Cultura

Un ensayo dedicado a aquellas que jamás quisieron guardar la casa ni cerrar la boca

A muchos irrita la etiqueta que asegura la existencia de algo así como una literatura femenina. Sin duda es un compartimento obcecado, absurdo, necio. Lo que no se puede negar es que existe una literatura escrita por mujeres. La poeta y traductora Clara Janés reflexiona en este ensayo sobre la historia de esas autoras.

Un detalle del lienzo 'At the Breakfast Table', de Carl Vilhelm, que ilustra el ensayo.
Un detalle del lienzo 'At the Breakfast Table', de Carl Vilhelm, que ilustra el ensayo.

Hay formas contradictorias de ser libre. Están quienes optan por encerrarse en un convento, como Santa Teresa, o quienes, despojados de un lenguaje y una visibilidad, se las arreglaron para confeccionar –y hacer oír- su propia voz. Ocurrió con las mujeres japonesas, a quienes se les asignó una caligrafía más simple que la masculina y que sin embargo, consiguieron –justamente gracias a eso- producir una poesía más esencial. Es ahí, en el combate entre tener y conquistar, entre conseguir y crear, donde este ensayo cobra sentido.

Hay formas contradictorias de ser libre. Esa es, en buena medida, la gasolina de estas páginas.

Conviene decir una cosa, una sola, antes de hablar de Guardar la casa y cerrar la boca(Siruela), el más reciente ensayo de la poeta y traductora Clara Janés. Así como resulta irritante la etiqueta ‘literatura femenina’, por obcecada y reduccionista, resulta tanto o más necio dejar de lado que una determinada literatura ha sido escrita por mujeres. ¿Por qué pasar por alto un hecho objetivamente irrefutable –no eran hombres-? Lo que en verdad modifica la percepción que sobre la literatura de estas autoras existe, ha sido el peso cultural asociado al género, un elemento externo –que ellas no pudieron elegir- y que sin embargo favoreció en muchas ocasiones su invisibilidad, pero también la búsqueda de ellas mismas.

Inspirado en la frase de Fray Luis de León -“Porque así como la naturaleza [...] hizo a las mujeres para que, encerradas, guardasen la casa, así las obligó a que cerrasen la boca”-, el ensayo de Clara Janés se propone no un desquite, sino una historia amplia y detallada –que no militante o enfebrecida-. En las páginas de Guardar la casa y cerrar la boca, Janés no trabaja a las mujeres escritoras en oposición a los autores hombres, sino que recupera y extrae de la invisibilidad a creadoras cuya innovación no provenía de la feminidad en sí, sino de la forma en que esa feminidad empujó a muchas a buscar espacios de libertad, la mayor y más compleja de las creaciones.

El ensayo de Clara Janés se propone no un desquite, sino una historia amplia y detallada.

La investigación fue larga y enjundiosa. Y Janés se llevó no pocas sorpresas. Desde el descubrimiento de que el primer escritor conocido fue una mujer, la sacerdotisa acadia Enheduanna, en torno al 2.500 a.C., hasta el hecho de que “la primera gran novela de la literatura universal”, en palabras de Janés, fuese  justamente la obra de la japonesa Murasaki Shikibu, cuyo libro La historia de Genji "ha sido comparada con el Quijote, con el Decamerón y con Proust".

Janés arroja luz sobre determinados arquetipos y las situaciones que lo rodean. Por ejemplo, el ideal de mujer combativa y heroica ya fuese como doncella guerrera o como amazona se consolida, según la escritora,  en la novela de caballería -la amazona Camila del Roman d'Eneas (1150-1160), por ejemplo-. Hubo muchas mujeres que combatieron, incluso órdenes de caballería femeninas. Janés cita varias, desde la que creó Juana de Castilla -la Orden de las Damas de la Banda- para honrar a las mujeres que ayudaron en la defensa de Palencia asediada por los ingleses o la Orden de la Caballería de Santa María en Bolonia durante el siglo XII.

Nombres femeninos de la literatura china, japonesa, coreana, india, árabe, persa, griega, romana, andalusí y europea aparecen en el libro, acompañados de datos históricos, biográficos y extractos de sus poemas. La idea de fondo es corregir las omisiones a las que muchas autoras han sido sometidas en la historia de la literatura, pero también la intención de trascender en la perspectiva del acto creativo como un gesto de libertad, de identidad.

Hubo muchas mujeres guerreras, incluso órdenes de caballería femeninas.

Janés cuestiona, acaso, el desconocimiento. "Es un tema que aún no se ha estudiado en serio". A la militancia de género, se impone algo mucho más complejo: la búsqueda que hace el ser  humano de un espacio propio en el mundo. Eso: lo propio, algo que es inherente a hombres y mujeres, pero también a quienes son alineados a ambos lados de una misma línea: los que pueden ser libres o no; los que han de ser esclavos o guerreros; acomodados burgueses o humildes obreros. Algo por encima de ellos –una estructura cultura e histórica- ha colocado a ambos en un lado u otro, pero no condiciona a priori el desea de búsqueda como gesto vital.

El asunto no radica en comparar la calidad o levantar una nueva fortaleza  dónde atrincherarse, sino en conocer aquellos nombres que ignorábamos. En Guardar la casa y cerrar la boca, Janés busca iluminar no de qué forma determinadas mujeres se sobrepusieron a la desigualdad–cultural, educativa y socialmente- asociada a su condición; ella va mucho más lejos: quiere conocer e indagar en la potencia creadora de una historia que no nos ha sido del todo contada. Y de la que queda todavía mucho por investigar.


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