Cultura

Morán arremete contra la cultura en su libro censurado: "Jesús Aguirre fue un trepa; Cela, un abuelo golfo"

Jesús Aguirre Ortiz de Zárate no parecía dotado para ninguno de los títulos que ostentó -duque de Alba, académico, editor-. Su único atributo, asegura Gregorio Morán, era una infinita capacidad para trepar, como fuera, a cualquier trono. El segundo esposo de Cayetana de Alba es el hilo conductor –acaso el espejo- del libro El cura y los mandarines, ensayo censurado por Planeta y publicado por el sello Akal, en el que Morán retrata la cultura en España desde 1962 hasta 1996.

Cayetana de Alba con Jesús Aguirre.
Cayetana de Alba con Jesús Aguirre. Gtresonline.

Fue duque de Alba, editor de Taurus, director de General de Música y Danza y académico de la Lengua. Sin embargo, Jesús Aguirre Ortiz de Zárate no parecía dotado para ninguna de esas actividades. Su único atributo, asegura Gregorio Morán, era una infinita capacidad para trepar, como fuera, a cualquier trono: el eclesiástico –fue cura- ; el del caudillismo -fue franquista- y el de la cultura, por no hablar de su reconversión en liberal. Aguirre, segundo esposo de Cayetana de Alba, es el hilo conductor –acaso el espejo que refleja un momento de la intelectualidad en España- que emplea Morán en su libro El cura y los mandarines, ensayo censurado por Planeta que llegará a las librerías este 2 de diciembre publicado por el sello Akal.

El libro, que analiza los vínculos entre la cultura y la política en España entre 1962 y 1996, fue censurado por Planeta

El libro, que analiza los vínculos entre la cultura y la política en España entre 1962 y 1996, y que iba a ser editado por el sello Crítica, finalmente no vio la luz. Según comentó el propio Gregorio Morán, para publicarlo la editorial exigía que se eliminara alrededor de una oncena de páginas en las que el autor se refería con duras críticas contra la Real Academia Española, especialmente contra su actual director Víctor García de la Concha. En ese capítulo Morán también mencionaba –y no muy elogiosamente- a otros académicos como Luis María Ansón y Juan Luis Cebrián. Sin embargo, con García de la Concha ya había para rato. 

Considerando que Planeta espera mejorar los números de la campaña de Navidad con la vigésima tercera edición del Diccionario de la Real Academia, resulta obvio que el libro de Gregorio Morán suponía mucho más que un problema. Ante la negativa del sello Crítica –que decidió dar carpetazo al manuscrito-, Gregorio Morán se fue con su libro a otra parte. Y así, sin una coma menos, eligió a Akal para publicarlo.

El cura, el duque, el trepa, el despreciado…

El escritor Gregorio Morán (Oviedo, 1947), autor de Miseria y grandeza del Partido Comunista de España 1939-1985 (1986) y de Adolfo Suárez: Ambición y destino (2009), trabajó durante más de diez años en El cura y los mandarines. El libro, asegura, nació de una insatisfacción. “¿Qué fue sucediendo para que las figuras críticas de nuestra cultura de los años sesenta –el cura Jesús Aguirre, por ejemplo, entre más de un centenar que pudieran citarse– se fueran haciendo cada vez más conservadoras, hasta convertirse en institucionales?”, se pregunta Morán en el prólogo un ensayo en cuyas 800 páginas compone un amplio mosaico de opacas teselas en el que una se repite: Aguirre, acaso como el centro de un dibujo que incluye a todos.

“Aguirre fue un excelente trepador; que no en otra cosa consiste ser hijo de soltera y sin fortuna”

"Durante los años sesenta y setenta es difícil que ocurra algo importante sin que esté, presente o cercano, el cura Aguirre (…) Aguirre constituía un paradigma del mandarinato, aunque fuera en tono menor -escribe Gregorio Morán-. Había sido un excelente trepador; desde lo más bajo, que no en otra cosa consiste ser hijo de soltera y sin fortuna; hospiciano en un Seminario, que no sólo consigue abrirse paso en terreno tan pantanoso y estrecho como la cultura, sino que al final, con un triple salto mortal, se transforma en el hombre más codiciado, envidiado y respetado, puesto que ni siquiera el Rey tenía los privilegios con los que él contaba".

Desde que publicó Miseria y grandeza del Partido Comunista de España, Morán estaba "obsesionado con la idea de narrar el mundo cultural e ideológico desde el otro lado de la barricada, el institucional”. En un principio quiso echar mano de la figura de Dionisio Ridruejo, "representante genuino de quienes ganaron la guerra y luego se distanciaron de esa victoria". Sin embargo, tras darle muchas vueltas, decidió que necesitaba un liberal. “Un liberal de los de antes de la guerra, que me sirviera de contrapunto para la etapa más brutal del franquismo, la de su conformación y la que en definitiva marcó su huella hasta el final. Aquellos años que van de la Guerra Civil hasta 1956”. Eligió a José Ortega y Gasset, figura a la que se dedicó a fondo y sobre la que escribió El maestro en el erial. Ortega y Gasset y la cultura del franquismo, publicado por Tusquets.

Sin embargo, tras cuatro años de trabajo, Morán se topó con una conclusión: estaba trabajando en la dirección equivocada. “Recuerdo el efecto que me causó una larga conversación con Pedro Rocamora, un atildado caballero que había sido mucho durante el franquismo y que conservaba una memoria cruel, pero precisa (…) A mí lo que me interesaba era la relación entre cultura y política durante los años que viví atento hacia una y otra”. Fue allí cuando surgió Aguirre.

“Aguirre hubiera podido ser el gran cronista de la inteligencia española de las últimas décadas".

“Confieso que tenía la figura de Jesús Aguirre un tanto desdibujada, incluso respecto al mundo editorial. Yo había conocido y tratado más al escritor Francisco García Pavón, un digno narrador y profesor de literatura, que había sido antecesor de Aguirre en la dirección de la editorial Taurus, y al que visitaba en el coqueto chalet de la madrileña plaza del Marqués de Salamanca, sede de la editorial. Nada por tanto me acercaba a Jesús Aguirre. Mis encuentros con él, ocasionales, no pasaban de ser los de un espectador que contempla la interpretación de una prima donna, que no otra cosa era Aguirre en público”, escribe, inmisericorde.

Sin embargo, la figura de Aguirre parece encerrada en una paradoja. “Hubiera podido ser el gran cronista de la inteligencia española de las últimas décadas. Mientras que aquellos que él llegó a denominar, probablemente con malevolencia, puertas giratorias de la transición, se quedaron en edecanes del poder; anónimos plumillas escondidos tras los editoriales periodísticos. O sea, que los caballeros se volvieron criados y los mayordomos señores”, asegura el autor en alusión a los escasos atributos –y las muchas agallas- de Aguirre.

Pero los palos se reparten en todas direcciones: hacia el pasado y el presente; contra el franquismo y la Transición; incluso contra los herederos del mandarinato: “Hay que detenerse en Aguirre por su carácter de símbolo de una determinada intelectualidad que proliferó en la España del franquismo y que perdura en forma de maestros tertulianos; esos tartufos de la mediocridad que podrían ganarse la vida con tan sólo explicar la diferencia entre una evolución ideológica y su conversión canónica”.

“Aguirre es el símbolo de una determinada intelectualidad que proliferó en la España del franquismo"

Aguirre, el espejo de una generación reblandecida

¿Por qué comenzar una historia política de la cultura en España justo en 1962? “Porque fue año largo, de esos cuyos efectos duran casi una década”. Eran tiempos dominados por el entusiasmo, cierta radicalidad y optimismo –“ingenuo o perverso”-. La cultura en España–asegura Morán- parecía estar representada en una generación segura de sí, de su propia ambición, “sin otros límites que el talento y la imaginación”.

Para ilustrar su tesis, Morán menciona a Luis Martín-Santos; Juan Benet, a quien se refiere “como formador de frustrados literarios”; Carlos Castilla del Pino; Rafael Sánchez Ferlosio; Javier Pradera; Elías Querejeta y Antxon Eceiza e incluso hasta el editor Carlos Barral, “el indigente aristocrático”, a decir del autor. Todos forman parte de la evocadora foto de grupo que construye Gregorio Morán para señalar, sin embargo, con el dedo acusador. “Pero en el fondo constituía un espejismo. Ese mundo que renacía en 1962 no era un bosque frondoso, pero tenía una voluntad, un vigor y un entusiasmo que el tiempo iría achicando”.

Morán se refiere a Benet, como formador de frustrados literarios y a Carlos Barral, como el indigente aristocrático.

Según destaca Morán, la transición democrática tiene una huella “marcadamente conservadora que proviene, no de los restos del naufragio franquista sino de los hijos brillantes, buena parte de ellos mandarines, que consideraban que bien está lo que bien acaba y que asumían voluntariamente el encargo de darle el toque final que encarrilara el proyecto”. Ahí, en el centro de ese mandarinato, está Jesús Aguirre, “y lo está en tan grande medida como otros muchos más exhibidos, como Pío Cabanillas, Javier Pradera, Juan Luis Cebrián, Luis María Ansón, Jesús Polanco…”.

Excura, ex duque de Alba, exfranquista y ahora borroso signo de una época que insiste en borrarlo, Gregorio Morán echa mano de él, lo ilumina, para mostrar que Aguirre persiste con la fuerza de las manchas, de todo aquello cuanto desea borrarse.

El abuelo golfo

Morán se muestra inmisericorde, como siempre. Sin embargo, mención aparte se merece Camilo José Cela. El premio Nobel, quien se llevaba bastante mal con Aguirre, es señalado por Morán “como el abuelo golfo que cuenta chistes verdes en la mesa y pedorrea en los postres, y que mientras todos duermen, busca los papeles para manipular las firmas y quedarse con lo que haya. Y cuando lo descubres, te dice en tono grave, una octava de bajo: te estoy haciendo un favor, zangolotino”.

"Cela es el abuelo golfo que cuenta chistes verdes en la mesa y pedorrea en los postres"

“Tengo la convicción de que Camilo era un hombre cumplidor, riguroso, audaz, cómplice, sabedor de talentos, comprensivo con el poeta malo si era persona buena para sus intereses. Considero a Camilo José Cela como un compendio de talento y golfería, tan extendido en nuestra literatura desde hace siglos”. Remata Morán, sobre el autor de La colmena: “Creía, y ahí erraba, que la mafia había nacido en Galicia, y que lo de Sicilia cabía observarlo como una excrecencia. Eso le hizo equivocarse mucho en sus colaboradores, que no en sus expectativas”.

NO TEMO REPRESALIAS POR PUBLICAR A MORÁN

"No temo represalias por publicar el libro de Gregorio Morán". Esas fueron las palabras del editor Ramón Akal al momento de hacerse pública la noticia de que su sello publicaría el polémico ensayo. No es la primera vez que el editor Ramón Akal publica un libro incómodo, de esos con los que otros no se han atrevido. En los años setenta, Akal se enfrentó a trece juicios en un Tribunal de Orden Público por editar Fanny Hill, de John Cleveland, un clásico de la novela erótica del siglo XVIII. Y como ése, muchos más: fue él quien publicó El negocio de la libertad, el primer libro que señaló la corrupción en la Casa Real, y ahora repite con El cura y los mandarines, censurado por Planeta.


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