Cultura

Sobre el humor negro o la falta de luces: 6 millones de judíos muertos no pueden hacer reír a nadie, ¿o sí?

La sátira, entendida como el uso ácido e inteligente del humor para criticar algo, existe prácticamente desde antes de Aristófanes. Se debe, eso sí, a la originalidad y el ingenio de quien lo practica. En estos días en los que no faltan opiniones al respecto, convendría hacer un repaso del tema: ¿se puede hacer pasar un chascarrillo por humor negro?

Guillermo Zapata, concejal de Ahora Madrid, involucrado recientemente en una polémica a causa de un tuit publicado en 2011 que aludía a las víctimas del Holocausto.
Guillermo Zapata, concejal de Ahora Madrid, involucrado recientemente en una polémica a causa de un tuit publicado en 2011 que aludía a las víctimas del Holocausto. EFE

Seis millones de judíos muertos no pueden hacer reír a nadie. Y sin embargo hubo alguien que se preguntó ¿reía la gente durante el Tercer Reich? Así lo hizo el cineasta Rudolph Herzog hace ya un tiempo. Intentó responder a ese interrogante en el libro Hitler, el cerdo está muerto (Capitán Swing), en el que hace un recorrido por la sátira durante los años del régimen nazi. En sus páginas, reúne todas las manifestaciones del humor que se dieron entonces: caricaturas, cabaret, espectáculos de variedades, entretenimiento, películas, canciones pop y musicales.

"La falta de ingenio o la incapacidad para hacer una elaboración colectiva de lo dicho puede que convierta una crítica en una

boutade"

En el ensayo de Herzog queda muy clara una cosa: el sentido y el uso del humor como arma política, un punzante objeto contra el autoritarismo pero que puede, muchas veces, volverse en contra, por muy distintas razones. El asunto, en lo que al presente respecta, no aplica en todos los casos ni de la misma forma: la trágica dimensión de los horrores cometidos por el régimen nazi ha provocado que mucha gente tenga dificultades para adoptar una mirada cómica sobre Hitler y el nazismo. Cada vez que alguien lo hace -incluso sin ser abiertamente ofensivo- es acusado de restar importancia y trivializar el Holocausto, y de ahí es de donde proviene una parte de la gasolina que hoy aviva el fuego del debate que involucra al Concejal de Cultura de Ahora Madrid, Guillermo Zapata, quien ha sido moralmente censurado por compartir un chiste supino que hizo al respecto en 2011 en las redes sociales. El asunto le costó la dimisión a un cargo que ni siquiera había ejercido aún. Sigue siendo concejal, pero no en el área citada.

Guillermo Zapata no sólo aludió a las víctimas del Holocausto, también a casos extremadamente trágicos, como el cadáver todavía desaparecido de la joven Marta del Castillo, que utilizó como hipérbole en un tuit, e incluso se refirió a víctimas del terrorismo. El affaire Zapata abre el complicado melón de la libertad de expresión y las sensibilidades que el ejercicio de ella puedan llegar a herir, especialmente cuando de humor se trata. La metáfora de la fruta abierta de par en par se vuelve papilla, pulpa machacosa, cuando quien profiere tales expresiones ostenta un cargo público. Pero se pone todavía peor cuando se le mete una intención política, ya sea por su excesiva o ausente. Porque la falta de ingenio o la incapacidad para hacer una elaboración colectiva de lo dicho puede que convierta una crítica en una boutade.

Que el humor negro sin luces es ofensa

El investigador de la Universidad de Granada Hugo Carretero, considerado uno de los mayores expertos de España en el estudio del humor desde un punto de vista científico, advirtió este martes sobre la simplificación que supone valorar la pertinencia del humor negro sin tener en cuenta al contexto y al receptor. Según explicó Carretero en unas declaraciones concedidas a la agencia EFE, la respuesta ante el humor denigrante, como los chistes sexistas o racistas, y la respuesta al humor negro, depende de las características del receptor y del contexto, y de que el que escucha se sienta o no identificado con el colectivo al que se hace referencia, sean mujeres, inmigrantes o políticos.

En 2011, Guillermo Zapata escribió: "¿Cómo meterías a cinco millones de judíos en un 600? En el cenicero"

El contenido de las bromas y objeto de los chistes, explicó el investigador, suele estar relacionado con los asuntos más importantes de cada sociedad: los intereses dominantes, las actitudes y valores relativos a las identidades. "Pero también las tragedias, como una forma de romper normas, al tratarse el propio hecho de contar ese chiste inadecuado como una reivindicación de que tenemos derecho a poner en duda lo que nos dicen que es intocable”. A su juicio, "no basta con hacer uso del drama o la tragedia", sino que "hay que hacerlo de manera ingeniosa, creativa", de ahí que pueda resultar gracioso el humor negro. Y es ahí justamente donde este asunto parece aclararse. La falta de ingenio travestida en chiste, mejor dicho, en chascarrillo.

En 2011, Guillermo Zapata escribió: "¿Cómo meterías a cinco millones de judíos en un 600? En el cenicero". En junio de 2014: "Se confirma que ETA además de criminal era idiota, con la cantidad de simpatizantes y aliados que tenía no fue capaz de tomar el poder". También hizo lo propio con las víctimas del terrorismo: "Han tenido que cerrar el cementerio de las niñas de Alcàsser para que no vaya Irene Villa a por repuestos". De ingenio hay poco, pero muy poco en estas frases de 140 caracteres dirigidas a la inmensa ágora del Twitter.

No es la primera vez en lo que va de 2015 que nos enfrentamos a este debate. El atentado terrorista contra la sede de la revista satírica Charlie Hebdo a manos de dos yihadistas hicieron rebrotar con urgencia el pensamiento de Voltaire y su Tratado de la tolerancia, pero también la necesidad de entender el humor como signo de madurez y buena salud en las sociedades que lo practican. Alberto Manguel publicó al respecto un magnífico ensayo En defensa de la sátira, en el que hacía un repaso por aquellos autores que la usaron: Luciano, Rabelais, Erasmo, Diderot, Mark Twain, Goya y Daumier en sus grabados, Charles Chaplin en el cine con El gran dictador. “Son ejemplos perfectos del arte de ofender con destreza artística”. En ese sentido, Manguel coincide con Carretero: la elaboración intelectual como salvavidas para que la crítica socarrona no acabe en infeliz afirmación. “Sátira no es vituperio. El texto satírico que, si es eficaz, ofende. Para ser sátira, el impulso de burlarse de lo ridículo debe ser un impulso artístico”.

Del cenicero de Zapata a la agria risa de víctimas

"Sátira no es vituperio. El texto satírico que, si es eficaz, ofende", asegura Manguel

Toca retomar el libro que abre este texto: Hitler, el cerdo está muerto (Capitán Swing). Las bromas recogidas por Herzog muestran algo importantísimo: que no todos los alemanes fueron hipnotizados por la propaganda nazi, ni veían en Hitler un portento de la virilidad, la política y la inteligencia. Son chistes hechos en aquel infierno y que muestran cómo sirvieron de excusa para confeccionar una nueva lista negra: la de los “graciosos”, la gente que los nazis temían o detestaban por ser quienes eran y no por lo que habían hecho. El libro documenta algunos episodios, como el chiste que le costó la vida a la trabajadora de una fábrica de armamento, Marianne Elise K., quien fue ejecutada en la guillotina. ¿La razón? Esta broma: "Hitler y Göring se encuentran en la Torre de la Radio de Berlín y el Führer dice que le gustaría hacer algo que de verdad hiciese felices a los alemanes. Göring le responde: ¿Por qué no saltas?".

Y sobre el tan escabroso tema del holocausto y el humor como denuncia, convendría comparar el cenicero de Guillermo Zapata con alguno de los chistes que recoge Herzog. Los separa a ambos un siglo: uno ha sido hecho cuando Europa ha intentado cicatrizar la herida moral del nazismo, el otro proviene del día a día, de la ceguera diaria de habitar una pesadilla. De los que documentan los “chistes” alrededor de la persecución nazi contra judíos y otros credos, el libro de Herzog se centra en aquellas expresiones que se mofan no de los campos, sino del tufillo surrealista de la propaganda nazi para hacer pasar el asesinato en masa como ‘tan sólo’ una segregación. Para muestra, este botón.

Un hombre le dice a otro: "Me alegro de verte de nuevo ¿cómo era en el campo de concentración”, a lo que este responde: "Fue genial. Por las mañanas nos daban el desayuno en la cama, con café recién molido o cacao. Hacíamos algo de deporte y luego almorzábamos un menú de tres platos: sopa, carne y postre. Después de eso jugamos a algunos juegos de mesa y tomábamos una siesta. Después de cenar, también veíamos películas". El primer hombre, que no daba crédito a lo que escuchaba, le responde: "¡Wow! Se dicen otras cosas sobre ese lugar. Hace poco estaba hablando con Meyer, quien también pasó algún tiempo allí. Me contó historias de terror." El segundo hombre asiente en serio y dice: "Ya, claro, por eso volvieron a enviarlo allí”.


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