Cultura

Los adolescentes españoles no saben comprar un billete de metro, pero los adultos no pueden acabar una novela

La gente ya no lee. Ese es el exhausto mantra de libreros, editores, escritores…  A juzgar por los datos, la afirmación se impone como una catedral. Sin embargo, dependiendo de cuáles datos se citen, cada quien arrima el ascua a su sardina. ¿Se lee más o menos en España? ¿Quién lo hace? ¿Qué lee?

Un lector en la Feria del Libro.
Un lector en la Feria del Libro. EFE/Emilio Naranjo.

Si uno de cada cuatro adolescentes españoles no es capaz de comprar un billete de metro correctamente, resulta difícil pensar que puedan dar cuenta de un libro. Vamos, es lo que cabría deducir después el informe PISA sobre la capacidad de los estudiantes para resolver problemas. La primera oleada del informe Pisa, divulgado en diciembre por la OCDE, señalaba que en lo que a capacidades lectoras se refería, España obtenía 488 puntos, ocho menos que la media (496). Muy bien. He allí un dato, pero ahora toca echar mano de otro: ¿Cómo leen los que ya no acuden al instituto? ¿Mucho, poco, nada? ¿Bien o mal? Pues a juzgar por la versión del informe Pisa que evalúa las competencias de los adultos, sólo uno de cada tres españoles adultos puede completar un texto largo.

Como ha ocurrido con el conocimiento y los grandes relatos –despedazados a la fuerza; también troceaditos para que quepan en Twitter-, la capacidad y las formas de leer no sólo se han transformado, están transformándose. ¿Por obra de quién? ¿Por qué exactamente? Ya reflexiona –muy profundamente al respecto- Marta Sanz sobre los límites entre consumir cultura y recibir cultura en su ensayo No tan incendiario (Periférica, 2014), un tratado que decodifica lo cultural entendiéndolo no desde los ñoños buenismos, sino desde las contradicciones entre quienes producen y reciben.

Como ha ocurrido con el conocimiento y los grandes relatos, al lectura se despedaza, troceadita en fragmentos para que quepan en Twitter.

El ensayo de Sanz viene como anillo al dedo en este debate, justamente porque si hay una figura a la que atiza es al lector, a quien –insiste- editores y escritores tratan como un cliente; alguien que siempre debe tener la razón, siempre; acaso porque el mercado vive de cebarle con cosas que pueda consumir rápidamente –desde el choped literario hasta el porno para mamás- y de artefactos de rápida consumición: libros como yogures, que caducan en las estanterías como deseos instantáneos e insatisfechos.

Según el Estudio de hábitos de lectura y compra de libros encargado por el Ministerio de Educación, Cultura y Deporte en colaboración con la Federación de Gremios de Editores en el año 1980, el 40% de la población admitía leer con cierta frecuencia; el dato aumentó hasta el 58% en el año 2000 y llegó a 64% en 2012. El incremento más pronunciado se registró entre la población jubilada y la desempleada, aunque también es cierto que la población joven lectora –o que se reconocía como tal- alcanzó el 63%. Entre los datos de PISA y estos, ¿con cuál nos quedamos?

En el año 1980, el 40% de la población admitía leer con cierta frecuencia; el dato aumentó hasta el 58% en el año 2000 y llegó a 64% en 2012.

Partiendo de las cifras del Observatorio, se podría asumir que la gente lee más –no sabemos si bien o mal-, pero compra menos libros. Los resultados muestran cómo el porcentaje de compradores de libros descendió significativamente, pasando del 23,8% en 2011 al 30,3% en 2012. Y a esa pregunta hay que sumar: si la gente lee más, pero compra menos libros, ¿qué lee y dónde? Lo primero que debe apuntarse es el aumento del peso de las bibliotecas públicas –de las más golpeadas por los recortes en los últimos dos años- y el tipo de lectura incluye: 79,4% para periódicos; revistas (47,6%); webs, blogs y demás espacios de Internet (46,9%). Identificado en el epígrafe libros, el dato alcanza el 63%.

El mercado del libro ha recibido duros golpes. En 2013 experimentó una reducción de un 13% respecto a 2012 además de la contracción del 30% que experimenta en los últimos cinco años. Bajo esa perfectiva, los sellos ni arriesgan ni apuestan. Han ido a lo seguro: novela histórica, novela negra después, literatura erótica. Aun así -y por mucho que se publique como quien arroja cubetadas de pienso a los lectores que son vistos como piaras-, las cifras no se levantan. La compra de bestsellers también se ha desplomado: un 50%. Es justo en este momento cuando la alusión de Marta Sanz al lector como cliente retumbe todavía más.

Los resultados muestran cómo el porcentaje de compradores de libros descendió significativamente, pasando del 23,8% en 2011 al 30,3% en 2012.

Si el mercado se tambalea, ¿por qué lo hace? ¿Porque excedía su tamaño? ¿Porque se inflaba, gustoso, cual burbuja? De ser eso cierto, ¿quiénes son entonces los intermediarios? ¿Dónde está la falla original de esta larga cadena? ¿El adolescente que no sabe comprar el billete de metro será el adulto que no acabará la novela? ¿Habrá mercado para que esa novela se quede en el anaquel?


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