas irán a mejor-. La propia vida -el corazón cual cenicero- extendida como un vestido con roturas y ausencias. España como un estropicio que se parece al progreso, al vacío de la comprobación cuando resulta que nada fue -¿o es?- cierto.

"Tierra y casas. Los próceres imaginaban un tejado a dos aguas, ventanas con visillos, un cercado, quizá algún naranjo, cordeles para tender la ropa, un cuartito para las herramientas. Ella cocinaría un guiso de papas diminutas en una olla de latón, él fabricaría juguetes de madera. Trabajarían muy duro, olvidarían las ideas equivocadas, recuperarían la honra y la santidad de la pobreza. Devotos de una cofradía de barrio, rezarían a los sagrados titulares para agradecer la comida y el techo. Gratitud. Una patria dignificada por la generosidad y el esfuerzo: eso imaginaban, un país como un cuaderno en blanco". Pero no lo fue... ¡por eso los tachones! El garabato como emulsión. Doña Remedios que ve la vida pasar ante un proyector estropeado.

Partiendo de la lectura como primerísimo acto de rebeldía, esta novela consigue meter política –ojo: política, que no partidismo- ahí donde no había nada; ni siquiera la conciencia de la propia soledad, que ahora se expresa -a través de Reme- con la fuerza de las aguas desbordadas. Y si consigue hacerlo, si Pablo Gutiérrez hace que una novela suya supere a la anterior, es porque se vale del humor y la crítica, de la prosa sin adjetivos, una que es capaz de sacar poesía de donde sólo podría crecer la maleza.

Si ya Gutiérrez había probado en sus libros anteriores -entre ellos Nada es crucial, Premio Ojo Crítico de Narrativa- que en él había un narrador poderoso, en esta novela nos contradice a todos: no sólo es un narrador potente, sino uno capaz de volverse exquisito sin amanerarse. En estas páginas, Gutiérrez se ha hecho fiel a su estilo, depurándolo. Sigue escribiendo con los puños. Así es como nos deja blandito el estómago, pero también el corazón. Para muestra, el arco que traza de su personaje principal en este brevísimo párrafo.

"La lectura fue su luto, su manera de arder en la pila donde se deshace el cuerpo de su marido"

"Reme los devoró (los libros) con ansia porque no tenía otro alimento y porque le faltaban las fuerzas para salir a la calle, la lectura fue su luto, su manera de arder en la pila donde se deshace el cuerpo de su marido, los libros repentinos fueron el combustible y le hacían soñar con una vida grande, de la que no tenían noticias los que la rodeaban. No supo discriminar el documentalismo de Galdós de las aburrideces de Blasco Ibáñez, los carámbanos de Unamuno de las piezas artilleras de Baroja, no entendió gran cosa y dejó que se le juntara a todo en una misma bronca, en el deseo de una Nueva Gran Bronca donde esta vez ella sería el caudillo y a otros les tocaría el papel de los vencidos".

Porque la rebelión empieza leyendo. Sin duda. Por eso Pablo Gutiérrez sigue atrincherado en su escuela de Sanlúcar y se mueve, cual púgil -ha de ser su gusto por el combate-, castigándonos el costado con las páginas de sus libros. Sí, así es. Pablo Gutiérrez nos golpea, una y otra vez. Y lo hace bellamente.


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